sábado, 28 de junio de 2008

Solo queda el cansancio

Paciencia. 

De acuerdo a Wiki, la paciencia es el estado de tolerancia bajo circunstancias difíciles. Esto puede significar perseverancia ante atrasos o provocaciones sin molestarse ni exasperarse, o demostrar temple bajo presión, especialmente al enfrentar dificultades a largo plazo.

En muchas religiones, la paciencia es una de las virtudes más cotizadas. Incluso hay quienes creen que hay que practicarla como un arte. Pero al parecer, en este país, estas son definiciones del pasado, sin vigencia, en las cuales ya nadie cree, al igual que los semáforos y las libertades individuales.

Veamos por ejemplo nuestro comportamiento en el supermercado. Hacemos nuestra cola, (aquellos que todavía la hacemos). La persona que está adelante coloca sus compras en la banda sin fín, y apenas la cajera toma el primer objeto y empieza a trabajar, nosotros comenzamos a colocar nuestras compras sobre la bandeja. No importa que la bandeja esté o no atiborrada de víveres, o que la cajera se confunda, o que estemos codo a codo con la persona que está delante. Al final terminamos amontonando toda nuestra compra en una pilita de 20x20 cm, porque evidentemente, fuimos más rápidos en mover la comida de un sitio a otro, que la cajera en cobrarlo, y la otra persona en pagar e irse. En una ocasión, un señor ligeramente distraido estuvo a punto de pagar también mi comida en su afán por acelerar el proceso: cuando la cajera me pidió mi tarjeta, el señor le entregó la suya, ya que toda su compra estaba prácticamente sobre la mía. Lo usual es que la persona de atrás no espere a que uno reciba el vuelto para adelantarse y empujar ligeramente con el codo y una miradita de reojo, con cierto odio. "Quítate pues".

La paciencia es una cualidad admirable en el que está detrás de uno, pero detestable en el que está adelante. 

De la misma manera que hay gente que sencillamente no quiere esperar su turno, hay otras que creen que su turno es eterno, y no respetan el tiempo de los demás. Otro ejemplo de supermercado: el otro día estaba esperando en mi colita, y se acerca una muchacha con un niñito (un crío horroroso), con un pote de leche en una mano y unas galletas en la otra, y me mira con cara de becerro atropellado. La verdad es que con semejante niño tan feo y tan escandaloso, le digo que pase sin pensarlo dos veces. La cajera toma la leche y las galletas y las pasa, y en ese momento, la muchacha dice "espérate un momentito que se me olvidó algo", y se va. Regresó unos minutos después con un montón de cosas, y sin el niño, lanzó las cosas en la caja y salió corriendo a buscar al niño, que seguramente estaba a punto de ser embandejado por feo. Y luego pasó dos tarjetas diferentes porque no se acordaba de la clave, y tuvo que llamar al marido para que se la dijera. Para cuando terminó de pagar, me debatía entre odiarla a ella y sentir compasión por el pobre marido por tener que soportar a semejante par.

En una ciudad como esta, y en esta época, el tiempo es un elemento escaso y por lo tanto, súmamente valioso. Tanto para nosotros como para los que nos rodean. La mayoría de la gente quiere entrar y salir con la mayor velocidad posible de un supermercado, de una farmacia, o básicamente, de cualquier situación que requiera hacer una cola. Sin embargo, hay que entender que las actividades requieren un tiempo para ser llevadas a cabo. Sin importar que tan rápidos y ágiles seamos lanzando lechugas dentro de la cestita, o de cuanto hayamos calculado la logística, cada proceso requiere un tiempo determinado.

Hay un factor adicional a considerar: la estupidez es libre, universal, y no distingue entre razas, fronteras, edades o sexo. Y evidentemente, tampoco distingue religión, como se escucha claramente todos los domingos en la salida de las iglesias citadinas. Por lo tanto, nuestras probabilidades de cruzarnos con un idiota cada vez que pongamos un pie en la calle, son bastante altas (y para muchos, incluso dentro de su propia casa). Por lo tanto, casi siempre que salgamos a la calle vamos a tener que enfrentarnos con la muchacha que no sabe estacionar su vehículo y uno la ve con desesperación como cruza el volante hacia un lado y el otro, y vuelve a quedar exactamente en el mismo lugar. Con la señora que usa la tarjeta del cajero por segunda vez en su vida. Con el hombre de negocios maleducado que no suelta el celular y tiene a todo el mundo esperando que se digne a prestar atención. Con el viejito de 800 años que tarda dos minutos en arrancar en un semáforo que dura tres. Con el que después de hacer una cola larguísima, llega a la caja a pagar y entonces empieza a decidir qué es lo que quiere. Con la esposa que no le pasa ninguna tarjeta y tiene que llamar al marido. 

La vida en esta ciudad se ha vuelto muy dura. Tal vez la cantidad de sucesos malos que nos abruman diariamente, la ausencia total de buenas noticias, la violencia que nos rodea, el colapso de todos los servicios, la escasez de alimentos e insumos, y la falta de certidumbre con respecto al futuro en el que hemos aprendido a vivir, han hecho que perdamos la empatía mínima que hace falta para poder vivir en sociedad.

Con el fin de mejorar nuestra propia vida, es prudente que comencemos a asumir nuestra propia responsabilidad social (aplicando el término correctamente) y a colaborar con los que nos rodean. Debemos ser ciudadanos considerados, y sobre todo, necesitamos recordar como tener paciencia con los más lentos, los más torpes, con los menos afortunados, y hasta con los idiotas. 


jueves, 12 de junio de 2008

Manual de Carreño para un Cerebro Dual

No es raro, en estos tiempos, y al menos en esta ciudad, ver como la persona con la que uno conversa envía mensajito tras mensajito por su teléfono celular. Es de lo más normal que la persona que te está cobrando en la caja de cualquier negocio esté conversando con otro cajero, haciendo bromas con el resto del personal, hablando por teléfono, o contestando preguntas de otros clientes. Una vez me tocó una cajera en un banco que se estaba pintando las uñas de color rojo-puta-loca mientras yo la miraba incrédula del otro lado del vidrio. De más está decir que toda la transacción fue agónica. ¿Quien no habla por teléfono mientras lee y contesta un e-mail? ¿Quien no tiene 8 ventanas abiertas en la computadora mientras trabaja?

Yo particularmente, en lo que suena mi teléfono, abro mi correo y empiezo a filtrar y borrar, de pronto contestar alguno que otro que no requiera mucho esfuerzo, organizo mi desktop, borro algunos archivos repetidos... En mi computadora tengo siempre abiertos al menos cinco programas: Photoshop, Domus, Outlook, SAP, y Explorer (con 13 pestañas abiertas, por supuesto).  Eso en un buen día. En días complicados, tengo esos cinco, más 5 documentos de Excel, 3 o 4 correos, 3 pantallitas del SAP, y todo esto mientras hago un render y escucho música. Mientras, me quejo porque "este coroto si está lento".

En estas últimas semanas me he visto obligada a detenerme y oler las flores. Lo cual es bueno, porque las flores ciertamente huelen muy bien aunque me dan un poquito de alergia, pero es malo, porque me da tiempo de dar un paso atrás y de ver el paisaje completo. The Big Picture, como dice Bailey. Una de las cosas que he notado es que esta manía de hacer varias cosas simultáneamente no es necesariamente una virtud que nos hace más productivos o proactivos. En ocasiones puede ser hasta contraproducente y muchas veces, desagradable.

Haciendo un repaso del Manual de Urbanidad y Buenas Maneras de Carreño, el cual me se casi de memoria porque mi papá me hacía leerlo cada vez que me castigaba cuando era chiquita, (era una edición marroncita con algunas comiquitas supergrotescas), es de malísima educación estar haciendo otra cosa mientras alguien nos habla. Lo cual es lógico, ya que cuando hablamos con alguien lo mínimo que esperamos es que esa persona nos escuche con atención. Tal vez las mujeres tengamos ciertas ventajas en este tema gracias a nuestros skills multiconversacionales, pero los caballeros, jamás. Por ejemplo, mi esposo, cuando trabaja mientras habla por teléfono, es facilísimo detectarlo. Entre mi pregunta y su respuesta hay un delay de unos 10 segundos. "Hola, cómo estás?" 1...2...3.... 10.... "Bien". Y aquel silencio. Más de una vez he mirado la pantallita de mi teléfono pensando que se cayó la llamada. Otra forma de detectarlo es porque se escucha claramente el teclado de la computadora. Recuerdo un día en que protesté porque estaba tecleando, y dejó de hacerlo. Al rato, empecé a escuchar el discreto click click del mouse.

Más de una vez he estado sentada en un café o en un restaurant con dos o tres personas, y he terminado sacando mi teléfono para ver a quien puedo llamar, ya que todos mis acompañantes están instalados visitándose con alguien más por los suyos. Saco mi teléfono para no verme tan estúpida, tomando café sola y viendo la decoración del local, tratando de aparentar dignidad. Los teléfonos celulares merecen no un capítulo aparte de Carreño, merecen todo un libro. Yo lo empezaría con la siguiente frase: "Si el teléfono suena, no TIENES que contestarlo". Razonamiento: hay momentos para todo. Si es una emergencia, seguramente la persona va a dejar un mensaje y va a llamar dos o tres veces más antes de desistir. En mi oficina, las reuniones son insoportables: todos los vendedores se llevan sus teléfonos y contestan todas las llamadas a viva voz. Irónicamente, los clientes se quejan de que nunca se pueden comunicar con ellos. Eso si: todos y cada uno de los 12 integrantes del departamento agarra sus dos celulares (nunca lápiz y papel) antes de entrar a una reunión.  Claro que en mi oficina no se distinguen precisamente por sus modales ejemplares. A nadie se le ocurre dejar el teléfono vibrando, y devolver la llamada al salir, por ejemplo. Como en el cine. Aunque tuvieron que crear anuncios previos a las peliculas solicitándole a la audiencia que apagaran sus teléfonos durante la función. Igual que los profesores y los médicos.

Un capítulo largo y necesario sería el de los Blackberry: instrumentos afinados para las mentes difusas. Llamada-mensajito-llamada-chisme-mensajito-facebook-mensajito. Clickclickpitbotoncitosendclick. Todo chiquitito con la puntita de los dedos. Insoportablemente obsesivo. "Es una herramienta de trabajo". Sip, los mensajitos y Facebook son indispensables para la productividad de todo ejecutivo. Para ser totalmente franca, nunca he visto a nadie trabajando con un Blackberry. 

En el postgrado, la gente se lleva sus laptops. Primera generación del Blackberry. Apenas llega el profesor, todos los estudiantes diligentemente abren su messenger y su Facebook. En cinco minutos el salón se llena de ruiditos de teclados, los cuales encuentro totalmente innecesarios y molestos, ya que nadie está realmente investigando nada ni copiando la clase. Incluso he visto como chatean entre ellos en el mismo salón. Hay profesores que incluso exigen que la gente cierre los computadores y preste atención a la clase. Lo cual, considerando que en postgrado uno se inscribe voluntariamente, y la plata suele salir del bolsillo propio, es como ilógico. Tuve un profesor terrible, cuyas clases fueron una pérdida absoluta de dinero y tiempo, pero la materia era de asistencia obligatoria y un requisito para el título. Para esas clases me llevaba mi laptop, y me ponía "away" en la vida real.

Supongo que es inevitable que queramos hacer varias cosas a la vez, sobre todo viviendo en una ciudad en la que una parte importante de nuestro tiempo útil del día se pierde en una cola, pero me he dado cuenta de que en este afán de maximizarnos, terminamos perdiendo productividad, educación, y hasta amigos. Me parece que la clave para este embrollo puede ser el establecimiento de prioridades y la definición de un método. Cuando hago demasiadas cosas simultáneamente, al menos en el trabajo, termino siendo un poco descuidada en todas, o tal vez menos detallista, lo cual generalmente termino pagando más adelante. El tiempo que me ahorré inicialmente por estar contestando el correo mientras hablaba con alguien por teléfono, lo tuve que usar después en desenrrollar la madeja que se me formó por no haberme dado cuenta de que el correo venía con dos adjuntos en vez de uno. De la misma forma, más de una vez he querido lanzar mi computadora por la ventana porque se me guindó, aún estando conciente de que fue mi culpa, porque en qué cabeza cabe que esa pobre máquina pueda manejar la tonelada de programas que yo pretendo que corra. "No tiene memoria RAM para ejecutar la operación". Su frase favorita. Cuando trato de hacer demasiadas cosas a la vez, me tardo muchísimo en cerrarlas, y la calidad del resultado es inferior al que puedo obtener si las ejecuto de una forma más organizada y metódica. Aparentemente, yo tampoco tengo tanta memoria RAM como creo. Y así como es absolutamente atorrante cuando arranca un proceso inesperado en la computadora que nos pone la máquina lentísima, (por ejemplo una actualización o el antivirus), es insoportable cuando uno está tratando de conversar con alguien, de cháchara o de trabajo, que está asintiendo con la cabeza pero no despega la vista o la oreja de su teléfono. Aunque esa persona sea Dual Core, sus procesos se ven afectados por el incremento de actividades y termina con la velocidad de respuesta afectada.

Carreño dice que hay que prestar atención a nuestro interlocutor, y que hay que mirarlo a los ojos mientras habla, no interrumpirlo, y responderle de manera educada y moderada. Lástima que ya nadie se acuerda de Carreño.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Petete New Age

Algunas personas opinan que si poseen información que puede ayudar a otra persona a mejorar, es hostil no compartirla. Sienten una especie de deber moral en presencia de las anécdotas y opiniones ajenas, e interrumpen continuamente las conversaciones dando indicaciones de lo que debió hacer, pensar, sentir y decir su interlocutor. Hay gente que da contundentes consejos acerca de temas de los que no saben absolutamente nada, y más de una vez me han extendido una recomendación con cara de circunstancias (esa cara de "qué bolas tienes tú") alguien que no ha seguido su propio consejo nunca.

Hay ciertos temas que son álgidos: todo el mundo sabe de dietas y de perros. No hay manera: si uno inocentemente echa el cuento de la dieta que está haciendo, hay tres dietas mejores que esa, hay cuatro historias de gente que la hizo y que no le funcionó, hay cinco personas que obtuvieron mejores resultados con otra dieta, y seis personas que murieron súbitamente por insistir en hacerla. Si alguien dice que quiere adelgazar sin dieta, a punto de ejercicios, en dos minutos tiene un cuaderno de dietas. Si dice que está haciendo las dos cosas, le dicen que tenga cuidado con el potasio. Si está solo haciendo dieta, lo botan de la habitación. Con los perros, es increíble: hasta los alérgicos a los pelos tienen respuestas paternalistas de todo lo que los demás hacen mal con sus mascotas y cuantas cosas podrían mejorar en la educación del perro.

En muchísimas ocasiones he visto como una excelente anécdota es completamente arruinada por constantes interrupciones de alguien que insiste en explicar cómo hubiera reaccionado de haber estado en esa situación, (lo cual sería la manera "correcta" de reaccionar, evidentemente), y que siempre agrega un pequeño consejito al final de cada frase ("tu deberías"). En mi caso, acepto hasta dos consejos: a la tercera interrupción me quedo callada y me limito a fingir que escucho las infinitas oleadas de sabiduría mientras repaso mi agenda del día siguiente, mientras miro a la otra persona y asiento, atentísima, con mirada vacuna. 

El new-age empresarial (o la evolución de Og Mandino) erradicó la palabra consejo del vocabulario de los adultos contemporáneos. Ya no se dice aconsejar: se dice retroalimentar, dar feedback. Se creó toda una filosofía alrededor de esto, ya que un empleado al que no se le puede decir que es un desastre no va a mejorar nunca, convirtiéndose así en un punto sensible para las empresas proporcionar a sus empleados un feedback certero, productivo y que no genere más incomodidades que beneficios. Es muy fácil hacer de un empleado motivado y bueno, uno muy desmotivado: una evaluación injusta suele bastar. Esta nueva religión gerencial nos instruye en el arte del feedback, y lo separa de dos maneras: positivo y negativo, solicitado y no-solicitado. El feedback positivo ocurre cuando le decimos un elogio a la otra persona, y no importa si es deseado o no, siempre es bien recibido. El negativo aparece cuando estamos criticando a la otra persona, y nunca es bien recibido. Sin embargo, si es solicitado, tenemos muchas más probabilidades de que sea aceptado que cuando salimos de un arbusto a decirle a otra persona lo que está haciendo mal.

La mayoría de las personas concentra sus esfuerzos en darle a los demás feedback negativo-no-solicitado. Traduciendo al cristiano renacentista: en criticar a los demás. Adicionalmente, la mayoría de las personas se ofende cuando sus perlas de sabiduría no son bien recibidas o son ignoradas por el receptáculo de sus consejos. 

En el capítulo 3 versículo 25 de la biblia del gerente moderno, introducen el tema de como dar el feedback. Evidentemente, no es lo mismo decirle a una persona: "y no has pensado que quizás si lo haces de esta manera..." que "es que lo que estás haciendo es una estupidez". Aunque efectivamente, lo que esa persona esté haciendo sea una estupidez. El nivel de agresividad de nuestros consejos suele influir en como son recibidos. 

Tengo amigos que son los clásicos Libros Gordos de Petete: todo lo saben, y lo que no saben, lo inventan. Más de una vez me vi en una situación comprometedora por estar siguiendo consejos de este tipo de personas. Hay que tener cuidado con la gente que tiene respuestas para todos los temas: a menos que sea una reencarnación confirmada de Leonardo Davinci, con código y todo, no me fío de los toderos. También conozco gente que funciona como la nueva cámara de Sony: apenas detectan una sonrisa disparan un consejo. Hasta que no te borran la maldita sonrisa de la cara no se quedan tranquilos. Algunos tratan de ser empáticos, y aconsejan con cara de tragedia y tonito condescendiente (a esos lo que me provoca es partirles la cara). De más está decir que a este tipo de retroalimentadores compulsivos no les presto la menor atención, y me limitó a decirles que si a todo. Ni siquiera pierdo el tiempo llevándoles la contraria. En lenguaje teenager: yeahyeahyeahwhatever.

Otro caso digno de estudio es el del feedback solicitado. Yo me la paso en eso, dada mi manía de incursionar en campos que no son los míos. Sin embargo, hay que tener cuidado también con esta rama de la ciencia: así como hay personas que son incapaces de decirte que lo que hiciste está de terror para no herir tus sentimientos, hay otras que se sientan, se suenan los nudillos, imprimen lo que enviaste, y proceden a analizar con lupa y microscopio cada pulgada, y luego te pasan un reporte detallado con índice, bibliografía y marco teórico. Luego uno se ve en el compromiso de imprimir 90 hojas tamaño carta en la oficina, y de pasarse un par de horas con un resaltador y un marcadorcito rojo resaltando los puntos importantes para desglosar por temas y áreas antes de seguir trabajando. Afortunadamente en mi oficina está prohibido malgastar papel, así que después del tercer párrafo dejo de leer porque me mareo. Por suerte quedan algunas personas con capacidad de entregar un reporte concreto, objetivo y general, que es lo que uno usualmente está buscando.

Yo particularmente detesto que me den consejos que no estoy solicitando. La única forma de que yo acepte y siga un consejo que no pedí, es que la persona que me lo está dando sea mucho mejor que yo en ese tema. Mejor, como en Profesional. O como en muy viejo. O como muy experimentado. Un consejo de viajes de una persona que nunca en su vida ha viajado, se entiende que después de la segunda palabra lo que escucho es una especie de estática: mi cerebro interviene inmediatamente y corta las comunicaciones. Si aparece la mirada vacuna en medio de un consejo, significa que mi cerebro se aburrió y se fue a un lugar mejor.

En el Cantar de los Cantares del Gerente Moderno, se resume el tema del feedback de la siguiente manera: 
- Evite dar un feedback negativo no solicitado. Si siente que es imprescindible, entonces aborde el tema en un momento apropiado, y si es un tema delicado, preferiblemente de manera privada y cara a cara.
- Siempre proporcione feedback positivo.
- Solicite feedback siempre que pueda. Es la forma más rápida para mejorar.
- Cuando le haga un feedback a otra persona que se lo está solicitando, procure utilizar un lenguaje apropiado, e incluya los aspectos positivos y los negativos en su feedback.

Siguiendo estos cuatro pasos básicos y simples, es bastante factible que los consejos no se queden huérfanos dando vueltas por ahí. Aunque hay algunas personas que si los siguen, van a desaprovechar sus extraordinarias dotes lingüisticas que tanto uso le dan. Quien sabe: tal vez si se callan un rato y dejan de ver lo que los demás están haciendo mal, empiecen a revisar sus propias vidas.

martes, 20 de mayo de 2008

Yo quiero mi llaverito

En épocas como esta, el planteamiento de la emigración parece inevitable. Las alternativas son cada vez menos para los ciudadanos de a pie, para los que no tienen afiliación política con el partido de gobierno, y para los que todavía tienen ciertos escrúpulos. Ganarse la vida como Dios manda se ha vuelto, por lo menos, escabroso.
Sin embargo, una y otra vez escucho la misma respuesta cuando la interrogante (irse?) surge en las conversaciones. "A mi me está yendo muy bien". Seguido de una larga explicación de lo interesante y conmovedor que es el trabajo de esa persona, y de un recuento de sus posesiones.
No dudo que haya gente a la que todavía le esté yendo bien, y supongo que a algunas personas les seguirá yendo bien, en una medida inversamente proporcional a la cantidad de escrúpulos que tengan, pero pienso que hay otros factores a considerar cuando se decide el futuro de una familia.
Tengo un amigo que bajó este fin de semana para La Guaira. Venía en su canal, tranquilo, en su camioneta, con todos sus papeles en regla. Un guardia nacional lo paró en una alcabala, y antes de que mi amigo se bajara del carro, le indicó que su vehículo era "sospechoso". Abrió el capó y le dijo que el serial era dudoso y que tenía que dejarle el carro para "averiguaciones". Esto implica que el carro tiene que pasar por varios entes gubernamentales, lo cual puede tardar entre 4 y 6 meses, y que le quedará con un expediente abierto que le dificultará la venta más adelante. Eso, o darle 10 millones de bolívares al guardia. Es totalmente irrelevante si los seriales son adulterados o no, aunque según la inspección que le hizo cuando lo compró, el carro debería estar bien.
Cuando esta persona narra su drama, recibe respuestas como estas: "Bueno, quien te manda a tener una camioneta". "Te vieron cara de niño rico y por eso te agarraron". "Quien te manda a tener una camioneta y a no tener real para mantenerla".
Hagamos una pausa y un minuto de silencio por la muerte de los derechos individuales.
Hay algo que los venezolanos parecemos haber olvidado hace mucho tiempo: cada quien tiene derecho a gastarse su dinero como le de la gana. Mientras esté enmarcado dentro de la ley, cada individuo tiene la potestad de decidir si agarra sus reales y los entierra en el jardín, los quema o los convierte en una floreciente industria de gnomos hidropónicos. ¿Cómo esto puede ponerse en duda? ¿Estamos tan acostumbrados a que nos digan qué hacer que ya renunciamos definitivamente a ese derecho y nos entregamos? A veces siento que me tomaron mi bandera y que no hay nadie preocupado por recuperarla: todo el equipo está criticando a Radonski y a Leopoldo y nadie está pendiente de ver qué está haciendo el equipo contrario.
Más escandaloso aún me parece el hecho de que los gastos de soborno y extorsión se incluyan de manera natural en el mantenimiento del vehículo. Tengo que reconocer que es la posición más sabia, una especie de seguro bolivariano. Sin embargo, me parece una locura tener que acostumbrarme a vivir de esta forma. No existe ninguna cantidad de dinero que me proteja contra el vacío absoluto de leyes, y contra la arbitrariedad de los que se encuentran en el poder en este momento. Me siento absolutamente expuesta e indefensa, totalmente a la merced de cualquiera que pase por la calle y se antoje de mi o de mis cosas. "Tengo que vender ese terreno, me lo van a invadir o me lo van a expropiar". "El tipo me chocó por detrás pero no me paré porque me dió miedo". "No me han entregado mi cédula porque no hay material, pero igual tuve que sobornar al policía". "El tipo compró un juez y salió la sentencia a su favor aunque legalmente debía ser para mi, así que yo tuve que buscar uno más arriba, ya me la están revirtiendo. Eso sí: me salió más caro".
Forrest Gump dice: "shit happens". Yo se a ciencia cierta que a mí me pasa a cada rato. Puedo presumir que es cuestión de tiempo antes de que me llegue mi hora. Algún día vengo tranquila por la autopista, y me cambio de canal, y de la nada aparece un motorizado (de esos que ahora son legales que circulen entre los carros a toda velocidad en la autopista), y me lo llevo, y aunque no haya sido mi culpa, me desgracié la vida. Si no me linchan en la autopista los camaradas del muerto, voy a tener que vender mi alma para pagarle indemnización hasta al perro del tipo. ¿Quien me va a defender? ¿Quien me va a ayudar? ¿Quien en su sano juicio se va a parar en el medio de un desnalgue de cuarenta motorizados que están golpeando a una desconocida para ayudarla?
Es de conocimiento de todos que tener una camioneta en este país es una promesa. La promesa de una pistola incrustada en el huequito del cerebelo. Entonces, ¿no me puedo comprar una camioneta? O, ¿me compro una camioneta y reto las estadísticas? Aunque será que la compre usada y me arriesgue a que me vendan una camioneta chimba con los seriales adulterados, porque nueva no la voy a conseguir, a menos que le pase una comisioncilla a un vendedor para que me colee en la larguísima lista de espera. Recuerdo que antaño la gente se bañaba y se perfumaba, iba a un concesionario, y un vendedor se desvivía mostrando los vehículos, tratando de convencer al cliente de que esa marca era la mejor, de que ese automóvil es excelente, de que ese color es precioso, pero si no le gusta aquí tengo la carta, puede escoger. Y uno decía: neh, y se iba a otro concesionario porque "allá me ofrecieron unas alfombras más bonitas y un llaverito".
Ya ese derecho de escoger el color o la marca, o incluso el momento en el que se adquiere un vehículo se ha vuelto irrelevante cuando se contrasta con la inseguridad en la que vivimos. La violencia de nuestra realidad es incuestionable, basta abrir el periódico o conversar con cualquier persona para enterarse de cosas tristísimas, y aunque bien es cierto que estas cosas han pasado siempre, es importante aceptar que nunca han pasado con tanta frecuencia, intensidad e impunidad como ahora.
Emigrar no es para todos. Hay que ser muy fuerte para mudarse de país con cierto éxito. Sin embargo, dadas las condiciones actuales, yo considero que emigrar requiere menor fortaleza moral que permanecer aquí.

martes, 6 de mayo de 2008

Venezuela: el país de las pequeñas Alegrías

Vamos. No todo es tan negro, no todo es tan malo. No seamos exagerados y pesimistas. Este es un país que todavía tiene mucho que ofrecer! Los venezolanos, alegres y dicharacheros, siempre conseguimos la manera de buscarle el lado bueno a la situación, siempre andamos buscándole el queso a la tostada. Así sea una untadita de Cheeze Weez, se lo encontramos.

Seguramente en el último año, después del terrible recuento de un robo a algún conocido, usted habrá escuchado (o dicho!) la siguiente frase:
"Bueno, gracias a Dios que no te pasó mas nada!"
Y todos quedan muy satisfechos porque a la persona en cuestión le robaron sus pertenencias, durante unos momentos muy estresantes y peligrosos, pero "corrió con la suerte" de que el malhechor no era muy creativo y de que no terminó decorando el estar de alguna casa envuelto en Envoplast. 

Muchas veces, esa misma persona que fue víctima del hampa, cuya vida peligró, y cuyas pertenencias perdió sin remedio, tiene que sufrir fuertes recriminaciones de sus allegados, quienes invariablemente descubren una falla en su sistema de seguridad personal, y terminan echándole la culpa de su robo: "Bueno pero quien te manda a andar por esa zona a esa hora". (yo misma le dije eso a mi pobre esposo una vez, refiriéndome a Plaza Venezuela a las 2 de la tarde, por lo cual me disculpo). O: "Tú no sabes que en la cola no se puede andar hablando por celular? Y menos ese coroto que tienes tú, que es un imán para los choros!"

Recientemente, gente cercana a mis amigos han sido víctimas de la nueva plaga nacional: el secuestro. Express o Auto-Mac, la respuesta de todos los que escuchan la cruenta historia (una vez recuperada la pobre alma) es la misma: "Gracias a Dios que no te lo mataron". Y la mejor: "Menos mal que los choros eran panas, hasta me dieron unos tips".

En nuestro afán de verle el lado bueno a todo, no nos detenemos ahí. Yo he observado que la gente a mi alrededor, y para qué negarlo, yo misma, nos estamos alegrando por las cosas más pírricas que se nos pueden ocurrir. Si un día no nos encontramos la horrorosa cola de siempre, llegamos sonrientes a nuestro destino: "Que bien! No me agarró casi cola! En vez de tardarme una hora y media me tardé solo 45 minutos en recorrer los 6 kilómetros!". Si vamos al supermercado y conseguimos leche, es un éxito rotundo! Yo me emocioné el otro día al borde de las lágrimas porque conseguí Leche Líquida Descremada, cosa que no había visto en un año. Llegué a mi casa a comer cereal a las 3 de la tarde, solo porque podía. Aunque mi emoción fue nublada por una señora que apareció de la nada (todavía no estoy segura si brotó del suelo o saltó por encima de la nevera de los quesos),  y miró mi carrito con ojos desorbitados, chirriando entre dientes "Donde conseguiste eso?", señalando mis dos tristes litricos con un dedo torcido y arrugado, con un anillo enorme y feísimo colgando de un lado. Tímidamente, le señalé un anaquel vacío: "Allá, pero eran los únicos que estaban...". La señora miró nuevamente mi leche y luego me dirigió una mirada caculadora y fría que me hizo tragar seco. "Eran los últimos que habían.... ay mijita.... tu si tienes suerte"....  Lo cual me estresó más todavía, así que empujé mi carrito, y cuando estaba como a un metro de ella, le dije: "Si, verdad? Tengo muchísima suerte. Hace un año que no tomo leche." Y me alejé, casi corriendo. (De más está decir que luego no podía alejarme de mi carrito ni un metro, y al final hasta me apresuré en pagar por si acaso.)

Nuestro optimismo es tal, que incluso sentimos una gratitud enorme cuando nos atienden bien en un restaurant o en una tienda. Este es el único país en el cual la fidelidad de los clientes se logra solo con no insultarlos. Yo he llegado incluso a tratar de reforzar esta actitud: cada vez que alguien me atiende bien, le digo unas 4 o 5 veces: "Muchísimas gracias, muy amable". Afortunadamente esto no me pasa casi nunca, no tengo madera de docente. Y si es un mesonero y me trata con cierta cordialidad, aunque no me sonría, y me trae lo que pedí en un tiempo más o menos razonable, le dejo una propina hermosa. Para todo el que haya puesto un pie en un local comercial en Caracas, está clarísimo que esta situación es, en el mejor de los casos, rara, así que no me preocupo por mis finanzas.

Un caso que encuentro frecuente y curioso, es la reacción de la gente a los sucesos políticos del país. Nos montan un control de cambio, y la gente agradece que "por lo menos tenemos los 3000 dólares". Nos quitan 2600 para financiar sus desastres providenciales, y la gente dice "bueno, pero por lo menos dejaron algo". Tenemos 10 años agonizando en la más pura miseria, pero "qué alegría tan grande que no nos oficializaron comunistas en la reforma". Cierran las fábricas y las fronteras, pero "por lo menos no han cerrado Globovisión". 

Es oficial: hay que agregar a la larguísima lista de virtudes neo-modernistas del venezolano, esta nueva característica optimizadora del caos, que nos permite seguir viendo la vida amarillita y brillante, como siempre.

No ha pasado nada, que no cunda el pánico. Esto todavía no es una dictadura. Este muérgano quiere llevarnos a un comunismo, pero no lo va a lograr. No-lo-vamos-a-dejar.


miércoles, 23 de abril de 2008

La Fugitiva

Durante los gloriosos y olvidados meses del pico y placa, yo salía a las 07:10 de la mañana de mi casa, y llegaba en 20 minutos a mi oficina. Antes de esta iniciativa, yo me tardaba entre una hora y una hora y cuarto en llegar. Cabe acotar que sin absolutamente nada de tráfico, de mi casa al trabajo se llega en unos 8 minutos.


En el período que estuvo vigente el pico y placa yo estaba de acuerdo con su implementación, pero con el pasar de los días, cambié de opinión. Ahora pienso que fue una crueldad permitir que nos diéramos cuenta de que había vida afuera del carro. Hubiera preferido no saberlo.


La estrategia del gobierno es clara y evidente. Nos dan millones de vehículos y no hacen nuevas vías para colapsar la ciudad. Ponen control de precios y de cambios y destruyen la industria para que haya escasez de alimentos. Nos cambian la cédula, el pasaporte, la licencia, y hasta las amalgamas para que tengamos que sacar toda la documentación de nuevo. Hacen elecciones cada seis meses. La estratagema es obvia: todos pasamos tanto rato metidos en una cola que no nos queda energía, ganas o tiempo de patalear por nada. ¿Nos quitan los dólares de Cadivi? Ok. ¿Vamos a la guerra con Colombia? Bueno... ¿Van a cambiar el sistema educativo? Ni modo. ¿Que subieron las tasas de interés? Déjame ver si llego al mercado antes de que me lo cierren y luego sacamos cuentas. ¿Que llegó la leche al Excelsior? Corran todos a hacer la cola mientras yo busco los potes!!!


Sincérese. Hoy en día es imposible salir de la casa sin terminar en algún momento del día parado en una cola desesperante, de esas que llega un momento en que nos provoca ahorcarnos guindando una cuerdita del agarracagao. Todo está colapsado. No nos limitemos a pensar en la cola que recubre las calles de la ciudad como una culebra metálica infiernal. Hay cola para comer. En el banco. Para entrar al estacionamiento de cualquier centro comercial. Para comprar las chucherías en el cine. Para salir del cine. Hay días en los que la cola comienza en la puerta de mi urbanización, y termina en la puerta de urbanización: como que le da la vuelta a la ciudad conmigo. Como para acompañarme, no sea que me sienta solita.


El otro día salí de mi casa a las 6:45 am, pensando que iba a llegar bien tempranito al trabajo para comerme una rica arepita de carne mechada. Todo iba bien, pero en los caminos verdes de los caminos verdes el tráfico estaba como más lento de lo normal. Yo venía escuchando un Audiobook, mi última nota antiestrés (sumamente complicado lo de manejar a 10 kmh leyendo), así que no venía escuchando la radio. Por lo tanto, me pareció que había bastante cola, un poco más fuerte de lo normal, pero más nada. Pasan los capítulos del libro y yo como que cada vez me movía más lento. A las 8 de la mañana ya estaba llamando por teléfono a todo el mundo, y le daba desesperada a la radio para tratar de averiguar qué había pasado. A las 8 y media más o menos me informan que Un Policía Suelto en Baruta aparentemente se cayó a tiros con los Soprano en alguna parte de Caracas, y por esta razón las entradas y salidas de Las Mercedes estaban trancadas. O que un avión se estrelló en la autopista. O que un policía de Baruta le cayó a tiros a un avión. O algo así.
Bueno, pensé, ni modo, tengo que llegar a la oficina, eventualmente levantarán el problema y esto avanzará. Y seguí escuchando mi Audiobook. Lo malo es que no tenía suficientes capítulos para tanto vidrio que recoger, así que tuve que cambiar de estrategia y me puse a ver los podcasts que tenía guardados en mi maravilloso aparatito anti-tranca. Mientras veía un videito de esos de gente que se tropieza y se cae y me reía a carcajadas (como mala gente que soy, me encantan), una muchacha en una camionetita roja me miraba con profundo odio, y estiraba la cabeza tratando de ver qué tenía en las manos. Cuando avancé un poco entendí su cara: con ella venía un bebé de unos dos años gritando como un demente y golpeando el tablero con un juguete. Cuando se me acabaron los videos, pasé al siguiente nivel, y me puse a jugar los pocos jueguitos tontos que tengo guardados. Nota mental: bajar más videos y más juegos. Luego empecé a leerme otro cuento de Poe, pero para ser franca, ya en ese punto la desesperación había alcanzado un pico en la gráfica. Casi le cambio el aparatito a la chica por el bebé: una mascota fastidiosa por un ratico, para distraerme. Pero no lo hice, sobre todo por temor a que me dejara al bebé y se llevara mi aparatico para siempre. En este punto, era como si alguien me estuviera clavando una hojilla en la pituitaria. Tenía hambre, tenía sed, tenía calor, y tenía ganas de ir al baño. Y principalmente, tenía 4 horas tratando de llegar a mi trabajo, que está a 8 minutos de mi casa.


En ese punto, me arranqué la hojilla de un tirón, llamé a mi oficina, anuncié que me iba para mi casa y que nos veíamos "cuando baje la cola, no se cuando", y casi picando cauchos arranqué en sentido contrario, para encontrarme casi inmediatamente con una doñita de esas que no tienen horario a 20 kilómetros por hora, paseandito por la ciudad. Casi la mato, a la doñita.


La siguiente semana, todavía un poco traumatizada, salí de mi casa un poco más temprano que lo normal, por si acaso, y dos horas más tarde llegaba a mi trabajo. Llegué arrastrándome y de mal humor, con ganas de insultar a todo el que no había pasado dos horas en el carro.



Me dediqué entonces a analizar la situación. Tomé notas en un cuadernito, registré tiempos, horarios, número de idiotas por segundo en la vía, rutas alternativas, y al final obtuve la siguiente gráfica:


De la cual se deriva que evidentemente, estoy frita.


Finalmente, decidí que lo más prudente es salir antes que el bululú. Sin embargo, la amenaza está siempre latente, ya que un retraso de 10 minutos puede implicar el retorno de la hojilla en la pituitaria (ver gráfica). Por lo tanto, aunque salgo a las 6 de la mañana, voy como alma que lleva el diablo, huyendo de la cola. Y a las 5 pm me voy de mi oficina disparada, al mejor estilo de funcionario de la cuarta (porque los de la quinta se van al mediodía, no nos engañemos), huyendo de la cola de las cinco, tocándole la corneta a cuanto paseante ose atravesarse en mi camino.


Total que ahora llevo una vida de película, y me siento como Harrison Ford, y al igual que él, vivo escapándome de una condena por un crimen que no cometí.

martes, 22 de abril de 2008

La lección de Roxanita (o Como plantar una Bomba)

Siguiendo el último trend literario, hoy voy a hablar de Facebook.
Enfrentémoslo: estamos enviciados. Facebook pasó de ser "otra página más de amiguitos" a "Home". Es un vicio más sano que ver noticias de política, por lo menos: nunca se me han puesto coloradas las orejas porque fulanito agregó a sutanito, o porque el otro se salió de un grupo, o porque alguien me envió una aplicación ofensivamente cursi.
Sin embargo, los detractores de todo ya están sacando sus armas y apuntándolas directamente a la cabecita de la F. Las madres se reunen en los colegios con los profesores, preocupadísimas. Los filósofos despescuezan la tecnología en contundentes columnas en los periódicos. Los bloggers establecen impresionantes posturas morales al respecto. El gobierno nos amenaza con cataclismos imperiales y con la muerte debajo de una montaña enorme de publicidad. Los perdedores que no tienen ni una foto decente, ni un amigo que agregar, ni un perro que exhibir, se desgarran las vestiduras orgullosos de no ser como los demás.
Las críticas que he escuchado hasta ahora giran principalmente alrededor de la seguridad personal, lo cual encuentro tremendamente irónico. En un país donde nadie sabe cuantos muertos hay en un día, pero que todos saben que son muchísimos, en donde no existen las leyes, y por lo tanto los ciudadanos no tienen ningún tipo de protección, y en donde nuestra información personal se encuentra por 5 bolívares en un quemadito de manos de cualquier buhonero, pensar que el verdadero peligro se encuentra en esa página es absurdo. Adicionalmente, invertir energía en combatirla, en vez de atacar las políticas que nos están destruyendo como sociedad, o en defender nuestros propios derechos humanos, es una barbaridad.
He escuchado de todo: que los secuestradores tienen acceso a demasiada información personal, que los ladrones van a saber cuantos televisores hay en tu casa, que las malignas corporaciones van a venir a obligarnos a comprar miles de estupideces que no necesitamos.
La verdad es la siguiente: si usted ha sido marcado por un secuestrador, ese individuo no va a crear un perfil de Facebook y a hacerse pasar por amigo suyo y a meterse en los mismos grupos de usted para poder ver sus foticos y su dirección de correo. El ya sabe cuantos vehículos hay en su casa, cual es su horario de trabajo, a qué gimnasio va su pareja, quienes son los amiguitos de sus hijos, y cuantas veces su perro ha tratado de tragarse al gato del vecino. Sabe de cuanto dinero dispone en líquido, cuanto tiene en el exterior, y cual es su capacidad de endeudamiento (esto incluye préstamos de los amigos y familiares). También sabe cuanto tiempo requiere para que usted o su familia reunan la cantidad solicitada. Y no va a variar su target dependiendo de cuantos panitas tiene en su cuenta, ni de qué tan rumbero es. Tampoco espere recibir un test de los malandros locales ("¿Qué clase de Víctima eres? Llorón? Suplicante? Agresivo?") antes de ser despojado de su carro tres tiros de por medio.
Otro argumento que encuentro vacío es el del ataque publicitario: "Facebook te quita tu información (!?) y te pone en una base de datos (!?) que va a ser repartida entre las MegaCorporacionesDiabólicas para... hacerte comprar cosas!". Si, esa base de datos se llama Internet, y existe desde hace un montón de años. Si la publicidad lo afecta tanto que llega al punto de perder su libre albedrío, entonces realmente no me interesa su opinión: es usted un bobo. Si no quiere ver publicidad, múdese de siglo.
El tercer argumento más sonado es la invasión a la privacidad, ya que todo el mundo publica fotos e información tanto propia como ajena, que a veces no les corresponde divulgar. Facebook es una herramienta de gestión de chismes (el SAP de los chismes!!!), y realmente para eso sirve y para eso debe ser usado: para averiguarle la vida a los demás, sea con buena, regular o mala intención. Este movimiento facebooksiano, si algo ha hecho, es evidenciar la poca privacidad que existe en la actualidad. El sistema que desarrollaron es rápido, conciso y se retroalimenta. Antes los chismes se propagaban a través de llamadas telefónicas, e-mails, fotos y mensajitos, ahora, existe una herramienta adecuada para esto.
Las madres preocupadas lo que realmente temen es que los niñitos vayan a poner fotos o videos "inadecuados" en internet, y que se revele alguno que otro secretillo familiar que no debe salir nunca a la luz pública (estados previos de gordura, arrugas matutinas, una que otra peíta).
El uso y abuso de esta herramienta no se puede atribuir a nadie sino al usuario. El ejemplo de internet es perfecto para demostrarlo: ver pornografía en internet no es obligatorio (contrario a lo que muchos hombres argumentan), es opcional. En consecuencia, cuando alguien sube fotos inapropiadas de otra persona, o hace un comentario inadecuado, ese individuo es responsable de su decisión, no la página.
Finalmente, un consejo: si usted no quiere que le publiquen fotos y videos vergonzosos en internet, si usted no quiere estar de boca en boca, si usted quiere aparentar ser un ciudadano de primera, entonces séalo. No haga cosas vergonzosas en público, sea decente, ético y honesto, y probablemente no se cruzará con sorpresas desagradables. Su alternativa es no serlo, pero entonces asúmalo y no se queje porque su fachada fue descubierta.
Aprendamos del novio de Roxanita.