domingo, 18 de diciembre de 2011

Cocosette para el alma


Homesick es una palabra que creo que no tiene equivalencia perfecta en español. La traducen como "nostalgia", pero el hecho de incluir la palabra home me hace pensar que se refiere específicamente a la nostalgia del hogar. Siempre me había preguntado como se sentía eso: ¿ganas horribles de llorar? ¿un nudo en el corazón? ¿o en el estómago? o... ¿unas ganas chiquitas de llorar, todo el tiempo? Me preguntaba también... ¿y como te las quitas? ¿te las quitas alguna vez? Una de las preguntas más difíciles que me tuve que hacer cuando me fui de mi país fue esa. ¿Es que vale la pena cambiar una cosa por la otra? ¿Qué es más importante? Eventualmente, me di cuenta de que no tenía respuesta para ninguna de las preguntas que me estaba haciendo y más bien las preguntas generaban más preguntas. Finalmente, decidí que para saber si podía sobrevivir el homesick tenía que entenderlo primero.

Pues una vez aquí creo que ya puedo empezar a entender qué significa. Yo se que no ha pasado tanto tiempo, pero créanme: las navidades no ayudan. No es un dolor insoportable, ni unas ganas de llorar que no se te quitan nunca. Es como una cosita chiquita que tienes agazapada en un rinconcito. Imagínense un camaleoncito. A veces anda por ahí relajado, durmiendo, y se confunde con el resto y ni te acuerdas que está ahí. En ciertas ocasiones, aparece y te da un lengüetazo certero que te deja un poquito mareado y asustado. En esos momentos es que yo me me pongo toda filosófica a reflexionar si está bien lo que hicimos, cuales son las cosas importantes en la vida, qué tipo de persona soy por armar mi sistema de valores de esta manera y no de otra, y entro en un espiral analítico rarísimo del cual casi nunca saco una respuesta, porque todo es subjetivo y depende del cristal con que se mire y toda esa paja. Me consuelo pensando que no soy la primera que lo hace, me acuerdo de que la mayor parte de mi familia y amigos ya hicieron lo mismo, y que de los que quedan, muchos están o en proceso o en análisis. Trato de acordarme de que la mayoría de los que se fueron sobrevivieron y están bien. Pero no importa cual sea mi argumento, al final, el camaleoncito queda ahí vibrando en la boca del estómago, maripositas tristes que me dan ganas de llorar, porque extraño mucho a toda mi gente. Tratando de aplacarlo, le doy un poquito de moccacino di nocciola a mi camaleoncito con un pedacito de cocosette, lo pongo a jugar con mi gato un rato, y me voy a pasear por mi hermosa ciudad. Eso lo calma por unos días, hasta que me ponen alguna triste canción navideña que me hace llorar por diez minutos seguidos y me deja moqueando las próximas dos horas.

Sin embargo, y a nuestro favor, escogimos bien nuestro destino. A pesar del frío horroroso que empezó a hacer ayer en la tarde (no ha parado de llover en tres días y hay una brisa muy fuerte que bajó la temperatura más de 10° de golpe), Roma es una ciudad que ayuda a olvidar las penas. Algunos podrían decir, basado en todo lo que he escrito y publicado hasta ahora, que te las hace tragar, pero no es solo la comida lo que la hace encantadora. En este momento, me veo en la obligación de aclararles que de Venezuela lo que extraño es a mi gente: mi familia y mis amigos, los viernes en la noche, las arepas de arepera (porque arepa casera comemos cuando nos da la gana), los perros de Las Mercedes, Puerto La Cruz y a mi carro. De resto, a Caracas no la extraño ni un poquito. No extraño la violencia ni la hostilidad de sus habitantes, ni la sensación constante de peligro. No extraño las colas, ni el terror que le tenía a la lluvia por su impacto en el tráfico. No extraño que se me coleen en todos lados, ni los motorizados, ni a la policía, ni al gobierno metido hasta en mis pantaletas, ni la frustración de tratar de hacer cualquier cosa en esa ciudad y no poder. No se como será este año, pero hasta el año pasado, yo había contado once diciembres sin sentir realmente que era navidad. Entre elecciones, amenazas, secuestrados, y la peladera de todo el mundo, es como difícil mantener el ánimo festivo por más de dos días. A mí que me encanta comprar regalos, también eso se me había vuelto terrible: entre que no hay nada y lo poco que hay está carísimo, luego no me provocaba ni envolverlos. 

Aunque este año mi arbolito no tiene casi regalos abajo, y mi familia y mis amigos están muy lejos, mi espíritu navideño no está tan alicaído como pensé que iba a estarlo. Mi arbolito de navidad, por primera vez, es natural. Mi casa huele a pino, sobre todo en la mañana. Es un arbolito mínimo, porque tuvo que ser traído en un carrito de mercado de esos de viejitas desde muy lejos, en tres autobuses. Es tan pequeño que aún cuando está adornado por detrás y hasta por debajo, nos sobraron la mitad de los adornos que optimistamente le compramos. Tiene una hermosa estrella plateada totalmente desproporcionada en la punta. No es fashion ni cool: es super navideño. En las noches, y sobre todo los fines de semana, vamos al centro a ver las decoraciones. Aquí la gente es amante de lo tradicional: ellos aman sus arbolitos verdes con lucecitas, sus monumentos de mármol clásicos, y su comida italiana. Si les cambias cualquiera de estas cosas se molestan y arman unas pataletas horrorosas. Este año, algún creativo trató de pensar fuera de la caja y quiso hacer algo especial, por lo que decidió cambiar el arbolito de la Piazza Venezia, uno de los símbolos locales de la llegada de la navidad, por un cono plateado decorado con una guirnalda con los colores de la bandera, que casualmente, son también los de la navidad. En dos días tuvieron que desmontar el arbolito y montar uno natural, tal fue el berrinche que armó la gente. No me dieron ni tiempo de verlo. Acoto que este arbolito está frente al monumento a Vittorio Emanuele, que tampoco les gusta porque se sale de lo convencional romano (aunque a mi me encanta y siempre que paso por ahí lo miro como si fuera la primera vez). Las calles están llenas de adornos y de luces, y no solo las del centro. Incluso mi urbanización, por más botada que está, tiene adornos enormes de estrellas y arbolitos. En todas las plazas hay ferias de navidad, en la mayoría de las tiendas hay muñecos y ofertas, y hasta la ropa es navideña. Los centros comerciales están inundados de gente, todo el mundo con bolsas y helados en las manos. Se quejan de la crisis, y viven en una sola berreadera de que así no se puede vivir, pero caramba, que bien viven.

Una de las cosas que más afecta al que se va es saber que en el sitio de donde salimos, la vida continua, estés o no estés. Afortunadamente, decidí vivir en la época de la informática, y por más que critiquen a Facebook y a Twitter, el hecho de poder seguir más o menos la vida de mi gente me ayuda a no sentirme tan alejada de todos. Reconozco que, aunque me encanta contar como es todo aquí y lo que hemos aprendido y los tortazos que nos hemos dado, me gusta aún más que me cuenten que están haciendo todos, aunque sean las rutinas neuróticas diarias de los caraqueños. Odio cuando me contestan "bueno, aquí, lo de siempre, y tú?" porque ya mi parte la sé, yo quiero que me cuenten la que no sé porque no estoy ahí. Mi camaleoncito y yo agradecemos la existencia de Blackberry, Google Talk, Skype, Ventrilo, FB chat, Whatsapp, y TheSimsSocial. A veces, hasta mando a la gente a leer mi blog, para no tener que contar todo y más bien aprovechar para que me cuenten a mi. 

Afortunadamente, mi camaleoncito no es tan difícil de complacer, sobre todo cuando nos mandan de regalo de navidad una maleta cargada de ron, chucherías y amor, y aunque hay días en que anda enfurruñado y sentimental, hay otros en que ronronea satisfecho en un rinconcito.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Don Pascuale y el acordeón


Es obvio que cuando uno se muda de país, las cosas van a ser diferentes. Es un idioma distinto, civilizaciones distintas, formas de pensar distintas. Pero las diferencias que uno se imagina son las obvias. En mi caso, nunca pensé que las pequeñas cosas que se hacen de otra manera son las que verdaderamente podían complicarme la vida.

Pongamos un ejemplo sencillo: la electricidad. Todos sabemos que del lado de allá se usa 120 V y del lado de acá, 220 V. Cuando estás del lado de allá reflexionando acerca de ese dilema, lo resuelves fácilmente: "Bueno, obviamente mis electrodomésticos se tendrán que quedar". Pero cuando llegas, resulta que no es tan simple como comprar electrodomésticos nuevos y comprarle adaptadores a los que se pueden usar: las paticas italianas de los enchufes tienen tres estilachos. Unas vienen con dos palitos flaquitos, otras con tres palitos flaquitos, y otras con dos palitos gorditos. A eso, agréguele las demás paticas europeas, que vienen con otros sabores y sus correspondientes adaptadores. Aparte, los enchufes son inmensos, como del tamaño de una mandarina. Esto hace las dimensiones de las regletas desproporcionadas. Hay que CALCULAR el espacio para poner una regleta, porque con frecuencia simplemente no tienes donde meterla. No solo eso: las regletas pueden venir con las paticas gordas, mientras que el enchufe puede tener los huequitos delgados, y si no te percatas a tiempo de eso, como la servidora aquí presente, puedes terminar con una regleta conectada a la pared con un adaptador, de la cual salen tres o cuatro cables, cada uno con un adaptador diferente, y una lámpara de IKEA con un enchufe desproporcionado a su tamaño. Todo esto yaciendo plácidamente a un lado de la cama. La ventaja de esto es que uno se siente acompañado por una especie de San Bernardo eléctrico, que te cuida en la noche y ladra si alguien lo pisa.

Todos mis aparatos eléctricos tienen un adaptador, cosa que francamente no entiendo, ya que prácticamente todos los compré en Italia. Quizás es una paradoja de adaptación.

Otro caso que encuentro francamente irritante es el hielo. Los venezolanos somos como los norteamericanos: generosos con el hielo. Quizás es porque tenemos calor más o menos el 80% del año, o porque tenemos agua que jode, pero en verdad, el hielo es algo que nunca falta en ninguna casa. Nuestras neveras vienen con hieleras incorporadas. En cualquier esquina hay algún negocio que te vende el hielo en bolsas inmensas. La curdita te la venden en combo con vasito de plástico, Coca Cola, y hielo. Si uno se sale de alguno de estos dos países, ese paraíso refrescante desaparece. Yo recuerdo que cuando viajaba a Colombia, en el hotel se me quedaban mirando como si fuera una loca, porque pedía jugo de naranja natural y me servía un vaso lleno de hielo hasta el borde, y me lo iba tomando felizmente, mirando desafiante a la gente a mi alrededor. Lo mismo me pasó en el resto de Latinoamérica. En Europa la cosa no cambia. Aparte que la palabra hielo en italiano es dificilísima de pronunciar: ghiaccio, que se pronuncia algo así como que yiakshio, aunque yo siempre la digo diferente, así que normalmente tengo que hacer la pantomima y el sonido "tin tin tin" para que me entiendan. Después de varios guiashio, yiacho, gacho, dicen "aaaaaah", y me entregan un vaso con dos hielos y una cucharita. Como si fuera un postre. Por otro lado, si uno quiere hacer hielo en casa, pues tienes que recorrerte varios chinos-vende-tutti para ubicar una hielera medianamente decente, pues en la mayoría de los casos, lo que te ofrecen son bolsas de plástico que por dentro tienen huequitos en forma de pelotas, que las llenas con el grifo y son de un solo uso. O unas hieleras mínimas que debes servirte toda la bandeja para satisfacer una pobre cocacolita. Y nadie, nadie, te vende una bolsa de hielo.

Otra cosa que complica notablemente la logística, sobre todo para los que todavía andamos a pie, es el tema de las bolsas. Irónicamente, te venden bolsas y cajas desechables por todos lados y por cualquier motivo. Paquetes de bolsas de basura en los más ingeniosos tamaños y empaques. Bolsitas especiales para botar la arena del gato o para recoger la pupusera del perro en el parque. (Que por cierto, asumo que los productores de estas bolsas deben estar quebrados). En IKEA venden las cajas para mudanzas en 1 Euro. Y consecuentemente, cuando haces una compra en un supermercados o en un negocio, las bolsas también te las venden, y a menos que digas expresamente que quieres una, no te dan. Esto nos generó una confusión horrorosa los primeros días, ya que pensábamos que uno tenía derecho a una bolsa por compra, porque en algún momento del proceso de bolsa preguntan: "bolsa?" y uno ve a su alrededor y hay 15 productos tirados en el mostrador, y responde "Si", pero con cara de "De bolas", y te dan UNA. Perplejos, la primera vez metimos lo que pudimos en esa bolsa, y suplicamos por una segunda que nos dieron a regañadientes. Terminamos cargando un corotero en las manos, produciendo así el viaje a la casa más incómodo hasta la fecha. Luego entendimos que podías pedir más de una pero pagándolas, y cuando me acuerdo, cargar conmigo uno de esos bolsos que se hacen una pelotica, que en el tercer mundo no se entiende su propósito, pero en el primero si. Hoy mismo me pasó: me distraje en el momento de la temida pregunta y salí con dos Coca Colas debajo del brazo. 10 centavos vale una bolsa en un supermercado.

Aunque no es caro, es como extraño pagar esos diez centavos. Lo mismo que cuando pides ketchup y mayonesa en Mc Donalds y te cobran 20 centavos por cada uno. Los pago, no me quejo, pero siempre me da como una sensación de que acabo de hacer algo a la vez tonto e inevitable.

Otro caso extraño y digno de mencionar es el del transporte. La cuestión funciona en una base de confianza. La gente se puede montar por cualquier puerta del autobús o del tren, (el metro funciona como cualquier otro, pero olvidémoslo, ya que es una triste cruz en el centro del mapa), y marca sus tickets en las maquinitas que se encuentran distribuidas a lo largo del transporte. "Bib-bip". Como es muy fácil disfrutar de viajes gratuitos, ya que el conductor del tren no se ocupa de los tickets, tienen implementado un sistema de vigilancia de "Terror-Random". Es decir: de manera aleatoria, se montan en algún autobús un grupo de entre 3 y 10 trabajadores de Atac con camisitas azules y empiezan a pedirle los tickets a la gente. Si no tienes o no lo marcaste al montarte, te ponen una multa. Esta es de 50 Euros si la pagas en el momento y de 100 si la pagas diferida. Me cuentan que de que la pagas, la pagas. Aunque seas turista: te llega luego por correo a tu casa, y tu consulado local se encarga de cobrártela. Ya he visto las temidas patrullas cuatro veces, siempre en horas pico, incluyendo los fines de semana. Si tratas de correr o te resistes, te hacen una rueda de pescado y te bajan, incluso a la fuerza. A un amigo lo agarraron así. Veníamos todos en el autobús, repleto de gente, y a él se le había olvidado meter el ticket. Le explicó esto al empleado, quien le contestó, muy amablemente: "yo entiendo que a tí se te haya olvidado, sobre todo porque eres turista, pero mi trabajo es recordártelo y que no se te vuelva a olvidar". La última vez casi fui yo la multada. Resulta que los tickets no los venden en las estaciones ni en los autobuses, sino en tabaquerías o en kioskos. Pero recordemos que a las dos de la tarde, todo eso está cerrado, y yo necesitaba llegar al centro. Adivinen: iba al banco. Así que decidí tomar el riesgo y comprarlo más adelante, cuando viera algo abierto. Para mi mala suerte, ese fue el autobús que decidieron verificar. Mientras yo mirada aterrada, con mis euros palpitando dentro de la cartera, como se iban acercando a mi, el autobús se detuvo en una parada, y yo dije "permesso", como si fuera una doña de la high, y me bajé, con todo el flair y la elegancia a los que le pude echar mano. Del tiro, ahora cargo un montón de tickets en la cartera, solo para evitar esos momentos desagradables.

El otro día salí, nuevamente, a comprar un adaptador y una extensión, ya que los anteriores no me funcionaron por no percatarme de lo gordito de las patas. Mientras regresaba de la tienda, rumiando lo ilógico del asunto, venía viendo a la gente en mi calle, que siempre están muy alegres y se saludan como en las películas italianas viejas: "buon giorno signorina!" "buon giorno, Don Pascuale!!!" con gritos, sonrisas, y el extraño doble beso en los cachetes comenzando por el izquierdo (o sea, dos veces al revés que nosotros), y me fijé que los dos que se saludaban en ese momento tenían cada uno una bolsita con luces de navidad y adaptadores. En ese momento empezó a sonar un acordeón con una canción bellísima de una ventana a un lado de la calle. La escena fue tan rara y tan simpática, que inmediatamente me dieron ternura mis adaptadores del tamaño de una naranja, y cuando llegué a la casa, los sumé felizmente al San Bernardo al lado de mi cama.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Dulce Madre María


Resulta que llevo años quejándome en vano. Y si hay algo que me saca la piedra es quejarme en vano. En todos los años en los que me vi obligada a usar los bancos venezolanos, nunca salí satisfecha. Siempre fui fiel usuaria del sistema bancario motorizado, (es decir: le daba mis depósitos y diligencias al motorizado de la compañía para que me hiciera la segundita), o del online (ese que se te bloquea porque lo usas mucho, porque lo usas poco, o porque el internet estaba lento), y aún así, las pocas veces en las que tenía que ir al banco personalmente, por ejemplo, para las maravillosas diligencias de CADIVI, salía arrecha y armando peo. "¿cómo es posible...?" (fill in the blank).

En solo un año me clonaron la misma tarjeta de débito de mi cuenta de nómina tres veces. Y cuando llegaba al día siguiente a la oficina y decía "¿saben que me volvieron a clonar la tarjeta?", repicaban seis o siete personas alrededor mío "a mi también!!!". Al sacar cuentas, resulta que a la mitad de la nómina de la empresa le sacaban el dinero incluso antes de saber que lo tenían depositado, cantidades exorbitantes que nosotros mismos no podíamos sacar aunque quisiéramos por los "sistemas de seguridad" del banco, los cuales, aparentemente, solo servían para que no nos gastáramos la quincena tan rápido, porque de seguros, nada. En múltiples ocasiones, y esto es otro banco diferente al anterior, pasé hasta dos horas en una cola que simplemente no avanzaba, y cuando reclamaba, resulta que mi ticket había salido en una cola fantasma que no existía y nadie se podía explicar por qué pasaba esto. Eventualmente reclamé tanto tantísimo que mi tarjeta fue pasada a VIP y me pasaban casi directo. Obviamente, esto pasó tres meses antes de irme a vivir a otro país.

Los trámites de CADIVI, desde el primero hasta el último, fueron siempre insufribles. Que si no me gusta este color de separador de la carpeta. Que si cortaste la etiquetita fuera de la línea y estás raspada en Tijerita 1. Que si escribiste en azul y era en negro. Que si escribiste en negro y ahora es azul. Que si te falta un medio en la cuenta para el avance de efectivo. Una vez me dijeron: "ven a buscar tu adelanto de efectivo el día tal" (si señores del exterior, los venezolanos tenemos que suplicar para que nos den 400 dólares en efectivo una vez al año, en tiempos justísimos y con múltiples demostraciones de nuestra buena fe con esos reales), y cuando fui el día tal, me dijeron que no habían dólares, que ven mañana. Fui mañana otra vez, y tampoco. Fui pasado, (y hablemos de que ya van cuatro horas de cola), y me dicen: "ah, disculpa, es que tu carpeta presentó un errorcito en el sistema", y después de hablar hasta con la ex-esposa del gerente del banco, me salieron con que realmente mi fecha de buscar los dólares era una semana antes y que ya los había "perdido", que los habían regresado al Banco Central porque nadie los fue a buscar. Espero que la maldición gitana que les eché siga surtiendo efecto y que todos esos desgraciados sigan meándose encima cada vez que escuchen la corneta de un carro.

En otro banco, diferente a los dos anteriores, el año pasado implementaron un sistema de seguridad telefónica que es tan bravo, que ni yo misma puedo acceder a mi información. Si quieres saber algo básico e inofensivo, como digamos, tu estado de cuenta por vía telefónica, tienes que pasar por una serie de preguntas que te dejan agotado. Es como ser interrogado por Jack Bauer. "¿Has pagado en una farmacia con esta tarjeta en los últimos 43 días?" "¿el nombre de tu gato tiene relación con el password que introdujiste hace 8 años?" "¿has ido a algún restaurante en el que se venda algún tipo de pasta en los últimos 6 meses, y cancelado con esta tarjeta?" Por lo general mi respuesta es: "no me acuerdo!" "no estoy segura!" "ya va, déjame pensar!", y al final te dicen: "Lo lamentamos mucho pero sus respuestas no fueron satisfactorias". Al cuarto o quinto intento usualmente lo lograba, y ya en este momento estaba sentada frente a un té de valeriana y el periódico, y francamente, ni me importaba cuanto debía.

Cuando decidí mudarme a otro país, particularmente dando el salto oceánico al primer mundo, pensé que había llegado a un paraíso bancario, en el cual la gente no espera ni desespera, donde te atienden con cariño y las cosas fluyen suavemente hacia un futuro hermoso y libre de estrés.

Para esto tendría que haberme ido a algún sitio donde el dolce far niente no fuera tan apreciado. ¿Se acuerdan lo que les dije que a los italianos les encanta detenerse a oler las flores? Pues resulta que los bancos acá están repletos de ellas. En primer lugar: nada de aparecerse con una emergencia en un banco. Eso simplemente no se estila. Aquí nadie tiene emergencias, nunca, aparentemente. Para que te atiendan en un banco tienes que tener un appuntamento. Es decir: una cita. La cual nunca te dan para el mismo día, por cierto, y tampoco para el siguiente. La gente tiene que prever sus emergencias con dos y tres días de anticipación. Puedes llegar a un banco que está completamente vacío, donde la gente mira aburrida un punto en el escritorio, y te dicen: "¿tienes cita?", y ya automáticamente los venezolanos estamos jodidos, porque esto de pedir una cita para resolver en un banco simplemente no se nos da muy bien. En ciertos casos te atienden, sobre todo cuando saben que eventualmente pueden decirte que no, pero siempre muy atentos a la hora de salida. Si se te ocurre llegar digamos... media hora antes de que cierren, te miran con cara de disgusto, como si estuvieras cometiendo una indiscreción, y miran el relojito que nunca falta en ningún banco. Te atienden advirtiéndote que si la cosa dura mucho tiempo, pues tendrás que pedir tu cita como cualquier mortal. Incluso encontramos un banco que tenía un letrero encima de la máquina que entregaba los números, que decía que si llegas cercano a la hora del cese de operaciones, simplemente no te iban a atender. (Premio a los Cara'e Tabla del circuito bancario).

Por si esto fuera poco, aquella simpatía natural del italiano, que hasta los empleados públicos la despliegan, parece desaparecer en la entrada de los bancos. Son ambientes estériles y hostiles. Y ahora que es invierno, super calientes. Uno entra en una especie de shock térmico cuando pasas la entrada, que es tipo "Beam me up Scottie", y empiezas a quitarte desesperado el poco de trapos que cargas encima. Cuando finalmente te sientas en un escritorio, tienes un montón de cosas en las manos, los cachetes rojos, y puntitos de sudor en la nariz, y te encuentras con un señor o una señora que te miran completamente serios, y comienzan todas las frases con algún tipo de negación y la boca fruncida hacia un lado.

En una ocasión fui a un banco que se publicitaba como "los amigos de los inmigrantes". Supuse que siendo tan amigables, pues serían más comprensivos con el tema de la falta de documentos definitivos, o con el idioma. En ese banco esperé tres horas, viendo desesperada como el chino que atendía en un escritorio y el filipino del otro atendían cada uno a una sola persona. Los dos emparejaron sus respectivos documentos al menos doce mil veces, dándole tres veces contra el escritorio, tac tac tac, y luego de lado, tac tac tac. Sacaban una hoja, y a emparejar otra vez. Tac tac tac, tac tac tac. Grapita. Quitar grapita. Tac tac tac. A la tercera hora, estaba que me trepaba por encima del escritorio, les rompía sus benditas hojas en tres mil pedazos y les gritaba "empareja esto chino del ....". Al final, después de un supremo esfuerzo de paciencia, y mientras mi cerebro gritaba "es que ni siquiera en Banesco he tenido que esperar TANTOOOOO", me atendieron. Y en menos de dos minutos me indicaron con una sonrisa (supongo que por eso se dicen "amigos del inmigrante", porque son amigables) que necesito hasta carta de trabajo para abrir una cuenta de ahorros. Salí tan cansada que me fui a comer helados.

En esa espera larguísima estaba conversando con mi esposo por el celular, quien se moría de la risa con mis ataques de histeria, y al final me citó Let It Be de Los Beatles: "When I find myself in times of trouble, Mother Mary comes to me, Speaking words of wisdom: let it be". Y un rato despúes, me manda un último mensaje, que me hizo salir del banco riendo: "El problema es que Mother Mary doesn't do banks".

lunes, 21 de noviembre de 2011

Cold Feet


El tema de la temperatura de este lado del mundo es algo que como venezolana, nunca había analizado en detalle. En Caracas, para los que no lo saben, las temperaturas a lo largo del año prácticamente no varían. Digamos que oscilan entre 20 y 35 °C: es decir, siempre hace más o menos calorcito. En las noches refresca. En Diciembre y Enero hace menos calor, y no importa la época del año, llueve. Hay unas épocas en las que llueve muchísimo, y otras en las que llueve menos. Han habido años donde hablan de sequía porque pasaron tres meses sin llover, pero luego compensa lloviendo todos los días, hasta que se caen las montañas sobre la gente, las casas ruedan valle abajo, y los carros flotan panza arriba en las autopistas. Las gotas son gordas y tibias, todo se inunda, y la cola se multiplica exponencialmente. Además siempre llueve a la hora de salida del trabajo, o un poquito antes, solo para que los caraqueños seamos serios. Es decir: mi guardarropa siempre es el mismo, quítale o ponle algún suéter o chaqueta ligera, olvídate de sobretodos o botas, y una cobija gruesa y otra delgada es suficiente para cubrir los doce meses del año. Lo más extremo es tener un airecito acondicionado, puede ser de esos portátiles, o un buen ventilador.

Viviendo de este lado, donde las estaciones si existen, la cosa es muy diferente. Resulta que a mi me agarró de entrada el cambio de estación, de lo cual no me enteré hasta que un día salí de un centro comercial en el que había pasado el día felizmente haciendo window-shopping, y me encontré con que la temperatura afuera había bajado diez grados de golpe, para lo cual yo no estaba en lo absoluto preparada. Tuve que empezar a estrenarme mis humildes compritas, y aunque parecía la loca Luz Caraballo, aún no era suficiente y tiritaba miserablemente mientras esperaba el tren. Los siguientes días, empecé a salir abrigadísima, y de pronto me empecé a encontrar en la situación contraria: sudando como loca, y sin nada que poder quitarme de encima. Vuelvo a salir destapada, y de nuevo, a congelarme ante otro bajón repentino de la temperatura. Me dicen que este año, se retrasó todo: el verano se juntó con el otoño y el invierno entró tarde. Cuando dejó de ser otoño y empezó a ser invierno, no tengo ni idea. Por qué le dicen otoño si estaban haciendo como 40°C, tampoco lo entiendo. Solo se que un día se hizo de noche a las seis de la tarde y un par de días después descubrí que mi reloj estaba atrasado. Primero pensé que me habían estafado con la pila que le cambié recientemente, pero luego inferí que habían hecho el cambio de la hora y yo como de costumbre, no me enteré.

El invierno, que aún no ha entrado del todo y que me amenazan constantemente que en enero y febrero va a ser mucho peor, requiere una logística loquísima que yo, como animal de sangre tibia que soy, nunca había tenido que analizar. Un día me aparecieron dos técnicos en el apartamento hablándome de que era hora de encender el riscaldamento (la calefacción), y que tenían que chequear que mi sistema funcionara. Desde ese día en adelante, los calentadores hacen un ruidito de cascada que antes no hacían, pero solo en la noche. Después de preguntarle a todo el que me pasaba por delante como funciona la cosa, logré desenmarañar lo siguiente: la calefacción solo funciona entre noviembre y febrero, entre las 9 de la noche y las 6 de la mañana, funciona a gas, el gas es caro pero más barato que la electricidad, y se paga al final del invierno un monto que es el gasto sorpresa del año, que puede rondar entre los 200 y los 600 euros, de acuerdo al julepe que le hayas dado a tus calentadores.

Los que venimos de la zona ecuatorial nos encontramos con ciertas sorpresas que nunca habíamos considerado en nuestra logística diaria. Por ejemplo, cuando te acuestas a dormir las sabanas parecen recién salidas de la nevera. O en el piso, que se pone como un hielo. O que la poseta está tan fría que parece que te quemara las nalgas. (El chillidito de cochino al sentarse es impelable e involuntario). O que si te pones unos zarcillos largos, luego cuando caminas sientes que un hielo te está rebotando en la cara. La nevera tienes que subirle la temperatura, pero esta conclusión la sacas el día que sacas todos tus vegetales congelados, y los huevos explotados dentro de sus cáscaras. La leche es helado y la Coca-cola es raspado. Irónicamente, el hielo es lo único que no se hace y siempre sale una especie de baba congelada que da asquito.

Para dormir, en esta época la gente no usa cobijas normales sino plumones. Para los no informados, un plumón es una cobija rellena de plumas que pesa como 50 kilos, el cual lo cubres con una funda inmensa que se llama duvet y tiene la practicidad de poder ser lavada ella solita. Estando en IKEA, tienda que me encanta y a la cual voy cada vez que se me ocurre una excusa, me doy cuenta de que los plumones vienen con algo llamado "grado de calor", y están graduados entre el 1 y el 6, siendo el 1 el más delgadito y barato, y el 6, el más gordito y caro. Como buenos exagerados que somos, y haciendo un análisis precio-valor etc., compramos el 6, por si las moscas. Pues resulta que para estos venezolanos muertos de frío, el 6 es apenas suficiente para el comienzo del invierno. Me veo en febrero con 100 kilos de plumas encima y el calentador a toda mecha.

Otra cosa que hay que tomar en cuenta es la logística de las salidas, ya que entre el momento en el que se sale y el que se regresa, el tiempo no se mide en minutos sino en grados: cuando sales de la casa a las 5 de la tarde hacen unos cómodos 17°, pero cuando regresas a la una de la madrugada, hacen 8°. Con 100% de humedad, además. Así que los 8 se sienten como 4, y aquella Vanessa que no podía subir escaleras en Caracas porque se cansaba, ahora trota 12 cuadras como si nada, pensando en una taza de moccachino y en el maravilloso plumón que gracias a Dios compré con nivel de calor 6. Anoche descubrí que como alternativa al café, al chocolate caliente y al plumón, existe el limoncello. Yo sé que esto de tomar curdita para entrar el calor es más viejo que cagar sentado, pero la verdad es que nunca me había parecido tan obvio.

A esto hay que agregarle el tema de los guardarropas: tienes que tener al menos dos sets de prendas combinables, uno para el calor y el calor horroroso, y otro para el frío y el frío horroroso. Es cuestión de ir agregando y restando piezas a medida que se mueve la bolita de mercurio hacia arriba o hacia abajo. A mi en lo particular me encanta, pues me da la oportunidad de usar un montón de cosas que en Caracas son impensables. Botas hasta las rodillas, chaquetas y sobretodos, bufandas, guantes y medias de lana: el look invernal se me da muy bien. Mientras esto está en rotación, hay que buscarle un sitio a todo lo demás. Cuando se acaba el invierno, todas estas cosas, comenzando por el plumón, tienen que ser almacenadas, para lo cual los señores tienen una cantidad de cosas ingeniosísimas, como bolsas de plástico que tienen una bombita para extraerles el aire y guardar las cosas en un tercio del volumen original, por ejemplo.

Hasta ahora no hemos vivido el peor frío romano. Ya les contaré en febrero si estamos como el maracucho en Colorado, matando venados. Por los momentos, puedo decir que el mejor consejo que hay, aparte de usar bloqueador solar, es el de nunca dejar que se me enfríen los pies...

jueves, 10 de noviembre de 2011

Dolce Far Diabetes



Como venezolana, estoy acostumbrada a la vida dura y complicada. Viniendo del país de las pequeñas alegrías, aquello del hedonismo y la sensualidad (en el sentido no-sexual de la palabra), no se me da muy bien. Yo no sé cómo detenerme a oler las flores. Si lo hago, me da alergia y tengo que salir corriendo a buscar un Decadron. Y como caraqueña además, voy pendiente de que no me jodan en la farmacia, de que me atiendan rápido, (“¿por qué esa tipa se tarda tanto?!”) y de que no se me coleen para pagar. Siempre estoy apurada, siempre siento que estoy tarde, que me están esperando en otra parte, que la vida se me está escapando entre los dedos, que tengo que hacer doce mil cosas más, y me cuesta mucho relajarme y dedicarme simplemente a pasar el rato.
Resulta que la vida en Italia parece ser la antítesis de Vanessa. Aun viviendo en Roma, que es la capital del Imperio, que es caótica y desorganizada y hermosísima, que tiene medio millón de inmigrantes que son un desastre, que tiene miles de turistas estorbando por todos lados, puedo sentir que la gente va a una velocidad mucho menor que la que yo estoy acostumbrada. No me malinterpreten: no es que la gente va ahuevoneada como en el llano. La gente camina apurada todo el tiempo, y manejan como si llevaran a un moribundo al hospital. Corren tres cuadras para alcanzar un autobús, y se levantan del asiento dos paradas antes para bajarse rápido. Sin embargo, tienen una capacidad de disfrutar los placeres de la vida que yo no conocía.
Por ejemplo: cuando uno en Caracas quiere tomarse un café, normalmente te vas a ese local que está en un punto relativamente céntrico, que tiene estacionamiento, donde te atienden más o menos bien (porque decir bien es mentira, eso simplemente ya no pasa), y donde el café es medianamente aceptable pero sirven unas tartaletas de fresa riquísimas. Para esto tienes un rango de tiempo que seguramente está contabilizado: llego a las 6 directo del trabajo, y me voy tipo 9 o 10 porque hay que esperar que baje la cola y tengo que hacer sopotocientas cosas al llegar a mi casa. Aquí, la cosa es distinta. En primer lugar, en cualquier esquina te consigues con una pastelería/bar que sirve un café memorable. De estos sitios, por lo menos la mitad se especializan en algo que es un gustazo para el paladar, como por ejemplo unas tartaletitas de fresa rellenas de crema batida especial que solo hacen en este local, o unos cornettitos de hojaldre con nutella, o un helado de nutellini simplemente espectacular, o unas galletitas saladas rellenas con champiñones y chorizo que son para morirse. Luego, cuando te atienden, lo hacen por lo general con bastante gusto, (siempre hay algún amargado que echa a perder las estadísticas pero no son la mayoría), y con bastaaaante paciencia. Te sirven tu cappuchino con un dibujito, te dan la galletita en un platico primoroso, te echan broma porque eres “spagnolo”. Luego de que estás servido, puedes básicamente quedarte a vivir allí, así hayas pedido un café y un agua mineral, sin gas por favor. Nadie va a venir a decirte que si no consumes te vas, ni a preguntarte diez veces si quieres la cuenta. Eso sí: si andas apurado, prepárate para sufrir.
El tema de la comida es un poco espeluznante, sobre todo para los gorditos que hemos vivido nuestras vidas al pie del cañón con el tema de la dieta. Yo entiendo que de vez en cuando hay que tomarse unas vacacioncitas del frente de batalla y visitar a los viejos amigos, pero caramba, acá es como que te manden a Disney con todos los gastos pagos y te digan “cuando quieras volver a Vietnam me avisas”. En primer lugar, desayunan dulce. Un café con algún carbohidrato super-complejo. Una dona cubierta de azúcar, un cachito relleno de nutella, un pedazote de torta. Es difícil conseguir salado en las mañanas, ni siquiera un sanduchito. Con esa bomba en el estómago, no es de extrañarse que salgan muertos de hambre al mediodía, hora en la que se comen un primer plato, compuesto generalmente de pasta o pasticho, (una porción bastante decente), y luego un segundo plato, en el que vienen las proteínas, por lo general carne, pollo o chorizos con papas o vegetales. Y al final, un café. Obviamente, esto hace que la digestión sea eterna, así que ellos tranquilamente cierran sus negocios a la una y los vuelven a abrir tipo cuatro de la tarde, sin apuro.
Pero es que lamentablemente para la dieta, la comida que hacen aquí se merece toda esta atención y ceremonia. La cantidad de veces que he pensado, después de probar algo “oh por el amor de Dios que bueno está esto tengo que recordar donde queda este sitio para regresar”, es ridícula. Incluso algunas cosas que comí al principio que pensé “este es el mejor X que he probado”, ya han bajado dos y hasta tres categorías. La atención que le prestan a los detalles es extraordinaria, y no en el sentido gourmet de los detalles culinarios, donde aparentemente ponerte un plátano en espiral clavado en una pelota de puré de papas lo hace más rico. Es decir: la crema con que se rellena este cachito lleva una emulsión de almendras cosechadas al borde del lago tal. Este vino es especial por tal razón. Esta pizza la hicimos a mano, desde el horno hasta los chorizos. Este es el limoncello artesanal que hacemos en este restaurant desde hace 75 años, y aún mantenemos la receta original, que la inventó un descendiente de Julio César. (Por cierto: el limoncello sabe a Salvavidas de limón y es como tomar traguitos de mi niñez que me dejan rascadita y feliz). En consecuencia, una vez que uno pega el primer mordisco, te quedas medio atontado, sueltas la cartera, y te relajas. La media sonrisa sale sola.
Ni hablar del café. Nosotros en Venezuela creemos que somos los maestros del café, y francamente, tenemos un café muy bueno. También pensamos que a la hora de pedir un café tenemos una variedad inmensa: guayoyito, tetero, con leche, marrón, negro, negro corto, negro largo, etc. Pero básicamente, la variedad se reduce a la cantidad de agua o leche que se le pone al café, porque la preparación es siempre la misma. Aquí, el tema del café es un arte en sí mismo. En cualquier supermercado hay como 50 tipos de café, y en las tiendas para el hogar tienen una sección exclusivamente para los implementos de preparación. Cappuccino, latte, mocaccino, con ging sen (que recomiendan no tomar en la noche y con razón, la única vez que lo hicimos nos dieron las cuatro de la mañana como dos lechuzas viéndonos las caras), con nocciola, con diversos licores, con distintos tipos de leche y técnicas para batirla… café frío, café tibio, café caliente, cada uno mejor que el otro. Visto así, obviamente siempre hay tiempo para detenerse y disfrutar una excelentísima taza de café.
Pero esta visión de la comida pareciera trasladarse a todos los demás aspectos de la vida en Italia. No es solo comer, sino comer algo delicioso y pasarse un rato conversando. No es sentarse en cualquier lugar para salir del paso, sino darse un tiempito para caminar luego por esa hermosa plaza que queda al final de la calle.
No sé si son las tres horas de digestión o la ausencia de pancartas rojas en cada esquina, pero aquí definitivamente, la gente anda más relajadita. Y para mi sorpresa, he descubierto que eso del dolce far niente… es contagioso.

viernes, 28 de octubre de 2011

Jake Sully va a Roma, o el poder de la (des)información


Cuando se toma la decisión de mudarse de un país a otro, hay muchísimas incógnitas que uno piensa que va a ir resolviendo sobre la marcha. La cantidad de información que se recibe es abrumadora: al igual que con las dietas y las mascotas, todo el mundo tiene una opinión y un consejo. Al hacer la suma de los datos recibidos, resultan ser tan contradictorios que uno queda en el mismo sitio. Es entonces cuando yo decido que no quiero llegar a vieja, y me pongo a investigar por mi cuenta.

En mi caso, desde mi modesta investigación en internet tratando de comprender a qué me iba a enfrentar, me fue totalmente imposible capturar el verdadero tamaño de mi ciudad. Roma tiene casi 1300 km2 y aquí vivimos 2.8 millones de personas. Entretanto, Caracas tiene 1930 km2, y 4 millones de habitantes. (Debo acotar, para los que no lo saben, que antes de venir a vivir aquí yo no conocía Italia). Después de muchísimas vueltas por Street View y Google Maps, mi conclusión es que Roma era una ciudad grande, quizás un poco más que Caracas, y que por lo tanto no debía ser un problema manejarla. Pues resulta que no es así. Roma es inmensa. Yo creo que Roma es dos o tres veces más grande que Caracas, en términos de las zonas por las cuales uno podría caminar relativamente seguro. Claro que la comparación es injusta, siendo que Caracas es la quinta ciudad más insegura del mundo, y no se puede caminar por ningún lado "relativamente seguro". Pero me estoy refiriendo a lo más obvio.

Si no me creen, miren esta comparación, hecha a vuelo de pájaro usando Google Maps, con el mismo zoom en ambas ciudades:

El área azul en Caracas, es el área "utilizable". El área roja en Roma son montañas y parques. No estoy descartando ninguna urbanización puesto que aquí se puede caminar en todas partes. Y el área punteada es más o menos el centro de Roma, lleno de todas esas cosas que vimos en Historia del Arte y en Historia Universal en bachillerato. Y esto es considerando simplemente el área dentro del aro, que es una autopista que le da la vuelta a la ciudad, ya que ese no es el borde de Roma, y que la ciudad continúa en algunas direcciones más que en otras, pero dejémoslo así para efectos dramáticos.

En consecuencia, como se imaginarán, moverse en esta ciudad no es nada fácil, sobre todo si uno anda a pie y machuca el idioma. Desde la (relativa) seguridad de mi casa en Venezuela, traté de comprender como funcionaba el sistema de transporte romano, ya que estaba buscando un apartamento con una ubicación relativamente cómoda para un par de peatones novatos. Me fue imposible. Un mes y medio después de estar aquí, puedo decir que creo que ya estoy comenzando a medio entenderlo. Hay un metro, pero no se imaginen esas maravillas primer mundistas con las que todos soñamos. El metro es una crucecita triste en el medio del mapa, que ni siquiera llega a los bordes de la autopista, ya que aquí cada vez que clavan un tubo en el piso encuentran un montón de ruinas increíbles y sale un capitulo más para los libros de historia de segundo año. Por lo tanto, y en vista del lentísimo y complicadísimo avance de las obras del metro, se han visto obligados a complementarlo con un sistema de autobuses, trenes y tranvías que tienen su propio idioma e idiosincracia, una especie de Pandora que se retroalimenta y tiene mente propia, que no puedes entender a menos que seas azul y te conectes por usb al culo del autobús.

Todo está escrito e indicado, y a todos los lugares se les puede acceder a pie, con un horario bastante conveniente y suficiente información al respecto. El problema es que la información está codificada, y no es cosa de simplemente salir a la calle y "ya veré como llego". Oh no no no. Antes de salir hay que entrar en Google Maps, en Atac, en Tuttocitta, sacar lapiz y papel, el Blackberry, la calculadora, el mapa de Roma, el callejero, la guía turística, regla, escuadra, transportador y compás y dedicarle unos veinte minutos a analizar el destino, esto, para ver si la pegaste.

La cosa funciona más o menos así: en cada parada o estación hay paletas que parecen chupetotas, que dice el número de los autobuses y las calles por las que circulan. (No indican las paradas específicas, cosa que generó una confusión insoportable las primeras dos semanas). Ahí también indica el horario, porque hay diurno, nocturno y feriados (lo cual también enreda porque los días laborales se llaman feriales y los fines de semana festivos. Para mi feria implica fiesta y es como que lo mismo). Uno se monta en su autobús y empieza a sacar el pescuezo por la ventana cada vez que llegas a una parada para ver si es la tuya, hasta que finalmente te bajas. En mi caso, usualmente una antes o después, y tengo que caminar hasta la correcta. Cada autobús hace un recorrido circular, pero salen de un sitio llamado capolinea, que es como un terminal, y llegan a otro, y en cada capolinea el chofer apaga la unidad, se da una vueltica, se fuma un cigarrito y hace pipi. (Cosa que si te agarra desprevenido, asusta un poquito). Es decir: en la chupeta además te indica la dirección del autobús. Cosa que nos fue muy útil, una vez que lo desciframos. Adicionalmente los buses tienen variantes: desviado, limitado, expreso... De eso nos dimos cuenta de las peores maneras. "A donde coño vaaaaaaaaaaas?!?!?" (Desviado). "Son las once de la noche, por qué este tipo está apagando el burro este a la mitad de la maldita autopistaaaaaaa?!?!?!?" (Limitado). "Por qué coño no se paróoooooooo?!?!?!" (Expreso).

Otra cosa importante que hemos aprendido de mala forma es a no pararnos en las puertas en horas pico. Para eso tuvimos que entender que las horas pico de aquí no son normales, ya que el horario de trabajo no es normal. Son a las 7 de la mañana, y a las 8 y 12 de la noche. Resulta que aunque el vehículo se encuentre a más de su capacidad máxima, el chofer se va a detener en todas las paradas en las que haya gente, y bueno, ustedes verán como hacen. Esto se traduce en que los jóvenes y los inmigrantes (particularmente los indios, pakistaníes y africanos), van a entrar como sea, generando un tumulto en las puertas que termina en golpiza, donde se pueden meter fácil 20 personas en 3 metros cuadrados. Cosa que no me vuelve a pasar, ya que la última vez un señor borrachito aprovechó la circunstancia para rayarme la pizarra. Aclaro: no fue simplemente que hizo unos trazos, él hombre se puso Pollock, sin que yo pudiera hacer más nada que darle manotazos y mirarlo con odio. Hasta un pellizquito en el culo me obsequió antes de bajarme, el muy perro.

A pesar de todo esto, y considerando que yo siempre ando perdida, recientemente le bajé a mi maravilloso teléfono, (gracias Dios por hacerme vivir en esta época), una aplicación que se llama Traductor_de_Avatar_2.0, y me da las indicaciones de qué bus debo tomar, en qué sentido ir, cuales son las paradas exactas y en cuanto tiempo llega el próximo. Con esto y el ubicador en tiempo real de Google Maps para el teléfono, ya casi me siento Na'vi.

martes, 11 de octubre de 2011

Hello Barbapapá

Hay dos formas de hablar italiano: gritando o recitando poemas. Gente más versada que yo en la materia me explican que mientras más al sur más gritan, y mientras más al norte, más recitan. En cualquier caso, todos tienen hermosas voces. Es difícil de explicar, tal vez es por el idioma. Pero hablan melódicamente, como si estuvieran repitiendo de memoria, concatenando palabras. Incluso los insultos vienen enredados en la canción, aunque se entienden perfectamente. "Vafanculo!" moviendo las manos hacia arriba y hacia abajo, tocándose los dedos índice y medio con el dedo gordo. Los italianos de acá no son como los de Venezuela. Los de Caracas tienen una forma de hablar que parece que te estuvieran diciendo siempre algo evidente. Los de Roma, aunque son atoradísimos, (cosa que se evidencia en su manejo), te tratan como si fueras un lindo peluche. Creo que es el trato al turista, el que he recibido hasta ahora, sin embargo, me gusta. Te miran a los ojos, dejan lo que están haciendo y hacen su mejor esfuerzo por entender y ayudar. Para mi es un alivio, ya que nuestra sociedad se ha vuelto tan hostil con los suyos, que francamente pensé que acá iba a recibir un trato similar siendo extranjera. He visto gente que se sale de los parámetros normales por colaborar con los demás, personas que se bajan antes de su parada para explicar bien como llegar a una dirección, funcionarios públicos explicándote cuales son los huecos en el sistema legal para que los aproveches, conductores de autobús que frenan de golpe para que se monte alguien que viene corriendo. Mención especial tienen los "guardianos" de nuestro edificio, (son como los gerentes/conserjes), quienes estoy segura que piensan que tengo algún tipo de retraso, porque me han tenido que rescatar tantas veces... entre que tardamos dos semanas en entender como funcionaba el pinche calentador, que al segundo día les entregué una tonelada de sábanas cagadas de gato, y que se me demagnetiza la tarjeta para entrar al apartamento más o menos cada tres días, yo percibo que ya las miradas no son de colaboración sino de lástima... lo cual explicaría que cada vez que voy a usar la lavadora, que es común, uno de los dos me quita la ropa y me dice que me avisa cuando esté lista. Supongo que pensará que me voy a meter con todo y ropa, o que voy a poner una barra de jabón en el enchufe, o algo peor.

Acá todo funciona diferente. Sobre todo las cosas relacionadas con el agua. Por alguna razón que como venezolana NO ENTIENDO, hay fuentes por todos lados, que continuamente están botando agua potable al piso, y solo hay que poner un dedo debajo del grifo para convertirlos en bebedero. El agua de la ducha y del lavaplatos me la puedo tomar, pero confieso que todavía esa barrera emocional no la he superado. Los baños son rarísimos, las duchas son super incómodas, el agua caliente es como ordeñar una vaca, las griferías son todas distintas, y hay que tirar el papel directo en el inodoro, cosa que encuentro detestable (si, yo se toda la explicación, pero igual me molesta)... los baños públicos están super limpios, pero la forma de bajar la poseta y encender los lavamanos y secadores de mano siempre varía... estos tipos son super creativos con ese tema. Una vez pasé como 2 minutos examinando un lavamanos en un centro comercial. Lo toque por todos lados. Pasé las manos debajo del grifo a distintas velocidades. Dije "jaio jaio... ohlolo... ohloloooo". Toqué las paredes y los bordes del lavamanos, y nada. Mientras miraba perpleja el sitio del que debía salir agua y no salía, entró una señora en el baño, me sonrió, y le dió con el pie a una palanquita que estaba serenamente camuflajeada en el suelo. Le dije "Grazie" y traté de lavarme las manos rápidamente para irme mientras aún me quedaba un poquito de dignidad.

Las modas también son divertidísimas. Hay una locura con Hello Kitty, y se ven por todas partes referencias a la misma gatita necia que amaba cuando chiquita. También hay una loca adoración por Barbapapá, aquellos muñecos franceses de los 70. Los chamos andan todos vestidos exactamente igual, y prestan una atención extraordinaria a los detalles. Las mujeres tienen unas piernas larguísimas y bellas, senos pequeños, y un sentido extraordinario del fashion, y le dedican muchísima atención al maquillaje de los ojos. Los hombres son hermosos y metrosexuales, y la tendencia marcadísima es un zarcillito brillante en la orejita.

En general, Roma es una ciudad hermosa, llena de gente amable y tranquila. Creo que podemos llegar a ser grandes amigas.