jueves, 18 de septiembre de 2008

Agata lA gata

Una semana fuera de mi casa bastó para ser recibida con una pequeña invasión de ratones. Mickey Mouse, no Ratattouille, afortunadamente. Lo sé porque los vi con mis propios ojitos la primera noche, cuando un escándalo en la cocina me hizo despertar sobresaltada y acercarme lentísimo con una linternita azul. El perro también aprovechó de agarrar sus 15 días de vacaciones y supongo que su ausencia incentivó un poco la invasión. Yo se que el individuo no se especializa en roedores (su curriculum decía "Osos"), y que de hecho los ratones le dan asco, pero afortunadamente, estos no lo saben.

Esa primera noche, después de un par de horas brincando a cada mínimo sonido (y en mi casa abundan), finalmente mi esposo y yo comenzamos a quedarnos dormidos. Al poco rato escuché una especie de aleteo dentro de mi cuarto. Es necesario aclarar que nos hallamos protegidos por un mosquitero, tipo Africa mía, que flota sobre la cama, blanquito y remendado por todos lados (el perro a veces pide asilo en la embajada anti-mosquitos), que inicialmente se instaló para protegernos de los billones de zancudos que conviven con nosotros, y que luego se probó muy útil para mantener a otros dignos ejemplares de la fauna caraqueña a raya. A salvo debajo del mosquitero, entreabrí los ojos pensando que el sonido tenía que ser imaginario, y miré de reojo a mi esposo. Este tenía los ojos abiertos de par en par y miraba el techo. "¿No puedes dormir?". "No, escucho ruidos por todas partes". "Yo también". Unos minutos después empezó a amanecer, y la luz me permitió descubrir que la fuente del aleteo era nada más y nada menos que un murciélago que entraba y salía de la habitación. Al principio daba una vuelta y salía, pero luego como que empezó a agarrar confianza y daba varias, o se guindaba de una forma curiosísima del techo, frenando casi en seco para guindar como un trapito de una puntita mínima.

Me paré de un salto y llegué al baño casi de un brinco. "Ya está, me voy!". "¿A esta hora?!". "Pues si, esto parece el Expanzoo!". Llegué de primera a la oficina. Los vigilantes me miraron divertidos, y siguieron durmiendo. Durante ese día estuve pensando qué solución darle a mi problema animalístico. Los murciélagos me tienen las paredes manchadas de guayaba y los ratones aparecen de vez en cuando, dada la ausencia total de paredes y de control de plagas gubernamental. Las gigantes cucarachas voladoras vienen a morir en mi sala. Una vez, una cucharacha gigante decidió venir a vivir en una esquinita de mi baño. Era tan grande que parecía una langosta de esas de las siete plagas. En fín, esta cucaracha bíblica pasó tres días pegada al techo de mi baño (durante los cuales fui consistente en olvidar comprar veneno), y me hizo bañarme en tiempos récords esos tres días, para finalmente soltar unas bolas amarillentas y ranuradas en el suelo de la ducha. Al regresar del trabajo en la noche y encontrar semejante espectáculo (por esos días mi esposo andaba de viaje), estuve tentada a darme media vuelta y a mudarme. Que la cucaracha se quedara hasta con la licuadora. A medio camino de la puerta decidí que, por más antiguo testamento que fuera, conseguirme un sitio nuevo en esta ciudad iba a ser más bíblico todavía, así que me armé de valor, prendí el agua hirviendo hasta que el vapor de agua la hizo resbalarse y caer en el suelo de la ducha, donde murió sancochada en breves instantes. Eso sí: pasé horas restregando esas baldosas. En esa ducha se podía hacer una cirugía a corazón abierto después que terminé con ella.

De más está decir que mi perro le tiene un asco increíble a todos los insectos, particularmente a las cucarachas y a los cocos.

Por otro lado está la cuestión de los pájaros. Estos me tienen la bandera tomada. No puedo ni quitárselas un ratico: no hay control posible sobre ellos. Entran y salen cuando les da la gana, y hay algunos tan grandes y gordos como pollos. A veces aparecen algunas guacharacas, escandalosas y ordinarias, que caminan en fila india sobre las barandas del jardín como si se estuvieran burlando de nosotros. No sé si es la perrarina, pero los pájaros llegan escuálidos y debiluchos y un par de semanas después están gordinflones e impertinentes. A veces, mientras yo desayuno, y cuando no hay comida en el plato del perro, se paran en la silla frente a mí y chillan. Por lo general, los pájaros no me gustan mucho. Pero a estos, los odio. Los muy cretinos me manchan todo lo que queda por ahí, incluso la ropa recién lavada. La gente trata de consolarme: "Bueno, pero lo que comen es fruta". Si, anda a quitar una mancha de guayaba de una tela.

Al revisar nuevamente el curriculum del perro, se evidenció que tampoco los pájaros se cuentan entre sus habilidades. Dice proactivo, excelente para trabajar en equipo, emprendedor , que aprende rápido, pero de ratones, cucharachas, murciélagos o pájaros, nada.

Después de mucho meditar, revisar algunas referencias en wiki y leer un par de artículos clave, decidí que la solución era conseguirse un gato. Para resolver un problema de exceso de animales, buscarse un animal adicional no parece lo más lógico, pero según el curriculum del gato que aparecía en cvfuturo.com, el control de plagas es parte de su formación. Aparentemente no es muy proactivo, pero si parece que es bueno trabajando en equipo. Así que convencí a mi esposo de que tanto a él como al perro les vendría bien una asistente, y partí en búsqueda de un gato. Preferiblemente hembra, por aquello de la igualdad de los sexos y todo eso.

Rápidamente me dí cuenta de que tener un gato es lo más fácil del mundo. Primero, todo el mundo los regala. Aparentemente se reproducen más que los conejos y los ratones, pero nadie ha sumado así que todavía no tienen refrán propio. En un par de horas me habían regalado como 8 gatos. Gracias a la amable colaboración de mi hermana, en poco rato tenía el gato perfecto: hembra, bebé, de procedencia más o menos conocida, y con los mismos colores del perro. Partí rápidamente a recogerla, y la llevé de una vez a lavado y engrase. El veterinario la revisó por todos lados (casi que la volteó como una media), después de lo cual declaró que estaba "buena", y yo quedé totalmente arañada porque estaba bravísima. En cinco minutos tenía los implementos del kit gatuno en mi carro (comida, arena y recipientes) y partí a mi casa.

Conozcan a Agata, lA gata.

Estamos en la etapa de integración del equipo. La entrada de personal nuevo siempre es complicada, ya que la resistencia al cambio, sobre todo de los miembros más antiguos, suele ser fuerte. Pueden ocurrir roces entre los miembros, y en ciertos casos, estos pueden ser fatales. Por eso estamos avanzando con cautela, tratando de que se conozcan bien antes de asignarles alguna tarea juntos.


Todavía no han encontrado muchos temas afines, pero estoy segura de que eventualmente se harán amigos.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Venezuela no es Cuba

La siguiente entrada no es mía, es de la famos Yoani. Esta se las dedico a tantos que han dicho (al igual que yo) que los venezolanos no somos cubanos, y que aquí eso del comunismo no lo pueden meter.
Les recomiendo el blog. Eso sí: se consiguen un cafecito para empezar y unos whiskies para terminar, porque tanta coincidencia arruga el alma.

LA CORRUPCION DE LA SUPERVIVENCIA
Escrito por: Yoani Sanchez en Generación Y
Agosto 19, 2008.

Tiene 28 años y trabaja en la piscina de un hotel, porque su padrastro le compró un empleo en el turismo. Su dominio del inglés es fatal, pero con los dos mil pesos convertibles que le pagó al administrador, no fue necesario hacer la prueba de idiomas. Más de la mitad de las botellas de ron y coca cola que vende en el snackbar, la ha comprado él mismo a precio de mercado minorista. Los colegas le enseñaron a priorizar la venta de su “mercancía” por encima de la que el Estado destina a los turistas. Gracias a ese truco, se embolsa en cada turno de trabajo lo que ganaría un neurocirujano en un mes.
Su ritmo de gastos se apoya en las ganancias ilegales, así que trata de cumplir y no desentonar en el plano de la “incondicionalidad ideológica”. Es uno de los primeros que llega cuando convocan a una marcha o al desfile del primero de mayo. Entre sus ropas guarda, para cuando haga falta, un pulóver alusivo a los cinco héroes, otro con el rostro de Che Guevara y uno, intensamente rojo, que dice “Batalla de Ideas”. Si su jefe intenta sorprenderlo en el desvío de recursos, se cuelga una de esas camisetas y la presión baja.
Con sus pocos años, ya ha comprendido que no importa cuántas veces pasas la línea de la ilegalidad, siempre que te mantengas aplaudiendo. Unas consignas gritadas en un acto político, o aquella vez que le salió al paso a un “grupúsculo” contrarrevolucionario, lo han ayudado a conservar tan lucrativo empleo. Sus manos, que hoy roban, engañan a los clientes y desvían mercancías estatales, firmaron –hace casi seis años- una enmienda constitucional para que el sistema fuera “irreversible”. Para él, si lo dejan seguir llenándose los bolsillos, el socialismo bien podría ser eterno.

lunes, 18 de agosto de 2008

La mosca en la sopa

Fuimos a la playa este fin de semana. Decir la playa es un eufemismo, ya que desde hace años es una locura meterse en esas aguas. Las playas de Río Chico se fueron enturbiando con el pasar de los años, hasta adquirir la apariencia de una sopa de arvejas con paticas de cochino. La última vez que me bañé ahí fue hace nueve años, y un par de días después me veía como una cobija floreada, con tanto microorganismo oportunista haciendo su agosto sobre mi piel. Personalmente, considero que las personas que frecuentan esa zona y sumergen sus humanidades en semejante caldo biológico constituyen el futuro de la raza humana: aguantan lo que sea.

Retomando la idea, contaba que fuimos a la costa este fin de semana, buscando alejarnos un poco del despelote citadino. Nos quedamos en un apartamento con piscina y vista al canal. Los canales, por cierto, tampoco se han salvado del vil paso del socialismo y de la desidia: las aguas están tan turbias que es imposible adivinar lo que hay en el fondo. Uno se vuelve un poco paranoico, ya que de vez en cuando se ven burbujas en la superficie, uno que otro movimiento anormal en el agua formando ondas, algo que se asemeja a una aleta... no puede ser nada bueno si es capaz de sobrevivir en semejante medio. Tal vez sean los más asiduos bañistas de las playas, que mutaron y desarrollaron branquias y un sistema de visión capaz de atravesar la materia sólida. Sea lo que sea, después de algunas horas al lado del canal es imposible evitar una miradita nerviosa de reojo, cada cierto tiempo.

Resignados hace muchísimo tiempo a ir a la playa sin playa, y a ir a los canales sin canales, agarramos nuestros corotos y nos presentamos en la piscina con Pink Floyd, cornetitas, cavita con bolsita de basura amarrada a una de las asas, protectores, bronceadores, sombreros, libros, revistas y hasta flotador. Apenas dispusimos nuestras majestuosas posaderas en las sillas y estiramos los deditos de los pies con satisfacción, apareció en pleno la familia Telerín. Los nuevos del edificio. Primero bajaron unas 6 personas y pusieron una mesa con un mantel floreado en la sombra de unas palmeras, con varias sillas. Mi muñequito del msn levantó una ceja en ese momento, pero decidí darles la oportunidad. Al rato bajaron varios niños pequeños, que se lanzaron en la piscina y procedieron a encharcar todo en poco tiempo, incluyendo las cornetitas y las revistas. Rápidamente rescatamos a Pink Floyd del naufragio y lo llevamos a tierras más altas, decididos a no permitir que nada empañara nuestro breve paréntesis. Luego bajaron más personas con un reproductor amarillo que no ofrecía buen augurio. Era una familia grande, para nada tímida, cuyas edades variaban entre 5 y 55 años, con una marcada preferencia por las gorras y las camisetas rojas. Mi conclusión personal, y me disculpan el atrevimiento, es que eran un producto bastante estereotípico de la nueva Boliburguesía. Conteo final: 18 personas.

El reproductor, primero tímido, tocó durante unos minutos en un volumen moderado. Al cabo de un tiempo, decidimos guardar a nuestros australianos en la cartera, en parte porque se habían vuelto puramente ornamentales, y en parte porque peligraban entre tanto chapuzón infantil. Una señora gorda, presumiblemente la matriarca del grupo, subía y bajaba con un platón repleto de empanadas, las cuales aparentemente les infundían valor, porque al cabo del tercer plato ya tenían reaggeton a todo volumen y gritaban al tope de sus voces, incluso al lado nuestro, totalmente ajenos al resto de los presentes en el sitio.

Tratando aún de mantener el espíritu ligero que no me caracteriza, traté de ignorar la violenta invasión de nuestra privacidad y espacio personal, y seguí conversando como si nada. Mis dos acompañantes también hicieron de tripas corazón y, con algo de colaboración de los empresarios de Smirnoff y Frica, transcurrieron algunas horas de precaria convivencia con nuestros nuevos vecinos.

En un punto de la tarde, me quedé pensativa, con la mirada perdida en el horizonte, mientras cavilaba acerca de mis prejuicios. Pensaba con algo de arrepentimiento en mis primeras impresiones de los vecinos. Que no es posible que a la primera vista de una prenda roja yo arrugue la nariz como si se tratase de un zorrillo. Que tal vez la equivocada sea yo, y es normal que los demás pongan aromatizadores de baño en sus escritorios. Que a lo mejor estoy muy amargada, y realmente no vale la pena molestarse porque los niños de otros mojen tus electrónicos, tus libros, tus toallas y tu ropa.

En ese momento, mis pensamientos se vieron interrumpidos por mi esposo, que sostenía algo en la mano, y nos decía: "¿Qué será esto? Estaba en el fondo de la piscina". La combinación de piscina y vodka le suelen inducir la búsqueda de pequeños tesoros perdidos en el fondo del agua. Mientras todos mirábamos su mano con curiosidad, él súbitamente abrió muchísimo los ojos y lanzó lejos el objeto nadador no identificado. Lo lanzó con tanta fuerza que cayó en el canal. Inmediatamente se salió del agua, dejándonos dentro, completamente sorprendidos. "Hay otro en el fondo", dijo, "sálganse". "¿Otro QUÉ?" El nos señaló algo que flotaba, inocentemente, en el agua a unos metros de nosotros.

Y ahí estaba. Como una evidencia implacable de la pírrica realidad nacional. Gritándome a todo volumen y sin necesidad del reproductor amarillo, que no importa cuanto trate de hacerme la vista gorda con respecto al estado de las cosas, siempre podré contar con esos pequeños detalles que me regresan de un empujón a la dura verdad. Me acordé de que tenemos playas, pero están contaminadas. Tenemos llanos, donde secuestran a los hacendados. Tenemos selvas, invadidas por la guerrilla. Tenemos petróleo, que financia nuestra propia destrucción. Terminaron la carretera que comenzaron hace treinta años, pero ya se rompió un pedazo. Que nuestra gente es tan alegre y tan jodedora, que se caga en sus propias piscinas.

lunes, 28 de julio de 2008

Colesterol del malo

Este socialismo híbrido que nos asfixia constantemente por estos días se está filtrando por todas las rendijas de las vidas de los venezolanos. A cada paso nos estrellamos con una pared roja, con una boina roja, con un loguito rojo, que nos detienen el avance. Vivimos en la ciudad de la furia, viendo como la bendita luna se torna roja a punta de pistola. Sin embargo, todos aceptamos estos hechos con una resignación pausada y dramática, ya que de cierta forma, estamos acostumbrados a que nos digan qué hacer, y en muchos casos, hasta lo esperamos. Yo nací y crecí en la social-democracia bipolar y ligeramente esquizofrénica que nos dominó durante los famosos cuarenta años: el socialismo del "no me des, ponme donde haya".

Veamos este ejemplo, en una empresa cualquiera: alguien pide prestada un área restringida durante un rato para una actividad. Cuando finaliza, se va dejando un desastre. El resultado es que el área no se vuelve a prestar, sin excepciones, a nadie. El argumento es siempre el mismo, y seguramente todos lo habremos escuchado e incluso utilizado en alguna ocasión: "lo presté una vez y mira lo que hicieron, ¿para qué voy a volver a hacerlo?" Sin embargo, si analizamos con un poco de cuidado el caso, se está haciendo una generalización injusta para el resto de la gente que no daña las cosas, que las cuida, que es decente, y que se preocupa. "Justos pagan por pecadores", es la otra frase, catoliquísima, por demás, que se suele usar para anular totalmente los esfuerzos individuales en nombre del Mal Común. Del colectivo. De la mayoría.

Para mí, la respuesta lógica es dirigirse a la persona que cometió la falta, y tomar las acciones correctivas del caso (un reclamo, un castigo, una amonestación, un despido, un añito en la cárcel, lo que sea). La respuesta que se suele dar a este argumento es que "para qué, si todos son igualitos".

El mensaje es claro. Si acaso queda alguien decente por ahí, que se olvide: sus esfuerzos se van a ver diluidos en el lodazal de los cerdos que lo rodean. O aprende a sentarse sobre su colita ensortijada, o termina entre dos blancas tiritas de papel encerado. En dos palabras: está frito. No tiene posibilidad de mejora. No hay meritocracia que valga. No hay esfuerzo alguno que le proporcione recompensa. La consecuencia de esto es evidente: las personas decentes que quedan, ante la falta de incentivos, poco a poco irán abandonando sus prácticas de respeto y responsabilidad, y se irán alistando en las filas facilistas de los que son todos igualitos, hasta que eventualmente, no queden más seres humanos, sino puros chanchos. Si extrapolamos esto a todos los hogares, a los colegios, universidades, y empresas, no es de extrañarse el olor a grasa imperante en las calles y avenidas de nuestras ciudades.

Supongo que dentro de algún tiempo, no mucho, no será sorpresa ver a algún muchachito cruzar un semáforo cargado por hormigas, mientras que el presidente del país dá sus declaraciones amarrado en un árbol.

sábado, 28 de junio de 2008

Solo queda el cansancio

Paciencia. 

De acuerdo a Wiki, la paciencia es el estado de tolerancia bajo circunstancias difíciles. Esto puede significar perseverancia ante atrasos o provocaciones sin molestarse ni exasperarse, o demostrar temple bajo presión, especialmente al enfrentar dificultades a largo plazo.

En muchas religiones, la paciencia es una de las virtudes más cotizadas. Incluso hay quienes creen que hay que practicarla como un arte. Pero al parecer, en este país, estas son definiciones del pasado, sin vigencia, en las cuales ya nadie cree, al igual que los semáforos y las libertades individuales.

Veamos por ejemplo nuestro comportamiento en el supermercado. Hacemos nuestra cola, (aquellos que todavía la hacemos). La persona que está adelante coloca sus compras en la banda sin fín, y apenas la cajera toma el primer objeto y empieza a trabajar, nosotros comenzamos a colocar nuestras compras sobre la bandeja. No importa que la bandeja esté o no atiborrada de víveres, o que la cajera se confunda, o que estemos codo a codo con la persona que está delante. Al final terminamos amontonando toda nuestra compra en una pilita de 20x20 cm, porque evidentemente, fuimos más rápidos en mover la comida de un sitio a otro, que la cajera en cobrarlo, y la otra persona en pagar e irse. En una ocasión, un señor ligeramente distraido estuvo a punto de pagar también mi comida en su afán por acelerar el proceso: cuando la cajera me pidió mi tarjeta, el señor le entregó la suya, ya que toda su compra estaba prácticamente sobre la mía. Lo usual es que la persona de atrás no espere a que uno reciba el vuelto para adelantarse y empujar ligeramente con el codo y una miradita de reojo, con cierto odio. "Quítate pues".

La paciencia es una cualidad admirable en el que está detrás de uno, pero detestable en el que está adelante. 

De la misma manera que hay gente que sencillamente no quiere esperar su turno, hay otras que creen que su turno es eterno, y no respetan el tiempo de los demás. Otro ejemplo de supermercado: el otro día estaba esperando en mi colita, y se acerca una muchacha con un niñito (un crío horroroso), con un pote de leche en una mano y unas galletas en la otra, y me mira con cara de becerro atropellado. La verdad es que con semejante niño tan feo y tan escandaloso, le digo que pase sin pensarlo dos veces. La cajera toma la leche y las galletas y las pasa, y en ese momento, la muchacha dice "espérate un momentito que se me olvidó algo", y se va. Regresó unos minutos después con un montón de cosas, y sin el niño, lanzó las cosas en la caja y salió corriendo a buscar al niño, que seguramente estaba a punto de ser embandejado por feo. Y luego pasó dos tarjetas diferentes porque no se acordaba de la clave, y tuvo que llamar al marido para que se la dijera. Para cuando terminó de pagar, me debatía entre odiarla a ella y sentir compasión por el pobre marido por tener que soportar a semejante par.

En una ciudad como esta, y en esta época, el tiempo es un elemento escaso y por lo tanto, súmamente valioso. Tanto para nosotros como para los que nos rodean. La mayoría de la gente quiere entrar y salir con la mayor velocidad posible de un supermercado, de una farmacia, o básicamente, de cualquier situación que requiera hacer una cola. Sin embargo, hay que entender que las actividades requieren un tiempo para ser llevadas a cabo. Sin importar que tan rápidos y ágiles seamos lanzando lechugas dentro de la cestita, o de cuanto hayamos calculado la logística, cada proceso requiere un tiempo determinado.

Hay un factor adicional a considerar: la estupidez es libre, universal, y no distingue entre razas, fronteras, edades o sexo. Y evidentemente, tampoco distingue religión, como se escucha claramente todos los domingos en la salida de las iglesias citadinas. Por lo tanto, nuestras probabilidades de cruzarnos con un idiota cada vez que pongamos un pie en la calle, son bastante altas (y para muchos, incluso dentro de su propia casa). Por lo tanto, casi siempre que salgamos a la calle vamos a tener que enfrentarnos con la muchacha que no sabe estacionar su vehículo y uno la ve con desesperación como cruza el volante hacia un lado y el otro, y vuelve a quedar exactamente en el mismo lugar. Con la señora que usa la tarjeta del cajero por segunda vez en su vida. Con el hombre de negocios maleducado que no suelta el celular y tiene a todo el mundo esperando que se digne a prestar atención. Con el viejito de 800 años que tarda dos minutos en arrancar en un semáforo que dura tres. Con el que después de hacer una cola larguísima, llega a la caja a pagar y entonces empieza a decidir qué es lo que quiere. Con la esposa que no le pasa ninguna tarjeta y tiene que llamar al marido. 

La vida en esta ciudad se ha vuelto muy dura. Tal vez la cantidad de sucesos malos que nos abruman diariamente, la ausencia total de buenas noticias, la violencia que nos rodea, el colapso de todos los servicios, la escasez de alimentos e insumos, y la falta de certidumbre con respecto al futuro en el que hemos aprendido a vivir, han hecho que perdamos la empatía mínima que hace falta para poder vivir en sociedad.

Con el fin de mejorar nuestra propia vida, es prudente que comencemos a asumir nuestra propia responsabilidad social (aplicando el término correctamente) y a colaborar con los que nos rodean. Debemos ser ciudadanos considerados, y sobre todo, necesitamos recordar como tener paciencia con los más lentos, los más torpes, con los menos afortunados, y hasta con los idiotas. 


jueves, 12 de junio de 2008

Manual de Carreño para un Cerebro Dual

No es raro, en estos tiempos, y al menos en esta ciudad, ver como la persona con la que uno conversa envía mensajito tras mensajito por su teléfono celular. Es de lo más normal que la persona que te está cobrando en la caja de cualquier negocio esté conversando con otro cajero, haciendo bromas con el resto del personal, hablando por teléfono, o contestando preguntas de otros clientes. Una vez me tocó una cajera en un banco que se estaba pintando las uñas de color rojo-puta-loca mientras yo la miraba incrédula del otro lado del vidrio. De más está decir que toda la transacción fue agónica. ¿Quien no habla por teléfono mientras lee y contesta un e-mail? ¿Quien no tiene 8 ventanas abiertas en la computadora mientras trabaja?

Yo particularmente, en lo que suena mi teléfono, abro mi correo y empiezo a filtrar y borrar, de pronto contestar alguno que otro que no requiera mucho esfuerzo, organizo mi desktop, borro algunos archivos repetidos... En mi computadora tengo siempre abiertos al menos cinco programas: Photoshop, Domus, Outlook, SAP, y Explorer (con 13 pestañas abiertas, por supuesto).  Eso en un buen día. En días complicados, tengo esos cinco, más 5 documentos de Excel, 3 o 4 correos, 3 pantallitas del SAP, y todo esto mientras hago un render y escucho música. Mientras, me quejo porque "este coroto si está lento".

En estas últimas semanas me he visto obligada a detenerme y oler las flores. Lo cual es bueno, porque las flores ciertamente huelen muy bien aunque me dan un poquito de alergia, pero es malo, porque me da tiempo de dar un paso atrás y de ver el paisaje completo. The Big Picture, como dice Bailey. Una de las cosas que he notado es que esta manía de hacer varias cosas simultáneamente no es necesariamente una virtud que nos hace más productivos o proactivos. En ocasiones puede ser hasta contraproducente y muchas veces, desagradable.

Haciendo un repaso del Manual de Urbanidad y Buenas Maneras de Carreño, el cual me se casi de memoria porque mi papá me hacía leerlo cada vez que me castigaba cuando era chiquita, (era una edición marroncita con algunas comiquitas supergrotescas), es de malísima educación estar haciendo otra cosa mientras alguien nos habla. Lo cual es lógico, ya que cuando hablamos con alguien lo mínimo que esperamos es que esa persona nos escuche con atención. Tal vez las mujeres tengamos ciertas ventajas en este tema gracias a nuestros skills multiconversacionales, pero los caballeros, jamás. Por ejemplo, mi esposo, cuando trabaja mientras habla por teléfono, es facilísimo detectarlo. Entre mi pregunta y su respuesta hay un delay de unos 10 segundos. "Hola, cómo estás?" 1...2...3.... 10.... "Bien". Y aquel silencio. Más de una vez he mirado la pantallita de mi teléfono pensando que se cayó la llamada. Otra forma de detectarlo es porque se escucha claramente el teclado de la computadora. Recuerdo un día en que protesté porque estaba tecleando, y dejó de hacerlo. Al rato, empecé a escuchar el discreto click click del mouse.

Más de una vez he estado sentada en un café o en un restaurant con dos o tres personas, y he terminado sacando mi teléfono para ver a quien puedo llamar, ya que todos mis acompañantes están instalados visitándose con alguien más por los suyos. Saco mi teléfono para no verme tan estúpida, tomando café sola y viendo la decoración del local, tratando de aparentar dignidad. Los teléfonos celulares merecen no un capítulo aparte de Carreño, merecen todo un libro. Yo lo empezaría con la siguiente frase: "Si el teléfono suena, no TIENES que contestarlo". Razonamiento: hay momentos para todo. Si es una emergencia, seguramente la persona va a dejar un mensaje y va a llamar dos o tres veces más antes de desistir. En mi oficina, las reuniones son insoportables: todos los vendedores se llevan sus teléfonos y contestan todas las llamadas a viva voz. Irónicamente, los clientes se quejan de que nunca se pueden comunicar con ellos. Eso si: todos y cada uno de los 12 integrantes del departamento agarra sus dos celulares (nunca lápiz y papel) antes de entrar a una reunión.  Claro que en mi oficina no se distinguen precisamente por sus modales ejemplares. A nadie se le ocurre dejar el teléfono vibrando, y devolver la llamada al salir, por ejemplo. Como en el cine. Aunque tuvieron que crear anuncios previos a las peliculas solicitándole a la audiencia que apagaran sus teléfonos durante la función. Igual que los profesores y los médicos.

Un capítulo largo y necesario sería el de los Blackberry: instrumentos afinados para las mentes difusas. Llamada-mensajito-llamada-chisme-mensajito-facebook-mensajito. Clickclickpitbotoncitosendclick. Todo chiquitito con la puntita de los dedos. Insoportablemente obsesivo. "Es una herramienta de trabajo". Sip, los mensajitos y Facebook son indispensables para la productividad de todo ejecutivo. Para ser totalmente franca, nunca he visto a nadie trabajando con un Blackberry. 

En el postgrado, la gente se lleva sus laptops. Primera generación del Blackberry. Apenas llega el profesor, todos los estudiantes diligentemente abren su messenger y su Facebook. En cinco minutos el salón se llena de ruiditos de teclados, los cuales encuentro totalmente innecesarios y molestos, ya que nadie está realmente investigando nada ni copiando la clase. Incluso he visto como chatean entre ellos en el mismo salón. Hay profesores que incluso exigen que la gente cierre los computadores y preste atención a la clase. Lo cual, considerando que en postgrado uno se inscribe voluntariamente, y la plata suele salir del bolsillo propio, es como ilógico. Tuve un profesor terrible, cuyas clases fueron una pérdida absoluta de dinero y tiempo, pero la materia era de asistencia obligatoria y un requisito para el título. Para esas clases me llevaba mi laptop, y me ponía "away" en la vida real.

Supongo que es inevitable que queramos hacer varias cosas a la vez, sobre todo viviendo en una ciudad en la que una parte importante de nuestro tiempo útil del día se pierde en una cola, pero me he dado cuenta de que en este afán de maximizarnos, terminamos perdiendo productividad, educación, y hasta amigos. Me parece que la clave para este embrollo puede ser el establecimiento de prioridades y la definición de un método. Cuando hago demasiadas cosas simultáneamente, al menos en el trabajo, termino siendo un poco descuidada en todas, o tal vez menos detallista, lo cual generalmente termino pagando más adelante. El tiempo que me ahorré inicialmente por estar contestando el correo mientras hablaba con alguien por teléfono, lo tuve que usar después en desenrrollar la madeja que se me formó por no haberme dado cuenta de que el correo venía con dos adjuntos en vez de uno. De la misma forma, más de una vez he querido lanzar mi computadora por la ventana porque se me guindó, aún estando conciente de que fue mi culpa, porque en qué cabeza cabe que esa pobre máquina pueda manejar la tonelada de programas que yo pretendo que corra. "No tiene memoria RAM para ejecutar la operación". Su frase favorita. Cuando trato de hacer demasiadas cosas a la vez, me tardo muchísimo en cerrarlas, y la calidad del resultado es inferior al que puedo obtener si las ejecuto de una forma más organizada y metódica. Aparentemente, yo tampoco tengo tanta memoria RAM como creo. Y así como es absolutamente atorrante cuando arranca un proceso inesperado en la computadora que nos pone la máquina lentísima, (por ejemplo una actualización o el antivirus), es insoportable cuando uno está tratando de conversar con alguien, de cháchara o de trabajo, que está asintiendo con la cabeza pero no despega la vista o la oreja de su teléfono. Aunque esa persona sea Dual Core, sus procesos se ven afectados por el incremento de actividades y termina con la velocidad de respuesta afectada.

Carreño dice que hay que prestar atención a nuestro interlocutor, y que hay que mirarlo a los ojos mientras habla, no interrumpirlo, y responderle de manera educada y moderada. Lástima que ya nadie se acuerda de Carreño.