jueves, 6 de noviembre de 2008

Disney 101

Conozco varios empresarios importantes que sienten inclinación por contratar mujeres para ciertos puestos clave en sus empresas. Sin embargo, reconocen que la preferencia se ve limitada exclusivamente a algunos puestos. El razonamiento detrás de esta preferencia se basa en que estos individuos han observado a lo largo de los años que las mujeres suelen ser más honestas, más ordenadas y más dedicadas. Evidentemente, me aclaran, no es una regla infalible, pero mejora considerablemente las estadísticas. Incluso conozco a alguien que tiene una predilección marcada por contratar madres solteras para los puestos gerenciales, ya que cuidan más a sus trabajos que cualquier otro, y suelen ser más agradecidas cuando se les presta apoyo y se les dan buenas oportunidades. 

Yo, por mi parte, evitaría contratar mujeres con tanto cuidado como evitaría a los vampiros, hombres lobo y Death-Eaters que se presentasen a la puerta de mi negocio con un curriculum perfumado. Bueno, tal vez exagero: un vampiro sería super útil como cuidador nocturno de un almacén.

Tal vez, si no me queda más remedio, (pero de verdad que tendría que ser casi casi que a nivel de amenaza legal), contrataría a una solita y la convencería de que es la reina de la oficina, la reina del arroz con pollo y la reina pepeada, y la obligaría a usar uniforme.

Que extremista, estarán diciendo. Pero mis razones son simples y están fundamentadas en múltiples observaciones que documento con cuidado en mi memoria de mujer infalible, inborrable, e inmensa. Incluso estoy en vías de desarrollar un teorema que demostrará definitivamente el número de mujeres coexistiendo en el mismo ambiente que hace falta para que una compañía entre en resonancia. Estaba a punto de demostrar mi tesis, pero mis experimentos se vieron interrumpidos por una campaña fulminante en contra de uno de los sujetos de observación.

Una mujer, aislada de la presencia tóxica de otras de su mismo género, puede ser capaz de lograr muchas cosas. Una mujer, rodeada de muchas otras, no tanto. Es preciso aclarar algo antes de continuar: la falta de inteligencia, de proactividad, de creatividad, de responsabilidad o de carácter, no se relacionan con el sexo. Existen las mismas probabilidades de que tu compañero hombre sea un idiota a que tu compañera mujer lo sea. El problema que estoy planteando es añadido a esta situación: las mujeres tenemos una desventaja adicional en el mundo laboral, porque las pocas que sirven, se terminan autoanulando al entrar en contacto con otras.

Cuando dos hombres tienen una diferencia laboral, o incluso personal, por lo general la resuelven con un gesto agresivo, un par de palabras fuertes (¿Cual es tú problema conmigo?) una mirada iracunda, y una respuesta brusca. Después de un rato, estos dos siguen hablando, y seguramente hasta se toman las cervecitas de siempre al salir. La misma situación entre dos mujeres activa un millón de mecanismos ocultos. Elucubraciones, miradas de reojo. Un correo traicionero, certero, y disfrazado de inocencia. Un memo olvidado justo en el lugar indicado para ser visto por los ojos incorrectos. Una visita a la peluquería y la mejor pinta al día siguiente, para reunirse con el jefecito. En pocas horas, se tejió una intrincada maraña de intrigas y susurros, miradas de reojo y ojitos furtivos.

Un hombre se viste para ir al trabajo. Seguramente, está pendiente de varias cosas: su comodidad, su aspecto, y la imágen de éxito que desea proyectar. Ah, y que no lo chalequeen los compañeros: no es mentira eso de que más duelen los cachos que el chaleco. A más de uno he visto abandonar una blusita medio extravagante por haber sido objeto de las más crueles y divertidas burlas durante ocho interminables horas. Una mujer también está pendiente de eso, evidentemente. Pero también está pendiente de otras cositas. Qué se pusieron sus compañeras los días anteriores puede ser una pregunta crítica, capaz de arruinarle la semana a más de una. Quien es la primera que aparece con el último grito de la moda, es otra pregunta que mantiene más de un alma en constante vilo, ya que como sabrán, la moda también es mujer y se la pasa gritando como una guacharaca loca. Y más de una termina disfrazada de guacharaca, en su afán por andar luciendo en primicia exclusiva cuanta idiotez inventan los empresarios tratando de vender mil veces el mismo producto.

La ropa y los accesorios (incluyendo el carro, y el marido en ciertas ocasiones), son un sumidero inagotable de energías femeninas, pero lamentablemente no son el único. Conozco una psicóloga que sostiene la tesis de que las mujeres usan el peso de la misma manera que los hombres el dinero. Algo parecido a lo que yo he dicho en varias ocasiones: las mujeres están constantemente midiendo al ojo por ciento cuanto ha adelgazado la otra, cuanto ha engordado, si fue que se operó o se tomó unas pepas magicas, en fin, un montón de pequeñas miserias regordetas que también consumen una buena porción de energía y tiempo productivo. 

Sin embargo, el aspecto más complicado, agotador y duro de trabajar con mujeres es la competencia. Las mujeres suelen ser exageradamente competitivas. Y no me estoy refiriendo a la competencia laboral, esa en la que los miembros de ambos sexos se arrancan las cabezas por ser los mejores profesionales, o por destacarse sobre los demás con buenas ideas o con extraordinaria eficiencia y proactividad. Me refiero a ese aspecto que Disney ilustró magistralmente en más de una de sus comiquitas: la competencia de las princesas. Esto es una verdad infalible y universal: todas las mujeres quieren ser las princesas del cuento. Les importan tres pepinos que el príncipe no exista, y son capaces de lo-que-sea, con tal de ser la más bella de la historia, la reina de la comarca, la preferida del rey. En un entorno laboral, esta competencia mágica se disfraza de competencia real, y es ahí donde se complica la cosa: de pronto, fulana y sutana no pueden trabajar juntas, mengana trabaja mal, y todas piensan que a perenceja hay que botarla a la brevedad posible. Y en realidad lo que pasa es que a fulana le saca la piedra que sutana y mengana sean más bonitas, pero fulana tiene un marido mejor que sutana y perenceja es más alta, y berengana y berenjena son futanas, y por ahí se empezó a desenrrollar una cabulla que es dificilísimo parar.

Lo más poético de todo esto, es que casi siempre, en sus intentos desbocados de aprincesarse a juro, terminan siendo las brujas de la historia. Y si el jefe es hombre, pues peor que peor, porque las tendencias gallinísticas se intensifican bárbaramente, y el cuento de hadas corre el riesgo de convertirse en una historia de terror. 

Tal vez estas situaciones fueran un poco menos dramáticas si cada mujer, al ser contratada, fuera recibida con el brochure de la empresa, su descripción de cargo, y un espejo parlante, que le dijera constantemente: "En este reino, la más bella eres tú".

lunes, 13 de octubre de 2008

El dedo en el ojo

Yo no se si son los agobiantes tiempos que sobrevivimos. O las elecciones. O el calentamiento global, o qué diablos. El hecho es que últimamente, he recibido una cantidad impresionante de justificaciones por parte de todos mis allegados. Las conversaciones siempre van más o menos de la siguiente manera: “mira y cuando es que te vas?” “bueno, a mediados del año que viene, no estoy segura”. Hace unos meses, esto era respondido con una mirada inquieta, que yo interpretaba de una de tres maneras, dependiendo de la persona: lúgubres presagios de tragedias en altamar, que me iba a extrañar mucho, o “ustedes si son excéntricos”.

Últimamente, la mirada inquieta se ha convertido en una mirada más bien asustadiza y esquiva, seguida por un montón de alegatos de índole personal. De pronto, recibo todo tipo de razones por las cuales los demás no están haciendo lo mismo que yo. No soy el tipo que trata de convencer a todo el mundo de que me sigan; de hecho, mi poder de convocatoria es más bien pobre. Reconozco que a algunos los martirizo con el tema de la emigración: a mi mamá, papá y hermana los tengo a monte, igual que a mis suegros. A un par de amigos cercanos también. De resto, no soy muy amiga ni de dar explicaciones ni de pedirlas. ¡El hecho es que me las dan!

Yo pienso que, por lo general, cuando una persona se está justificando (cuando nadie se lo pide), es porque se siente vulnerada. Necesita explicar que sus decisiones no están erradas, y que hacen las cosas de otra forma porque tienen razones muy válidas para eso. Yo mientras tanto escucho con atención, asintiendo. Como cuando uno va en un avión, y de pronto, sin que se lo pidamos, el piloto empieza a dar todo tipo de explicaciones: "Estimados pasajeros, estaremos volando a tal y cual altitud, giraremos en 28 grados para acá y luego daremos una vueltita más allá, y luego aterrizaremos con mucho cuidado a tal velocidad", y uno está atrás, comiendo maní y tomando una latica mínima de Coca Cola Light con UN solo hielo, un audífono colgando de una oreja, y pensando, como Seinfeld: “ok, tú haz lo que tengas que hacer, yo voy a seguir aquí atrás, con mis manicitos y mi vasito de refresco”.
Una parte inevitable de la conversación es la enumeración de los testimonios de la gente que le fue pésimo: Fulanito le está yendo malísimo, Sutanito se tuvo que regresar, Menganito se quedó sin un medio. Las historias de éxito nunca son mencionadas en estas ocasiones. Finalmente, empieza un largo interrogatorio con respecto a mi lugar de destino, que por lo general es hecho con la nariz arrugada y cara de asco. “¿Y, a dónde te quieres ir?” “a Madrid” “¿en serio? ¿y por qué no a Barcelona? ¿o a Sevilla? Me dicen que Nápoles es muy bonito! ¿En Australia no están buscando ingenieros?” A la pregunta de qué tienen contra Madrid, me contestan que con los ojos redondos y semi-vacunos que nada, pero que por qué no me voy a Londres. Estoy segura de que si dijera Miami o Sidney me contestaran que por qué no Madrid.

o.O

Hace poco, en el medio de la aparentemente inevitable conversación emigratoria, una chica que acabábamos de conocer nos dijo, con certeza absoluta: “Madrid es HORRIBLE para vivir”. Mi esposo le preguntó con una dulzura directamente proporcional a la mala intención: “¿En serio? ¿Y cuánto tiempo viviste allá?”. La chica tartamudeó: “bueno, yo nunca he vivido allá, pero un amigo mío que vivió allá dos meses me dijo que es igualita a Caracas...” “Oye, a mi en verdad no se me parece en nada… Pero tú has ido, ¿no?” “Bueno... no... nunca he ido a Europa”. En ese momento, tanto él como yo le dimos click en el botón “Ignorar” y seguimos conversando entre nosotros.

Mi interpretación particular del fenómeno es que poco a poco, la incertidumbre fatalista en la que vivimos se ha ido transformando en una terrible certeza. No sabemos nada de nada, pero estamos seguros de que lo que viene no es bueno.

Vivimos sumergidos en una terrible incertidumbre. No podemos contar con tener nuestro trabajo o nuestra empresa funcionando a 100% de operatividad el mes que viene. Si vamos a poder viajar el próximo año, si comprar o no comprar dólares, si habrá leche y carne en el supermercado. Si la cola me dejará llegar a mi destino, si me entregarán el carro que estoy esperando desde hace 15 meses. No sabemos si nuestros hijos recibirán la educación que queremos darles o la que el gobierno decida, o si mi casa seguirá siendo mía para siempre, o si la empresa en la que trabajamos o que poseemos será expropiada por el gobierno o tomada por el sindicato. No sabemos si tener bolívares, divisas, deudas o bienes. Los bolívares se evaporan con la inflación, la volatilidad de las divisas han hecho perder dinero a más de uno, las tasas de interés son preferencialmente altas pero solo a la hora de cobrarnos, y los bienes nos los roban o decomisan con la facilidad con la que se le quita un juguete a un niñito bobo. Ya ni siquiera sabemos si vamos a llegar vivos al domingo, porque el círculo de seguridad se está cerrando, amenazante, cada vez más sobre nosotros. Ya no es el amigo del amigo del amigo, ahora es "a mi amigo lo secuestraron, a mi amigo lo mataron".

En este hematoma de país, ya la gente ni siquiera está segura de su mesías personal: para algunos, las elecciones. Para otros, los estudiantes. O el golpe de estado de los militares. O el golpe de estado de la neo-bolivarquía. Ya los argumentos que intentan arrojar luz al final del túnel son esgrimidos sin mucha convicción.

Supongo entonces, que cuando le digo a la gente que el año que viene me convierto en miembro honorario de la familia imperial española, la mirada inquieta corresponde a un “¿será que yo también me debería ir?”

jueves, 18 de septiembre de 2008

Agata lA gata

Una semana fuera de mi casa bastó para ser recibida con una pequeña invasión de ratones. Mickey Mouse, no Ratattouille, afortunadamente. Lo sé porque los vi con mis propios ojitos la primera noche, cuando un escándalo en la cocina me hizo despertar sobresaltada y acercarme lentísimo con una linternita azul. El perro también aprovechó de agarrar sus 15 días de vacaciones y supongo que su ausencia incentivó un poco la invasión. Yo se que el individuo no se especializa en roedores (su curriculum decía "Osos"), y que de hecho los ratones le dan asco, pero afortunadamente, estos no lo saben.

Esa primera noche, después de un par de horas brincando a cada mínimo sonido (y en mi casa abundan), finalmente mi esposo y yo comenzamos a quedarnos dormidos. Al poco rato escuché una especie de aleteo dentro de mi cuarto. Es necesario aclarar que nos hallamos protegidos por un mosquitero, tipo Africa mía, que flota sobre la cama, blanquito y remendado por todos lados (el perro a veces pide asilo en la embajada anti-mosquitos), que inicialmente se instaló para protegernos de los billones de zancudos que conviven con nosotros, y que luego se probó muy útil para mantener a otros dignos ejemplares de la fauna caraqueña a raya. A salvo debajo del mosquitero, entreabrí los ojos pensando que el sonido tenía que ser imaginario, y miré de reojo a mi esposo. Este tenía los ojos abiertos de par en par y miraba el techo. "¿No puedes dormir?". "No, escucho ruidos por todas partes". "Yo también". Unos minutos después empezó a amanecer, y la luz me permitió descubrir que la fuente del aleteo era nada más y nada menos que un murciélago que entraba y salía de la habitación. Al principio daba una vuelta y salía, pero luego como que empezó a agarrar confianza y daba varias, o se guindaba de una forma curiosísima del techo, frenando casi en seco para guindar como un trapito de una puntita mínima.

Me paré de un salto y llegué al baño casi de un brinco. "Ya está, me voy!". "¿A esta hora?!". "Pues si, esto parece el Expanzoo!". Llegué de primera a la oficina. Los vigilantes me miraron divertidos, y siguieron durmiendo. Durante ese día estuve pensando qué solución darle a mi problema animalístico. Los murciélagos me tienen las paredes manchadas de guayaba y los ratones aparecen de vez en cuando, dada la ausencia total de paredes y de control de plagas gubernamental. Las gigantes cucarachas voladoras vienen a morir en mi sala. Una vez, una cucharacha gigante decidió venir a vivir en una esquinita de mi baño. Era tan grande que parecía una langosta de esas de las siete plagas. En fín, esta cucaracha bíblica pasó tres días pegada al techo de mi baño (durante los cuales fui consistente en olvidar comprar veneno), y me hizo bañarme en tiempos récords esos tres días, para finalmente soltar unas bolas amarillentas y ranuradas en el suelo de la ducha. Al regresar del trabajo en la noche y encontrar semejante espectáculo (por esos días mi esposo andaba de viaje), estuve tentada a darme media vuelta y a mudarme. Que la cucaracha se quedara hasta con la licuadora. A medio camino de la puerta decidí que, por más antiguo testamento que fuera, conseguirme un sitio nuevo en esta ciudad iba a ser más bíblico todavía, así que me armé de valor, prendí el agua hirviendo hasta que el vapor de agua la hizo resbalarse y caer en el suelo de la ducha, donde murió sancochada en breves instantes. Eso sí: pasé horas restregando esas baldosas. En esa ducha se podía hacer una cirugía a corazón abierto después que terminé con ella.

De más está decir que mi perro le tiene un asco increíble a todos los insectos, particularmente a las cucarachas y a los cocos.

Por otro lado está la cuestión de los pájaros. Estos me tienen la bandera tomada. No puedo ni quitárselas un ratico: no hay control posible sobre ellos. Entran y salen cuando les da la gana, y hay algunos tan grandes y gordos como pollos. A veces aparecen algunas guacharacas, escandalosas y ordinarias, que caminan en fila india sobre las barandas del jardín como si se estuvieran burlando de nosotros. No sé si es la perrarina, pero los pájaros llegan escuálidos y debiluchos y un par de semanas después están gordinflones e impertinentes. A veces, mientras yo desayuno, y cuando no hay comida en el plato del perro, se paran en la silla frente a mí y chillan. Por lo general, los pájaros no me gustan mucho. Pero a estos, los odio. Los muy cretinos me manchan todo lo que queda por ahí, incluso la ropa recién lavada. La gente trata de consolarme: "Bueno, pero lo que comen es fruta". Si, anda a quitar una mancha de guayaba de una tela.

Al revisar nuevamente el curriculum del perro, se evidenció que tampoco los pájaros se cuentan entre sus habilidades. Dice proactivo, excelente para trabajar en equipo, emprendedor , que aprende rápido, pero de ratones, cucharachas, murciélagos o pájaros, nada.

Después de mucho meditar, revisar algunas referencias en wiki y leer un par de artículos clave, decidí que la solución era conseguirse un gato. Para resolver un problema de exceso de animales, buscarse un animal adicional no parece lo más lógico, pero según el curriculum del gato que aparecía en cvfuturo.com, el control de plagas es parte de su formación. Aparentemente no es muy proactivo, pero si parece que es bueno trabajando en equipo. Así que convencí a mi esposo de que tanto a él como al perro les vendría bien una asistente, y partí en búsqueda de un gato. Preferiblemente hembra, por aquello de la igualdad de los sexos y todo eso.

Rápidamente me dí cuenta de que tener un gato es lo más fácil del mundo. Primero, todo el mundo los regala. Aparentemente se reproducen más que los conejos y los ratones, pero nadie ha sumado así que todavía no tienen refrán propio. En un par de horas me habían regalado como 8 gatos. Gracias a la amable colaboración de mi hermana, en poco rato tenía el gato perfecto: hembra, bebé, de procedencia más o menos conocida, y con los mismos colores del perro. Partí rápidamente a recogerla, y la llevé de una vez a lavado y engrase. El veterinario la revisó por todos lados (casi que la volteó como una media), después de lo cual declaró que estaba "buena", y yo quedé totalmente arañada porque estaba bravísima. En cinco minutos tenía los implementos del kit gatuno en mi carro (comida, arena y recipientes) y partí a mi casa.

Conozcan a Agata, lA gata.

Estamos en la etapa de integración del equipo. La entrada de personal nuevo siempre es complicada, ya que la resistencia al cambio, sobre todo de los miembros más antiguos, suele ser fuerte. Pueden ocurrir roces entre los miembros, y en ciertos casos, estos pueden ser fatales. Por eso estamos avanzando con cautela, tratando de que se conozcan bien antes de asignarles alguna tarea juntos.


Todavía no han encontrado muchos temas afines, pero estoy segura de que eventualmente se harán amigos.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Venezuela no es Cuba

La siguiente entrada no es mía, es de la famos Yoani. Esta se las dedico a tantos que han dicho (al igual que yo) que los venezolanos no somos cubanos, y que aquí eso del comunismo no lo pueden meter.
Les recomiendo el blog. Eso sí: se consiguen un cafecito para empezar y unos whiskies para terminar, porque tanta coincidencia arruga el alma.

LA CORRUPCION DE LA SUPERVIVENCIA
Escrito por: Yoani Sanchez en Generación Y
Agosto 19, 2008.

Tiene 28 años y trabaja en la piscina de un hotel, porque su padrastro le compró un empleo en el turismo. Su dominio del inglés es fatal, pero con los dos mil pesos convertibles que le pagó al administrador, no fue necesario hacer la prueba de idiomas. Más de la mitad de las botellas de ron y coca cola que vende en el snackbar, la ha comprado él mismo a precio de mercado minorista. Los colegas le enseñaron a priorizar la venta de su “mercancía” por encima de la que el Estado destina a los turistas. Gracias a ese truco, se embolsa en cada turno de trabajo lo que ganaría un neurocirujano en un mes.
Su ritmo de gastos se apoya en las ganancias ilegales, así que trata de cumplir y no desentonar en el plano de la “incondicionalidad ideológica”. Es uno de los primeros que llega cuando convocan a una marcha o al desfile del primero de mayo. Entre sus ropas guarda, para cuando haga falta, un pulóver alusivo a los cinco héroes, otro con el rostro de Che Guevara y uno, intensamente rojo, que dice “Batalla de Ideas”. Si su jefe intenta sorprenderlo en el desvío de recursos, se cuelga una de esas camisetas y la presión baja.
Con sus pocos años, ya ha comprendido que no importa cuántas veces pasas la línea de la ilegalidad, siempre que te mantengas aplaudiendo. Unas consignas gritadas en un acto político, o aquella vez que le salió al paso a un “grupúsculo” contrarrevolucionario, lo han ayudado a conservar tan lucrativo empleo. Sus manos, que hoy roban, engañan a los clientes y desvían mercancías estatales, firmaron –hace casi seis años- una enmienda constitucional para que el sistema fuera “irreversible”. Para él, si lo dejan seguir llenándose los bolsillos, el socialismo bien podría ser eterno.

lunes, 18 de agosto de 2008

La mosca en la sopa

Fuimos a la playa este fin de semana. Decir la playa es un eufemismo, ya que desde hace años es una locura meterse en esas aguas. Las playas de Río Chico se fueron enturbiando con el pasar de los años, hasta adquirir la apariencia de una sopa de arvejas con paticas de cochino. La última vez que me bañé ahí fue hace nueve años, y un par de días después me veía como una cobija floreada, con tanto microorganismo oportunista haciendo su agosto sobre mi piel. Personalmente, considero que las personas que frecuentan esa zona y sumergen sus humanidades en semejante caldo biológico constituyen el futuro de la raza humana: aguantan lo que sea.

Retomando la idea, contaba que fuimos a la costa este fin de semana, buscando alejarnos un poco del despelote citadino. Nos quedamos en un apartamento con piscina y vista al canal. Los canales, por cierto, tampoco se han salvado del vil paso del socialismo y de la desidia: las aguas están tan turbias que es imposible adivinar lo que hay en el fondo. Uno se vuelve un poco paranoico, ya que de vez en cuando se ven burbujas en la superficie, uno que otro movimiento anormal en el agua formando ondas, algo que se asemeja a una aleta... no puede ser nada bueno si es capaz de sobrevivir en semejante medio. Tal vez sean los más asiduos bañistas de las playas, que mutaron y desarrollaron branquias y un sistema de visión capaz de atravesar la materia sólida. Sea lo que sea, después de algunas horas al lado del canal es imposible evitar una miradita nerviosa de reojo, cada cierto tiempo.

Resignados hace muchísimo tiempo a ir a la playa sin playa, y a ir a los canales sin canales, agarramos nuestros corotos y nos presentamos en la piscina con Pink Floyd, cornetitas, cavita con bolsita de basura amarrada a una de las asas, protectores, bronceadores, sombreros, libros, revistas y hasta flotador. Apenas dispusimos nuestras majestuosas posaderas en las sillas y estiramos los deditos de los pies con satisfacción, apareció en pleno la familia Telerín. Los nuevos del edificio. Primero bajaron unas 6 personas y pusieron una mesa con un mantel floreado en la sombra de unas palmeras, con varias sillas. Mi muñequito del msn levantó una ceja en ese momento, pero decidí darles la oportunidad. Al rato bajaron varios niños pequeños, que se lanzaron en la piscina y procedieron a encharcar todo en poco tiempo, incluyendo las cornetitas y las revistas. Rápidamente rescatamos a Pink Floyd del naufragio y lo llevamos a tierras más altas, decididos a no permitir que nada empañara nuestro breve paréntesis. Luego bajaron más personas con un reproductor amarillo que no ofrecía buen augurio. Era una familia grande, para nada tímida, cuyas edades variaban entre 5 y 55 años, con una marcada preferencia por las gorras y las camisetas rojas. Mi conclusión personal, y me disculpan el atrevimiento, es que eran un producto bastante estereotípico de la nueva Boliburguesía. Conteo final: 18 personas.

El reproductor, primero tímido, tocó durante unos minutos en un volumen moderado. Al cabo de un tiempo, decidimos guardar a nuestros australianos en la cartera, en parte porque se habían vuelto puramente ornamentales, y en parte porque peligraban entre tanto chapuzón infantil. Una señora gorda, presumiblemente la matriarca del grupo, subía y bajaba con un platón repleto de empanadas, las cuales aparentemente les infundían valor, porque al cabo del tercer plato ya tenían reaggeton a todo volumen y gritaban al tope de sus voces, incluso al lado nuestro, totalmente ajenos al resto de los presentes en el sitio.

Tratando aún de mantener el espíritu ligero que no me caracteriza, traté de ignorar la violenta invasión de nuestra privacidad y espacio personal, y seguí conversando como si nada. Mis dos acompañantes también hicieron de tripas corazón y, con algo de colaboración de los empresarios de Smirnoff y Frica, transcurrieron algunas horas de precaria convivencia con nuestros nuevos vecinos.

En un punto de la tarde, me quedé pensativa, con la mirada perdida en el horizonte, mientras cavilaba acerca de mis prejuicios. Pensaba con algo de arrepentimiento en mis primeras impresiones de los vecinos. Que no es posible que a la primera vista de una prenda roja yo arrugue la nariz como si se tratase de un zorrillo. Que tal vez la equivocada sea yo, y es normal que los demás pongan aromatizadores de baño en sus escritorios. Que a lo mejor estoy muy amargada, y realmente no vale la pena molestarse porque los niños de otros mojen tus electrónicos, tus libros, tus toallas y tu ropa.

En ese momento, mis pensamientos se vieron interrumpidos por mi esposo, que sostenía algo en la mano, y nos decía: "¿Qué será esto? Estaba en el fondo de la piscina". La combinación de piscina y vodka le suelen inducir la búsqueda de pequeños tesoros perdidos en el fondo del agua. Mientras todos mirábamos su mano con curiosidad, él súbitamente abrió muchísimo los ojos y lanzó lejos el objeto nadador no identificado. Lo lanzó con tanta fuerza que cayó en el canal. Inmediatamente se salió del agua, dejándonos dentro, completamente sorprendidos. "Hay otro en el fondo", dijo, "sálganse". "¿Otro QUÉ?" El nos señaló algo que flotaba, inocentemente, en el agua a unos metros de nosotros.

Y ahí estaba. Como una evidencia implacable de la pírrica realidad nacional. Gritándome a todo volumen y sin necesidad del reproductor amarillo, que no importa cuanto trate de hacerme la vista gorda con respecto al estado de las cosas, siempre podré contar con esos pequeños detalles que me regresan de un empujón a la dura verdad. Me acordé de que tenemos playas, pero están contaminadas. Tenemos llanos, donde secuestran a los hacendados. Tenemos selvas, invadidas por la guerrilla. Tenemos petróleo, que financia nuestra propia destrucción. Terminaron la carretera que comenzaron hace treinta años, pero ya se rompió un pedazo. Que nuestra gente es tan alegre y tan jodedora, que se caga en sus propias piscinas.

lunes, 28 de julio de 2008

Colesterol del malo

Este socialismo híbrido que nos asfixia constantemente por estos días se está filtrando por todas las rendijas de las vidas de los venezolanos. A cada paso nos estrellamos con una pared roja, con una boina roja, con un loguito rojo, que nos detienen el avance. Vivimos en la ciudad de la furia, viendo como la bendita luna se torna roja a punta de pistola. Sin embargo, todos aceptamos estos hechos con una resignación pausada y dramática, ya que de cierta forma, estamos acostumbrados a que nos digan qué hacer, y en muchos casos, hasta lo esperamos. Yo nací y crecí en la social-democracia bipolar y ligeramente esquizofrénica que nos dominó durante los famosos cuarenta años: el socialismo del "no me des, ponme donde haya".

Veamos este ejemplo, en una empresa cualquiera: alguien pide prestada un área restringida durante un rato para una actividad. Cuando finaliza, se va dejando un desastre. El resultado es que el área no se vuelve a prestar, sin excepciones, a nadie. El argumento es siempre el mismo, y seguramente todos lo habremos escuchado e incluso utilizado en alguna ocasión: "lo presté una vez y mira lo que hicieron, ¿para qué voy a volver a hacerlo?" Sin embargo, si analizamos con un poco de cuidado el caso, se está haciendo una generalización injusta para el resto de la gente que no daña las cosas, que las cuida, que es decente, y que se preocupa. "Justos pagan por pecadores", es la otra frase, catoliquísima, por demás, que se suele usar para anular totalmente los esfuerzos individuales en nombre del Mal Común. Del colectivo. De la mayoría.

Para mí, la respuesta lógica es dirigirse a la persona que cometió la falta, y tomar las acciones correctivas del caso (un reclamo, un castigo, una amonestación, un despido, un añito en la cárcel, lo que sea). La respuesta que se suele dar a este argumento es que "para qué, si todos son igualitos".

El mensaje es claro. Si acaso queda alguien decente por ahí, que se olvide: sus esfuerzos se van a ver diluidos en el lodazal de los cerdos que lo rodean. O aprende a sentarse sobre su colita ensortijada, o termina entre dos blancas tiritas de papel encerado. En dos palabras: está frito. No tiene posibilidad de mejora. No hay meritocracia que valga. No hay esfuerzo alguno que le proporcione recompensa. La consecuencia de esto es evidente: las personas decentes que quedan, ante la falta de incentivos, poco a poco irán abandonando sus prácticas de respeto y responsabilidad, y se irán alistando en las filas facilistas de los que son todos igualitos, hasta que eventualmente, no queden más seres humanos, sino puros chanchos. Si extrapolamos esto a todos los hogares, a los colegios, universidades, y empresas, no es de extrañarse el olor a grasa imperante en las calles y avenidas de nuestras ciudades.

Supongo que dentro de algún tiempo, no mucho, no será sorpresa ver a algún muchachito cruzar un semáforo cargado por hormigas, mientras que el presidente del país dá sus declaraciones amarrado en un árbol.