miércoles, 28 de mayo de 2008

Petete New Age

Algunas personas opinan que si poseen información que puede ayudar a otra persona a mejorar, es hostil no compartirla. Sienten una especie de deber moral en presencia de las anécdotas y opiniones ajenas, e interrumpen continuamente las conversaciones dando indicaciones de lo que debió hacer, pensar, sentir y decir su interlocutor. Hay gente que da contundentes consejos acerca de temas de los que no saben absolutamente nada, y más de una vez me han extendido una recomendación con cara de circunstancias (esa cara de "qué bolas tienes tú") alguien que no ha seguido su propio consejo nunca.

Hay ciertos temas que son álgidos: todo el mundo sabe de dietas y de perros. No hay manera: si uno inocentemente echa el cuento de la dieta que está haciendo, hay tres dietas mejores que esa, hay cuatro historias de gente que la hizo y que no le funcionó, hay cinco personas que obtuvieron mejores resultados con otra dieta, y seis personas que murieron súbitamente por insistir en hacerla. Si alguien dice que quiere adelgazar sin dieta, a punto de ejercicios, en dos minutos tiene un cuaderno de dietas. Si dice que está haciendo las dos cosas, le dicen que tenga cuidado con el potasio. Si está solo haciendo dieta, lo botan de la habitación. Con los perros, es increíble: hasta los alérgicos a los pelos tienen respuestas paternalistas de todo lo que los demás hacen mal con sus mascotas y cuantas cosas podrían mejorar en la educación del perro.

En muchísimas ocasiones he visto como una excelente anécdota es completamente arruinada por constantes interrupciones de alguien que insiste en explicar cómo hubiera reaccionado de haber estado en esa situación, (lo cual sería la manera "correcta" de reaccionar, evidentemente), y que siempre agrega un pequeño consejito al final de cada frase ("tu deberías"). En mi caso, acepto hasta dos consejos: a la tercera interrupción me quedo callada y me limito a fingir que escucho las infinitas oleadas de sabiduría mientras repaso mi agenda del día siguiente, mientras miro a la otra persona y asiento, atentísima, con mirada vacuna. 

El new-age empresarial (o la evolución de Og Mandino) erradicó la palabra consejo del vocabulario de los adultos contemporáneos. Ya no se dice aconsejar: se dice retroalimentar, dar feedback. Se creó toda una filosofía alrededor de esto, ya que un empleado al que no se le puede decir que es un desastre no va a mejorar nunca, convirtiéndose así en un punto sensible para las empresas proporcionar a sus empleados un feedback certero, productivo y que no genere más incomodidades que beneficios. Es muy fácil hacer de un empleado motivado y bueno, uno muy desmotivado: una evaluación injusta suele bastar. Esta nueva religión gerencial nos instruye en el arte del feedback, y lo separa de dos maneras: positivo y negativo, solicitado y no-solicitado. El feedback positivo ocurre cuando le decimos un elogio a la otra persona, y no importa si es deseado o no, siempre es bien recibido. El negativo aparece cuando estamos criticando a la otra persona, y nunca es bien recibido. Sin embargo, si es solicitado, tenemos muchas más probabilidades de que sea aceptado que cuando salimos de un arbusto a decirle a otra persona lo que está haciendo mal.

La mayoría de las personas concentra sus esfuerzos en darle a los demás feedback negativo-no-solicitado. Traduciendo al cristiano renacentista: en criticar a los demás. Adicionalmente, la mayoría de las personas se ofende cuando sus perlas de sabiduría no son bien recibidas o son ignoradas por el receptáculo de sus consejos. 

En el capítulo 3 versículo 25 de la biblia del gerente moderno, introducen el tema de como dar el feedback. Evidentemente, no es lo mismo decirle a una persona: "y no has pensado que quizás si lo haces de esta manera..." que "es que lo que estás haciendo es una estupidez". Aunque efectivamente, lo que esa persona esté haciendo sea una estupidez. El nivel de agresividad de nuestros consejos suele influir en como son recibidos. 

Tengo amigos que son los clásicos Libros Gordos de Petete: todo lo saben, y lo que no saben, lo inventan. Más de una vez me vi en una situación comprometedora por estar siguiendo consejos de este tipo de personas. Hay que tener cuidado con la gente que tiene respuestas para todos los temas: a menos que sea una reencarnación confirmada de Leonardo Davinci, con código y todo, no me fío de los toderos. También conozco gente que funciona como la nueva cámara de Sony: apenas detectan una sonrisa disparan un consejo. Hasta que no te borran la maldita sonrisa de la cara no se quedan tranquilos. Algunos tratan de ser empáticos, y aconsejan con cara de tragedia y tonito condescendiente (a esos lo que me provoca es partirles la cara). De más está decir que a este tipo de retroalimentadores compulsivos no les presto la menor atención, y me limitó a decirles que si a todo. Ni siquiera pierdo el tiempo llevándoles la contraria. En lenguaje teenager: yeahyeahyeahwhatever.

Otro caso digno de estudio es el del feedback solicitado. Yo me la paso en eso, dada mi manía de incursionar en campos que no son los míos. Sin embargo, hay que tener cuidado también con esta rama de la ciencia: así como hay personas que son incapaces de decirte que lo que hiciste está de terror para no herir tus sentimientos, hay otras que se sientan, se suenan los nudillos, imprimen lo que enviaste, y proceden a analizar con lupa y microscopio cada pulgada, y luego te pasan un reporte detallado con índice, bibliografía y marco teórico. Luego uno se ve en el compromiso de imprimir 90 hojas tamaño carta en la oficina, y de pasarse un par de horas con un resaltador y un marcadorcito rojo resaltando los puntos importantes para desglosar por temas y áreas antes de seguir trabajando. Afortunadamente en mi oficina está prohibido malgastar papel, así que después del tercer párrafo dejo de leer porque me mareo. Por suerte quedan algunas personas con capacidad de entregar un reporte concreto, objetivo y general, que es lo que uno usualmente está buscando.

Yo particularmente detesto que me den consejos que no estoy solicitando. La única forma de que yo acepte y siga un consejo que no pedí, es que la persona que me lo está dando sea mucho mejor que yo en ese tema. Mejor, como en Profesional. O como en muy viejo. O como muy experimentado. Un consejo de viajes de una persona que nunca en su vida ha viajado, se entiende que después de la segunda palabra lo que escucho es una especie de estática: mi cerebro interviene inmediatamente y corta las comunicaciones. Si aparece la mirada vacuna en medio de un consejo, significa que mi cerebro se aburrió y se fue a un lugar mejor.

En el Cantar de los Cantares del Gerente Moderno, se resume el tema del feedback de la siguiente manera: 
- Evite dar un feedback negativo no solicitado. Si siente que es imprescindible, entonces aborde el tema en un momento apropiado, y si es un tema delicado, preferiblemente de manera privada y cara a cara.
- Siempre proporcione feedback positivo.
- Solicite feedback siempre que pueda. Es la forma más rápida para mejorar.
- Cuando le haga un feedback a otra persona que se lo está solicitando, procure utilizar un lenguaje apropiado, e incluya los aspectos positivos y los negativos en su feedback.

Siguiendo estos cuatro pasos básicos y simples, es bastante factible que los consejos no se queden huérfanos dando vueltas por ahí. Aunque hay algunas personas que si los siguen, van a desaprovechar sus extraordinarias dotes lingüisticas que tanto uso le dan. Quien sabe: tal vez si se callan un rato y dejan de ver lo que los demás están haciendo mal, empiecen a revisar sus propias vidas.

martes, 20 de mayo de 2008

Yo quiero mi llaverito

En épocas como esta, el planteamiento de la emigración parece inevitable. Las alternativas son cada vez menos para los ciudadanos de a pie, para los que no tienen afiliación política con el partido de gobierno, y para los que todavía tienen ciertos escrúpulos. Ganarse la vida como Dios manda se ha vuelto, por lo menos, escabroso.
Sin embargo, una y otra vez escucho la misma respuesta cuando la interrogante (irse?) surge en las conversaciones. "A mi me está yendo muy bien". Seguido de una larga explicación de lo interesante y conmovedor que es el trabajo de esa persona, y de un recuento de sus posesiones.
No dudo que haya gente a la que todavía le esté yendo bien, y supongo que a algunas personas les seguirá yendo bien, en una medida inversamente proporcional a la cantidad de escrúpulos que tengan, pero pienso que hay otros factores a considerar cuando se decide el futuro de una familia.
Tengo un amigo que bajó este fin de semana para La Guaira. Venía en su canal, tranquilo, en su camioneta, con todos sus papeles en regla. Un guardia nacional lo paró en una alcabala, y antes de que mi amigo se bajara del carro, le indicó que su vehículo era "sospechoso". Abrió el capó y le dijo que el serial era dudoso y que tenía que dejarle el carro para "averiguaciones". Esto implica que el carro tiene que pasar por varios entes gubernamentales, lo cual puede tardar entre 4 y 6 meses, y que le quedará con un expediente abierto que le dificultará la venta más adelante. Eso, o darle 10 millones de bolívares al guardia. Es totalmente irrelevante si los seriales son adulterados o no, aunque según la inspección que le hizo cuando lo compró, el carro debería estar bien.
Cuando esta persona narra su drama, recibe respuestas como estas: "Bueno, quien te manda a tener una camioneta". "Te vieron cara de niño rico y por eso te agarraron". "Quien te manda a tener una camioneta y a no tener real para mantenerla".
Hagamos una pausa y un minuto de silencio por la muerte de los derechos individuales.
Hay algo que los venezolanos parecemos haber olvidado hace mucho tiempo: cada quien tiene derecho a gastarse su dinero como le de la gana. Mientras esté enmarcado dentro de la ley, cada individuo tiene la potestad de decidir si agarra sus reales y los entierra en el jardín, los quema o los convierte en una floreciente industria de gnomos hidropónicos. ¿Cómo esto puede ponerse en duda? ¿Estamos tan acostumbrados a que nos digan qué hacer que ya renunciamos definitivamente a ese derecho y nos entregamos? A veces siento que me tomaron mi bandera y que no hay nadie preocupado por recuperarla: todo el equipo está criticando a Radonski y a Leopoldo y nadie está pendiente de ver qué está haciendo el equipo contrario.
Más escandaloso aún me parece el hecho de que los gastos de soborno y extorsión se incluyan de manera natural en el mantenimiento del vehículo. Tengo que reconocer que es la posición más sabia, una especie de seguro bolivariano. Sin embargo, me parece una locura tener que acostumbrarme a vivir de esta forma. No existe ninguna cantidad de dinero que me proteja contra el vacío absoluto de leyes, y contra la arbitrariedad de los que se encuentran en el poder en este momento. Me siento absolutamente expuesta e indefensa, totalmente a la merced de cualquiera que pase por la calle y se antoje de mi o de mis cosas. "Tengo que vender ese terreno, me lo van a invadir o me lo van a expropiar". "El tipo me chocó por detrás pero no me paré porque me dió miedo". "No me han entregado mi cédula porque no hay material, pero igual tuve que sobornar al policía". "El tipo compró un juez y salió la sentencia a su favor aunque legalmente debía ser para mi, así que yo tuve que buscar uno más arriba, ya me la están revirtiendo. Eso sí: me salió más caro".
Forrest Gump dice: "shit happens". Yo se a ciencia cierta que a mí me pasa a cada rato. Puedo presumir que es cuestión de tiempo antes de que me llegue mi hora. Algún día vengo tranquila por la autopista, y me cambio de canal, y de la nada aparece un motorizado (de esos que ahora son legales que circulen entre los carros a toda velocidad en la autopista), y me lo llevo, y aunque no haya sido mi culpa, me desgracié la vida. Si no me linchan en la autopista los camaradas del muerto, voy a tener que vender mi alma para pagarle indemnización hasta al perro del tipo. ¿Quien me va a defender? ¿Quien me va a ayudar? ¿Quien en su sano juicio se va a parar en el medio de un desnalgue de cuarenta motorizados que están golpeando a una desconocida para ayudarla?
Es de conocimiento de todos que tener una camioneta en este país es una promesa. La promesa de una pistola incrustada en el huequito del cerebelo. Entonces, ¿no me puedo comprar una camioneta? O, ¿me compro una camioneta y reto las estadísticas? Aunque será que la compre usada y me arriesgue a que me vendan una camioneta chimba con los seriales adulterados, porque nueva no la voy a conseguir, a menos que le pase una comisioncilla a un vendedor para que me colee en la larguísima lista de espera. Recuerdo que antaño la gente se bañaba y se perfumaba, iba a un concesionario, y un vendedor se desvivía mostrando los vehículos, tratando de convencer al cliente de que esa marca era la mejor, de que ese automóvil es excelente, de que ese color es precioso, pero si no le gusta aquí tengo la carta, puede escoger. Y uno decía: neh, y se iba a otro concesionario porque "allá me ofrecieron unas alfombras más bonitas y un llaverito".
Ya ese derecho de escoger el color o la marca, o incluso el momento en el que se adquiere un vehículo se ha vuelto irrelevante cuando se contrasta con la inseguridad en la que vivimos. La violencia de nuestra realidad es incuestionable, basta abrir el periódico o conversar con cualquier persona para enterarse de cosas tristísimas, y aunque bien es cierto que estas cosas han pasado siempre, es importante aceptar que nunca han pasado con tanta frecuencia, intensidad e impunidad como ahora.
Emigrar no es para todos. Hay que ser muy fuerte para mudarse de país con cierto éxito. Sin embargo, dadas las condiciones actuales, yo considero que emigrar requiere menor fortaleza moral que permanecer aquí.

martes, 6 de mayo de 2008

Venezuela: el país de las pequeñas Alegrías

Vamos. No todo es tan negro, no todo es tan malo. No seamos exagerados y pesimistas. Este es un país que todavía tiene mucho que ofrecer! Los venezolanos, alegres y dicharacheros, siempre conseguimos la manera de buscarle el lado bueno a la situación, siempre andamos buscándole el queso a la tostada. Así sea una untadita de Cheeze Weez, se lo encontramos.

Seguramente en el último año, después del terrible recuento de un robo a algún conocido, usted habrá escuchado (o dicho!) la siguiente frase:
"Bueno, gracias a Dios que no te pasó mas nada!"
Y todos quedan muy satisfechos porque a la persona en cuestión le robaron sus pertenencias, durante unos momentos muy estresantes y peligrosos, pero "corrió con la suerte" de que el malhechor no era muy creativo y de que no terminó decorando el estar de alguna casa envuelto en Envoplast. 

Muchas veces, esa misma persona que fue víctima del hampa, cuya vida peligró, y cuyas pertenencias perdió sin remedio, tiene que sufrir fuertes recriminaciones de sus allegados, quienes invariablemente descubren una falla en su sistema de seguridad personal, y terminan echándole la culpa de su robo: "Bueno pero quien te manda a andar por esa zona a esa hora". (yo misma le dije eso a mi pobre esposo una vez, refiriéndome a Plaza Venezuela a las 2 de la tarde, por lo cual me disculpo). O: "Tú no sabes que en la cola no se puede andar hablando por celular? Y menos ese coroto que tienes tú, que es un imán para los choros!". 

Recientemente, gente cercana a mis amigos han sido víctimas de la nueva plaga nacional: el secuestro. Express o Auto-Mac, la respuesta de todos los que escuchan la cruenta historia (una vez recuperada la pobre alma) es la misma: "Gracias a Dios que no te lo mataron". Y la mejor: "Menos mal que los choros eran panas, hasta me dieron unos tips".

En nuestro afán de verle el lado bueno a todo, no nos detenemos ahí. Yo he observado que la gente a mi alrededor, y para qué negarlo, yo misma, nos estamos alegrando por las cosas más pírricas que se nos pueden ocurrir. Si un día no nos encontramos la horrorosa cola de siempre, llegamos sonrientes a nuestro destino: "Que bien! No me agarró casi cola! En vez de tardarme una hora y media me tardé solo 45 minutos en recorrer los 6 kilómetros!". Si vamos al supermercado y conseguimos leche, es un éxito rotundo! Yo me emocioné el otro día al borde de las lágrimas porque conseguí Leche Líquida Descremada, cosa que no había visto en un año. Llegué a mi casa a comer cereal a las 3 de la tarde, solo porque podía. Aunque mi emoción fue nublada por una señora que apareció de la nada (todavía no estoy segura si brotó del suelo o saltó por encima de la nevera de los quesos),  y miró mi carrito con ojos desorbitados, chirriando entre dientes "Donde conseguiste eso?", señalando mis dos tristes litricos con un dedo torcido y arrugado, con un anillo enorme y feísimo colgando de un lado. Tímidamente, le señalé un anaquel vacío: "Allá, pero eran los únicos que estaban...". La señora miró nuevamente mi leche y luego me dirigió una mirada caculadora y fría que me hizo tragar seco. "Eran los últimos que habían.... ay mijita.... tu si tienes suerte"....  Lo cual me estresó más todavía, así que empujé mi carrito, y cuando estaba como a un metro de ella, le dije: "Si, verdad? Tengo muchísima suerte. Hace un año que no tomo leche." Y me alejé, casi corriendo. (De más está decir que luego no podía alejarme de mi carrito ni un metro, y al final hasta me apresuré en pagar por si acaso.)

Nuestro optimismo es tal, que incluso sentimos una gratitud enorme cuando nos atienden bien en un restaurant o en una tienda. Este es el único país en el cual la fidelidad de los clientes se logra solo con no insultarlos. Yo he llegado incluso a tratar de reforzar esta actitud: cada vez que alguien me atiende bien, le digo unas 4 o 5 veces: "Muchísimas gracias, muy amable". Afortunadamente esto no me pasa casi nunca, no tengo madera de docente. Y si es un mesonero y me trata con cierta cordialidad, aunque no me sonría, y me trae lo que pedí en un tiempo más o menos razonable, le dejo una propina hermosa. Para todo el que haya puesto un pie en un local comercial en Caracas, está clarísimo que esta situación es, en el mejor de los casos, rara, así que no me preocupo por mis finanzas.

Un caso que encuentro frecuente y curioso, es la reacción de la gente a los sucesos políticos del país. Nos montan un control de cambio, y la gente agradece que "por lo menos tenemos los 3000 dólares". Nos quitan 2600 para financiar sus desastres providenciales, y la gente dice "bueno, pero por lo menos dejaron algo". Tenemos 10 años agonizando en la más pura miseria, pero "qué alegría tan grande que no nos oficializaron comunistas en la reforma". Cierran las fábricas y las fronteras, pero "por lo menos no han cerrado Globovisión". 

Es oficial: hay que agregar a la larguísima lista de virtudes neo-modernistas del venezolano, esta nueva característica optimizadora del caos, que nos permite seguir viendo la vida amarillita y brillante, como siempre.

No ha pasado nada, que no cunda el pánico. Esto todavía no es una dictadura. Este muérgano quiere llevarnos a un comunismo, pero no lo va a lograr. No-lo-vamos-a-dejar.


miércoles, 23 de abril de 2008

La Fugitiva

Durante los gloriosos y olvidados meses del pico y placa, yo salía a las 07:10 de la mañana de mi casa, y llegaba en 20 minutos a mi oficina. Antes de esta iniciativa, yo me tardaba entre una hora y una hora y cuarto en llegar. Cabe acotar que sin absolutamente nada de tráfico, de mi casa al trabajo se llega en unos 8 minutos.


En el período que estuvo vigente el pico y placa yo estaba de acuerdo con su implementación, pero con el pasar de los días, cambié de opinión. Ahora pienso que fue una crueldad permitir que nos diéramos cuenta de que había vida afuera del carro. Hubiera preferido no saberlo.


La estrategia del gobierno es clara y evidente. Nos dan millones de vehículos y no hacen nuevas vías para colapsar la ciudad. Ponen control de precios y de cambios y destruyen la industria para que haya escasez de alimentos. Nos cambian la cédula, el pasaporte, la licencia, y hasta las amalgamas para que tengamos que sacar toda la documentación de nuevo. Hacen elecciones cada seis meses. La estratagema es obvia: todos pasamos tanto rato metidos en una cola que no nos queda energía, ganas o tiempo de patalear por nada. ¿Nos quitan los dólares de Cadivi? Ok. ¿Vamos a la guerra con Colombia? Bueno... ¿Van a cambiar el sistema educativo? Ni modo. ¿Que subieron las tasas de interés? Déjame ver si llego al mercado antes de que me lo cierren y luego sacamos cuentas. ¿Que llegó la leche al Excelsior? Corran todos a hacer la cola mientras yo busco los potes!!!


Sincérese. Hoy en día es imposible salir de la casa sin terminar en algún momento del día parado en una cola desesperante, de esas que llega un momento en que nos provoca ahorcarnos guindando una cuerdita del agarracagao. Todo está colapsado. No nos limitemos a pensar en la cola que recubre las calles de la ciudad como una culebra metálica infiernal. Hay cola para comer. En el banco. Para entrar al estacionamiento de cualquier centro comercial. Para comprar las chucherías en el cine. Para salir del cine. Hay días en los que la cola comienza en la puerta de mi urbanización, y termina en la puerta de urbanización: como que le da la vuelta a la ciudad conmigo. Como para acompañarme, no sea que me sienta solita.


El otro día salí de mi casa a las 6:45 am, pensando que iba a llegar bien tempranito al trabajo para comerme una rica arepita de carne mechada. Todo iba bien, pero en los caminos verdes de los caminos verdes el tráfico estaba como más lento de lo normal. Yo venía escuchando un Audiobook, mi última nota antiestrés (sumamente complicado lo de manejar a 10 kmh leyendo), así que no venía escuchando la radio. Por lo tanto, me pareció que había bastante cola, un poco más fuerte de lo normal, pero más nada. Pasan los capítulos del libro y yo como que cada vez me movía más lento. A las 8 de la mañana ya estaba llamando por teléfono a todo el mundo, y le daba desesperada a la radio para tratar de averiguar qué había pasado. A las 8 y media más o menos me informan que Un Policía Suelto en Baruta aparentemente se cayó a tiros con los Soprano en alguna parte de Caracas, y por esta razón las entradas y salidas de Las Mercedes estaban trancadas. O que un avión se estrelló en la autopista. O que un policía de Baruta le cayó a tiros a un avión. O algo así.
Bueno, pensé, ni modo, tengo que llegar a la oficina, eventualmente levantarán el problema y esto avanzará. Y seguí escuchando mi Audiobook. Lo malo es que no tenía suficientes capítulos para tanto vidrio que recoger, así que tuve que cambiar de estrategia y me puse a ver los podcasts que tenía guardados en mi maravilloso aparatito anti-tranca. Mientras veía un videito de esos de gente que se tropieza y se cae y me reía a carcajadas (como mala gente que soy, me encantan), una muchacha en una camionetita roja me miraba con profundo odio, y estiraba la cabeza tratando de ver qué tenía en las manos. Cuando avancé un poco entendí su cara: con ella venía un bebé de unos dos años gritando como un demente y golpeando el tablero con un juguete. Cuando se me acabaron los videos, pasé al siguiente nivel, y me puse a jugar los pocos jueguitos tontos que tengo guardados. Nota mental: bajar más videos y más juegos. Luego empecé a leerme otro cuento de Poe, pero para ser franca, ya en ese punto la desesperación había alcanzado un pico en la gráfica. Casi le cambio el aparatito a la chica por el bebé: una mascota fastidiosa por un ratico, para distraerme. Pero no lo hice, sobre todo por temor a que me dejara al bebé y se llevara mi aparatico para siempre. En este punto, era como si alguien me estuviera clavando una hojilla en la pituitaria. Tenía hambre, tenía sed, tenía calor, y tenía ganas de ir al baño. Y principalmente, tenía 4 horas tratando de llegar a mi trabajo, que está a 8 minutos de mi casa.


En ese punto, me arranqué la hojilla de un tirón, llamé a mi oficina, anuncié que me iba para mi casa y que nos veíamos "cuando baje la cola, no se cuando", y casi picando cauchos arranqué en sentido contrario, para encontrarme casi inmediatamente con una doñita de esas que no tienen horario a 20 kilómetros por hora, paseandito por la ciudad. Casi la mato, a la doñita.


La siguiente semana, todavía un poco traumatizada, salí de mi casa un poco más temprano que lo normal, por si acaso, y dos horas más tarde llegaba a mi trabajo. Llegué arrastrándome y de mal humor, con ganas de insultar a todo el que no había pasado dos horas en el carro.



Me dediqué entonces a analizar la situación. Tomé notas en un cuadernito, registré tiempos, horarios, número de idiotas por segundo en la vía, rutas alternativas, y al final obtuve la siguiente gráfica:


De la cual se deriva que evidentemente, estoy frita.


Finalmente, decidí que lo más prudente es salir antes que el bululú. Sin embargo, la amenaza está siempre latente, ya que un retraso de 10 minutos puede implicar el retorno de la hojilla en la pituitaria (ver gráfica). Por lo tanto, aunque salgo a las 6 de la mañana, voy como alma que lleva el diablo, huyendo de la cola. Y a las 5 pm me voy de mi oficina disparada, al mejor estilo de funcionario de la cuarta (porque los de la quinta se van al mediodía, no nos engañemos), huyendo de la cola de las cinco, tocándole la corneta a cuanto paseante ose atravesarse en mi camino.


Total que ahora llevo una vida de película, y me siento como Harrison Ford, y al igual que él, vivo escapándome de una condena por un crimen que no cometí.

martes, 22 de abril de 2008

La lección de Roxanita (o Como plantar una Bomba)

Siguiendo el último trend literario, hoy voy a hablar de Facebook.
Enfrentémoslo: estamos enviciados. Facebook pasó de ser "otra página más de amiguitos" a "Home". Es un vicio más sano que ver noticias de política, por lo menos: nunca se me han puesto coloradas las orejas porque fulanito agregó a sutanito, o porque el otro se salió de un grupo, o porque alguien me envió una aplicación ofensivamente cursi.
Sin embargo, los detractores de todo ya están sacando sus armas y apuntándolas directamente a la cabecita de la F. Las madres se reunen en los colegios con los profesores, preocupadísimas. Los filósofos despescuezan la tecnología en contundentes columnas en los periódicos. Los bloggers establecen impresionantes posturas morales al respecto. El gobierno nos amenaza con cataclismos imperiales y con la muerte debajo de una montaña enorme de publicidad. Los perdedores que no tienen ni una foto decente, ni un amigo que agregar, ni un perro que exhibir, se desgarran las vestiduras orgullosos de no ser como los demás.
Las críticas que he escuchado hasta ahora giran principalmente alrededor de la seguridad personal, lo cual encuentro tremendamente irónico. En un país donde nadie sabe cuantos muertos hay en un día, pero que todos saben que son muchísimos, en donde no existen las leyes, y por lo tanto los ciudadanos no tienen ningún tipo de protección, y en donde nuestra información personal se encuentra por 5 bolívares en un quemadito de manos de cualquier buhonero, pensar que el verdadero peligro se encuentra en esa página es absurdo. Adicionalmente, invertir energía en combatirla, en vez de atacar las políticas que nos están destruyendo como sociedad, o en defender nuestros propios derechos humanos, es una barbaridad.
He escuchado de todo: que los secuestradores tienen acceso a demasiada información personal, que los ladrones van a saber cuantos televisores hay en tu casa, que las malignas corporaciones van a venir a obligarnos a comprar miles de estupideces que no necesitamos.
La verdad es la siguiente: si usted ha sido marcado por un secuestrador, ese individuo no va a crear un perfil de Facebook y a hacerse pasar por amigo suyo y a meterse en los mismos grupos de usted para poder ver sus foticos y su dirección de correo. El ya sabe cuantos vehículos hay en su casa, cual es su horario de trabajo, a qué gimnasio va su pareja, quienes son los amiguitos de sus hijos, y cuantas veces su perro ha tratado de tragarse al gato del vecino. Sabe de cuanto dinero dispone en líquido, cuanto tiene en el exterior, y cual es su capacidad de endeudamiento (esto incluye préstamos de los amigos y familiares). También sabe cuanto tiempo requiere para que usted o su familia reunan la cantidad solicitada. Y no va a variar su target dependiendo de cuantos panitas tiene en su cuenta, ni de qué tan rumbero es. Tampoco espere recibir un test de los malandros locales ("¿Qué clase de Víctima eres? Llorón? Suplicante? Agresivo?") antes de ser despojado de su carro tres tiros de por medio.
Otro argumento que encuentro vacío es el del ataque publicitario: "Facebook te quita tu información (!?) y te pone en una base de datos (!?) que va a ser repartida entre las MegaCorporacionesDiabólicas para... hacerte comprar cosas!". Si, esa base de datos se llama Internet, y existe desde hace un montón de años. Si la publicidad lo afecta tanto que llega al punto de perder su libre albedrío, entonces realmente no me interesa su opinión: es usted un bobo. Si no quiere ver publicidad, múdese de siglo.
El tercer argumento más sonado es la invasión a la privacidad, ya que todo el mundo publica fotos e información tanto propia como ajena, que a veces no les corresponde divulgar. Facebook es una herramienta de gestión de chismes (el SAP de los chismes!!!), y realmente para eso sirve y para eso debe ser usado: para averiguarle la vida a los demás, sea con buena, regular o mala intención. Este movimiento facebooksiano, si algo ha hecho, es evidenciar la poca privacidad que existe en la actualidad. El sistema que desarrollaron es rápido, conciso y se retroalimenta. Antes los chismes se propagaban a través de llamadas telefónicas, e-mails, fotos y mensajitos, ahora, existe una herramienta adecuada para esto.
Las madres preocupadas lo que realmente temen es que los niñitos vayan a poner fotos o videos "inadecuados" en internet, y que se revele alguno que otro secretillo familiar que no debe salir nunca a la luz pública (estados previos de gordura, arrugas matutinas, una que otra peíta).
El uso y abuso de esta herramienta no se puede atribuir a nadie sino al usuario. El ejemplo de internet es perfecto para demostrarlo: ver pornografía en internet no es obligatorio (contrario a lo que muchos hombres argumentan), es opcional. En consecuencia, cuando alguien sube fotos inapropiadas de otra persona, o hace un comentario inadecuado, ese individuo es responsable de su decisión, no la página.
Finalmente, un consejo: si usted no quiere que le publiquen fotos y videos vergonzosos en internet, si usted no quiere estar de boca en boca, si usted quiere aparentar ser un ciudadano de primera, entonces séalo. No haga cosas vergonzosas en público, sea decente, ético y honesto, y probablemente no se cruzará con sorpresas desagradables. Su alternativa es no serlo, pero entonces asúmalo y no se queje porque su fachada fue descubierta.
Aprendamos del novio de Roxanita.

lunes, 21 de abril de 2008

The Monopoly Guy

La semana pasada necesité comprar un antibiótico en la farmacia. Cerca de mi trabajo hay dos alternativas: Farma y Farmatodo. Por costumbre, ya que los precios son iguales, me dirigí a Farmatodo con mi récipe y mi monedero. (Farmatodo es una cadena enorme de farmacias, que ha ido monopolizando el mercado hasta dejarnos casi sin alternativas. Las opciones son las dos mencionadas y Locatel, pero Farma tiene como 5farmacias, y Locatel 3. Las otras 124 son de Farmatodo).
Tomo mi número y veo la pantalla: faltan 5 personas para que me atiendan. Automáticamente me acerco al stand de maquillaje, el cual está estratégicamente colocado cerca del área de farmacia. Rara vez salgo de ese local sin haber comprado un montón de estupideces que no necesito: está diseñado para que eso pase. Una pinturita me llama la atención y me visualizo comprándola en rosado. Volteo un par para ver bien el color, sin sacarlas del stand (porque luego es un fastidio volverlas a meter), pero todas son rojas. Escucho el pi-rú que llama al siguiente número y me acerco.
Cuando estoy pagando en la caja, se acerca una de estas muchachitas que siempre están en el pasillo del maquillaje, con su uniforme usado y lavado diez mil veces, un pegoste de rímel barato en las pestañas, y la mirada de resentimiento que suele acompañar a las muchachitas medio boniticas que tienen que trabajar. La chica me toca el hombro con el dedo índice estiradísimo, dos veces. Yo la miro de reojo, y me dice: "¿Donde pusistesss la pintura que agarrastesss de allá?". Aún de reojo, le digo, con una mueca en la cara, que no tomé ninguna pintura, que debe estar donde ella dice. El dedito estiradísimo vuelve a incrustárseme en el hombro, y en un giro de 90 grados la confronto: "si, dime". La chica me dice: "Yo te vi cuando agarrastesss la pintura y te la metistesss dentro de la manga de la chaqueta".
Inmediatamente sentí ese familiar calorcito nacional que subió por mi garganta hasta mis orejas, y viendo rojo, me quité la chaqueta y se la tiré en el pecho. En el mismo movimiento metí mis manos en los bolsillos de mi falda y los volteé, y le dije: "Si eso es así, entonces busca la pintura tu misma. O prefieres raquetearme? Quieres que ponga mis manos contra la pared? Revisa la chaqueta y agarra la pintura si estás tan segura." Ella puso la chaqueta sobre el mostrador y se fue sin decir nada a la misma esquina en la que ha estado de pie desde hace bastante tiempo. Terminé de pagar, y tratando de controlar la furia y la indignación, le dije a la cajera que por favor me llamara al gerente de la tienda. La chica levantó un teléfono todo sucio y golpeado y habló con alguien. Me indicó que por favor esperara un momento, que ya el gerente venía a atenderme. Cinco minutos pasaron, en los cuales mi estado de ánimo no había hecho sino empeorar, y volví a acercarme a la chica: "¿podrías por favor indicarle al gerente que lo estoy esperando?", a lo que me respondió que el señor estaba viendo el video. Pensé que muy bien, que viera el video, así sería más fácil poner en su sitio a la dependienta frustrada de la esquina.
Finalmente baja el gerente. Un tipo cuarentón, simple y desabrido, de aire enfermizo, con ojeras azuladas y mirada poco inteligente. Vestía también uniforme del local, pero con Mangas Largas. Su aspecto me recordó al del muñequito del Monopolio. Su uniforme también había sido lavado diez mil veces. Me miró con odio y resentimiento, lo cual me hizo preguntarme si no sería familia de la de la esquina, y me lazó un sorpresivo: "entonces, ¿como hacemos?". Con los ojos muy abiertos, en una mueca de incredulidad, le dije que eso mismo me preguntaba yo, pues lo que estaba esperando era una disculpa de parte del personal de esa tienda. El hombrecillo me contesta que vió el video, y que el video se veía claramente que yo tomaba la pintura y la llevaba conmigo hasta la caja, pero que de ahí en adelante no se veía más nada y que por lo tanto él no sabía donde había puesto la pintura.

Analicemos mi situación:
1. El gerente de la tienda me está mintiendo, ya que me dice que vió algo que no pasó.
2. Lo que dice el gerente que vió no coincide con lo que vió Miss Esquina.
3. Yo no he salido de la tienda, así que técnicamente no me he robado nada. Si lo que dice Miss Esquina es cierto, tienen dos opciones: o me dejan salir para que active la alarma de la tienda, o me retienen y llaman a la policía para que me revise. Si lo que dice Monopoly Guy es cierto, entonces existe la posibilidad de que me haya arrepentido en el camino y haya dejado la pintura por ahí, o que de verdad esté tratando de robármela, para lo cual tiene las mismas opciones mencionadas anteriormente.

Sin embargo, lejos de llamar a la policía, o de verificar algo, o de tratar de mejorar la situación de alguna manera, el hombrecillo me seguía mirando con odio, mientras yo me debatía entre brincarle encima y enterrarle un cepillo entre los dos ojos, o meterle todas las pinturas de labio por el trasero.

Finalmente, decidí que la batalla estaba perdida, porque cualquier cosa que le dijera a este indiviuo era en vano: me iba a mentir. Por otro lado, decidí que no había ninguna razón por la cual yo me tuviera que defender, ni me sentí obligada a demostrar mi inocencia, mi honestidad y mi honor delante de extraños que me acusaron sin pruebas y que mintieron: realmente dudo que sepan el significado de esas palabras.

Después de unos segundos de observarlo con los ojos entrecerrados, le dije: "Yo tengo cinco años trabajando cerca de aquí, y siempre he comprado todas mis medicinas en esta sucursal. Esta es la última vez en mi vida que piso esta maldita tienda. Y le puedo apostar que ni mi esposo, ni mis padres, ni mi hermana van a volver aquí. Y de la gente que trabaja conmigo, le garantizo que después de que yo les cuente la forma como me trataron, habrán varios que no van a volver tampoco."

Esta dupla peligrosísima del Monopoly Guy y Miss Corner es más frecuente de lo que podemos imaginar. Este tipo de gente es el que puede destruir la imagen y la clientela de un negocio. Y eventualmente, de un país.

miércoles, 9 de abril de 2008

El flamingo mayamero

Muchos problemas, llamadas, correos, más problemas, ninguna solución, y de pronto suena un pitico.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
Todos levantamos la mirada de nuestros monitores, a la izquierda, a la derecha. Las miradas se encuentran, pero nadie sabe de donde proviene.
El pitico se calla. Pasan unos segundos, y de nuevo: piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
Mi ceja izquierda se levanta sola, sin yo darle ninguna orden. Miro a mi alrededor, y nadie se da por enterado. El pitico suena como una tetera lista para servir té hirviendo. O como para volver loco a cualquier perro. Se mete hasta el hipotálamo, taladra entre mis ojos. Mis oídos chillan desesperados, mi cerebro vibra dentro de mi caja craneana. Uno de mis ojos comienza a vibrar al ritmo de un tic nervioso del párpado.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Por cuarta, quinta vez.
Me levanto y busco la fuente del sonido, esperando encontrar alguna alarma contra incendios activada, y descubro que lo que está sonando es el teléfono de mi vecino de escritorio. Con un ataque de histeria controlado, aprieto cualquier botón para que deje de sonar, abro una de las gavetas de su escritorio, y lo lanzo dentro, con la fuerza mínima para probar mi punto sin destrozar el aparatico.

A los 10 segundos llega mi vecino de puesto y busca su teléfono por todas partes. Al no encontrarlo, se disgusta, y pregunta por su aparatico infernal. Con la ceja izquierda aún levantada, le digo que revise su gaveta. Y le sugiero que si no quiere saber como suena una tetera bajo el agua, que busque un ring-tone más agradable, o que cargue su teléfono encima cuando se vaya a pasillear por la oficina. Mi vecino arma un berrinche, argumentando que no hay ring-tone que nos agrade a todos.

Excelente argumento. Siempre y cuando no tomemos en cuenta que sus ring-tones anteriores fueron tres reagettones, un perro bipolar ladrando, el intro del Chavo del Ocho, y las campanitas desaforadas de los heladeros de Efe de los ochenta. Todos en el máximo volúmen del celular, en un estado de abandono total sobre el escritorio, sonando 120 veces al día mientras el dueño se pasea muy lejos de la cacofonía móvil que se produce en su puesto.

Acotemos que este vecino no es el único que suele practicar este deporte. Las niñas de telemárketing, al otro lado de mi vidrio, suelen obviar el atorrante riiiinriiiiiin de sus auriculares durante muchísmos minutos. Los chicos más allá suelen subir el repique a sus teléfonos fijos para poder conversar en otros escritorios, y estar simultáneamente atentos a cualquier llamada de la jefa.

Siento un tirón en mi ceja izquierda. El músculo está tenso y ya no lo puedo devolver a su posición original, al menos por un buen rato. Mi ceja derecha comienza a vibrar, lo cual normalmente es señal de problemas. Sin pensarlo mucho, me pongo de pie, con una mano en la cintura, el pie derecho en el suelo y el izquierdo recogido sobre la silla, como un flamenco mayamero, y lo miro con absoluto desprecio, mientras el vecino sigue argumentando: "no hay ningún tono que les guste!".

Miro mi monitor, llenito de quejas de mis clientes producto de las magníficas decisiones de mi gobierno local, y lo vuelvo a mirar a él, con la cejita izquierda más arqueada que nunca, y le digo: "si lo que necesitas es un aparato que reciba mensajes, entonces ponlo en el volumen mínimo o lo pones a vibrar. Si necesitas hablar con tus clientes, entonces CARGALO ENCIMA".

El enano siniestro se me queda viendo con odio, y empieza a protestar porque la semana pasada alguien le puso una cuchara usada sobre su mesa. Lo miro con impaciencia, lo interrumpo en medio de su absurdo argumento, y le digo: "mira, yo estoy de acuerdo contigo que la cuchara sobre tu escritorio es una falta de respeto, y por eso mismo, tú sabes que es una falta de respeto que dejes tu celular en el máximo volumen sonando sobre tu escritorio".

La ceja izquierda, casi a punto de estallar en mil pelos, lo amenza hasta el punto en que decide dejar la discusión hasta ahí. Es enano pero no bruto. Evidentemente intimidado, recoje sus quejas de minoría étnica hasta donde puede, pero le baja el volúmen al aparatico infernal.

Hoy, de camino a mi casa, me compré una magnífica mandarria, con el mango de madera. También compré un tobito.

Mañana voy a llegar como todos los días. Después de mi hora y veinte de cola (gracias a los hermanos Metelapata de la Lagunita que eliminaron el pico y placa), procederé a prender mi computadora, a sacar mi sanduchito, y a leer mi periódico mientras el día comienza. Pero esta vez, la presencia de un tobo de agua y una brillante mandarria ensombrecerán las aspiraciones de Latinoamerican Idol de todos los celulares que queden abandonados por ahí.