viernes, 10 de febrero de 2012

Fútbol - o Milán III Parte

"Ganar no es lo importante siempre y cuando ganes".
Vinnie Jones.

En Italia, el tema del fútbol es delicado. Uno no puede andar vociferando a favor de su equipo o en contra de los otros sin estar preparado para la posibilidad de algún tipo de respuesta.

La noche que llegamos a Roma se jugó un partido importante para el equipo local. Estábamos mi esposo, mi hermana y su novio, y yo, después de 35 horas de viaje (Australia como que quedaba más cerca, después de todo), exhaustos, adormilados y muertos de hambre. El amable encargado del edificio nos llevó a un pequeño restaurante que queda a una cuadra de la casa, donde instruyó al dueño, un señor gordo y alto con un bigotito italianísimo, que nos sirviera pasta a todos y nos mandara a dormir. Dicho y hecho, el señor nos llevó a la parte de atrás del local, donde habían dos mesas ocupadas, todos hombres, que bebían cerveza y miraban el juego. Nos sirvieron cervezas y pasta, y felices, empezamos a comer y a echar una miradita de vez en cuando al televisor. No habían pasado diez minutos antes de que se evidenciara que una de las mesas le iba a un equipo, y la otra al rival. Había un señor, gordo y malhumorado, que le gritaba incesantemente al televisor, sobre todo cuando la Roma perdía un pase. En la otra mesa había otro señor, flaco y también malhumorado, que hacía lo mismo con su equipo. Antes de que terminara el juego, estos dos estaban de pie, habiendo olvidado por completo el juego, dándose barrigazos y señalando hacia afuera. Nosotros estábamos felices y deleitados por la demostración, porque la situación no podía ser más estereotípica. Eventualmente, el dueño del negocio, que era más grande que los otros dos juntos, se les acercó y les echó una mirada significativa con un gesto hacia nosotros, como diciendo "están poniendo la cómica frente a los turistas". Yo le quería decir que no éramos turistas y que siguieran, pero decidí quedarme quieta, como Julieta, porsia.

Como ya saben, el regalo de navidad para mi esposo fue ver un juego de fútbol de su equipo en su estadio. El Inter, uno de los dos equipos de Milano, en el Giuseppe Meazza, en contra del Lazio, uno de los dos equipos de Roma. Estas entradas las compré con bastante anticipación, ya que me han dicho que se agotan muy rápido, en una página web italiana que se dedica al tema. La diferencia de precios entre una sección y otra del estadio era bastante significativa y la oferta no era muy amplia, por lo que opté por asientos en uno de los laterales, en la primera fila de la última sección. En la página web me indicaron que las entradas estaban reservadas, pero que los tickets se emiten solo a una o dos semanas antes del partido, y recibí varios correos donde me decían, tranquilizadoramente, que mis entradas estaban ahí, y que las recibiría con seguridad con tiempo suficiente para ver el juego. Cosa que obviamente me mantuvo en vilo hasta que llegaron, ya que estoy acostumbrada al sistema venezolano donde no importa lo que te digan, igual no van a cumplir. Unos diez días antes del juego, recibí una llamada de los organizadores, (no sé si del evento o de la página web). Era un hombre muy amable, que me preguntó si nosotros eramos romanos. Sin entender muy bien lo que quería decir, le contesté que vivíamos en Roma. El insistió en la pregunta, y yo seguí sin entender, hasta que me dijo: "es que para la gente que vive en Roma hay ciertas restricciones para este juego". Le pregunté cuales, y me dijo "no pueden verlo". Inmediatamente le dije que ambos somos venezolanos, turistas, que queremos ver un juego de fútbol, y que en nuestros pasaportes dice que somos de Venezuela, cosa que lo tranquilizó y me dijo: "Ok, entonces no hay problema. Ya estoy imprimiendo tus entradas y las recibirás en dos o tres días". Mi esposo me explicó luego que a los tiffossi, que son los hinchas radicales de los equipos, los ponen en un sector especial, que es la portería opuesta a la de los hinchas del equipo local, para evitar cualquier tipo de interacción entre ambos bandos, y si uno es local del equipo contrario tiene que sentarse en esa sección. El resto de la gente se sienta tranquilamente en los laterales y entran y salen del estadio sin problemas.

El Giuseppe Meazza, o San Siro, dependiendo de quien vaya a jugar porque es sede tanto del Inter como del Milan, es una estructura impresionante. Fue construido en 1925, y en los ochentas fue ampliado. En la ampliación se agregaron 11 torres de concreto que sirven como acceso para el público, unos espirales gigantescos que puedes pasar unos buenos diez minutos subiendo, y también como soporte para el techo y las gradas adicionales que le colocaron. Le caben 81.000 personas, sin embargo, yo calculo que estaba a media capacidad, lo cual sigue siendo un número formidable. Alrededor se instalan cientos de puestos de venta de comida, café, cervezas y accesorios de los equipos participantes en el evento específico. Se veían cosas de otros equipos, pero en general el nero-azzurro era lo que predominaba. A medida que se acercaba la hora de entrar, la gente se iba animando y se iban formando grupos que cantaban o agitaban banderas. Darle la vuelta al estadio es un paseo interminable.

Finalmente, abrieron la puerta. Nosotros cargábamos la mochila viajera encima, y los amables vigilantes nos dieron la opción de dejarle la mochilita a las señoras que venden el café afuera, o de que botáramos las posibles armas blancas que constituían un par de desodorantes casi sin nada, y un pote de acondicionador casi vacío. Agotados de los eventos del día, botamos los potes y seguimos, a pesar de la insistencia de que las señoras "nos cuidaban los desodorantes". Dada nuestras experiencias previas en eventos grandes en Caracas, nos pareció que sacar a ese gentío del estadio podía ser un caos y que probablemente no encontraríamos el puesto donde habíamos dejado las cosas. Además, con el frío y las ganas de ir al baño que este genera, ya no estábamos pensando muy claro. Entramos al estadio y por dentro es todo lo que promete por fuera. Inmenso, hermoso, puro fútbol. Rápidamente ubicamos nuestros asientos, que fueron igual de incómodos que los de cualquier estadio, y nos sentamos a esperar. 

Al rato, salieron los jugadores a calentar, pusieron cositas en el piso y jugaron alrededor de las cositas, dieron brinquitos, trotaron, patearon, atajaron. Luego entraron todos, salieron y se tomaron su fotazo los dos equipos, se desearon suerte, himnos de los equipos, presentación de los jugadores.

La presentación del juego fue divertida. Cuando presentaron los jugadores del Lazio, simplemente decían el nombre: "Miroslav Klose", por ejemplo. La lista se leyó completa en segundos sin más aspavientos. Cuando leyeron la del Inter, el comentarista decía el nombre y el público contestaba gritando el apellido. Caso especial, Diego Milito, quien es el ídolo de su fanaticada y cuando lo mencionaban, los gritos salían del corazón.

Los tiffossi del Inter estaban a nuestra izquierda, y era la grada más llena de todas. Los de Lazio a la derecha, y la verdad no había mucha gente, sin embargo, los que estaban hicieron su mejor esfuerzo por animar a su equipo. Una cosa que me pareció curiosa es que cuando los hinchas del Lazio cantaban, los del Inter, con todo y que eran muchos más y fácilmente podían apagarlos, esperaban hasta el final de la canción para comenzar a cantar ellos. 

El primer gol no lo vi. Estaba ocupada ajustando la cámara, y me enteré del gol solo porque mi esposo dijo, bajito: "gol". Lo miré incrédula, sobre todo por el silencio espectral que cubrió el lugar. Ni siquiera los fans de Lazio celebraron. Como el partido era en vivo no tuve repetición. Eso ocurrió con los dos goles. En cambio, cuando el Inter anotó, y lo hicieron tres veces, la gente empezó a gritar cuando el balón aún estaba en medio campo. Los goles y pases de Milito fueron los más celebrados, y el comentarista, que solo hablaba cuando hacían goles, gritaba tres veces "DIEGO" y la gente contestaba, deleitada: "MILIIITOOOOOO!". Mención especial tienen los seis caballeros, fanáticos del Inter hasta la médula, que estaban detrás de nosotros, que criticaron a todos los jugadores con aguerrida intensidad, los insultaron floridamente cada vez que perdieron la pelota, sufrieron varios niveles de pre-infarto cuando les metieron gol, y aplaudieron con ojos llorosos cuando lo metieron ellos. Solo un fanático del fútbol italiano puede estar extremadamente contento y arrecho al mismo tiempo. Aunque pensándolo mejor, tal vez los argentinos se les igualen, como demostró el Tano Pasmán.

Finalmente, el juego llegó a su fin, y la gente comenzó a salir. Nosotros nos retrasamos pues fuimos al baño, nuevamente el frío haciendo de las suyas, a pesar de no haber bebido nada durante el juego. De hecho, nadie lo hizo. La gente no estaba ni bebiendo ni comiendo: fueron a ver fútbol, y eso fue lo que hicieron. Cuando salimos del baño, el cual para mi sorpresa estaba totalmente vacío, solo quedaban en el estadio los tiffossi del Inter, los de la Lazio, y nosotros. Comenzamos a salir por uno de los espirales, contentos y relajados, comentando los eventos del juego. Cuando íbamos por la segunda vuelta, nos dimos cuenta de que justo por el espiral frente a nosotros estaban sacando a los fans del Inter. Venían cantando himnos y gritando, y estaban escoltados por unos 30 policías gigantescos y muy serios, y cada vez que coincidíamos en las vueltas sentía la mirada de cientos de personas. Por instinto, apuramos el paso. Cuando finalmente llegamos a tierra, nos encontramos con un camino bien específico creado por otros tantos policías anti-motin, que nos miraron alarmados, y rápidamente nos empujaron fuera del estadio, supongo que para evitar cualquier cruce con el otro bando, aún cuando nosotros teníamos bufandas y ropa del equipo. Los fans del Lazio los sacan al final, cuando ya no queda nadie cerca, también escoltados.

El estadio se vació en menos de quince minutos. La mayoría de la gente se dispersó por las calles laterales, pues muchos habían dejado los carros estacionados cerca. Los que se decidieron por el estacionamiento sufrieron lo mismo que se sufre al salir del poliedro: una cola fenomenal. Para los que iban al metro habían unos treinta autobuses que partían a medida que se iban llenando.

La experiencia fue estupenda. Ver un juego de fútbol en vivo fue como siempre nos lo habíamos imaginado, y no puedo esperar a que sea primavera y haga menos frío para repetirlo.

viernes, 3 de febrero de 2012

Pantaletitas Milanesas, o El Incidente Bizarro

A las doce de la noche, más o menos, estábamos en Milán ante la perspectiva de esperar hasta las siete de la mañana que saliera nuestro tren. Veníamos en el metro junto con un montón de gente que también venía saliendo del partido y algunos turistas rezagados. El metro en el que nos montamos era curiosísimo: era completamente rosado y blanco, y las sillas, aunque de plástico, parecían sacadas de una casita de Barbie. Nos bajamos del metro frente a la estación central, con la sensación de estar en un sueño. Al salir a la calle, el cambio de temperatura nos agarró por sorpresa, como de costumbre, y el cansancio, el frío, y el metro de Bubblelicious acentuaron la impresión de irrealidad. Decidimos buscar un café o algún bar que estuviese abierto un domingo a semejante hora, y conseguimos tres: McDonalds, una pizzería con luces estrodoscópicas y dueño árabe-milanés, y un bar barroco. Nos decidimos por el bar, ya que McDonalds cerraba a la 1 y la pizzería era carísima. El local era ya de por sí extraño: la decoración era recargada, una combinación de negro, blanco y morado, lámparas antiguas por todos lados, un arreglo de frutas gigantesco en el fondo, y como cinco mesoneros paquistaníes con cara de odio. Solo habían cuatro personas dentro del bar, y estaban sentados en una de las tres mesas que había dentro. Cuando entramos, nos saludaron a gritos y nos preguntaron como había quedado el juego. Les respondimos riéndonos y nos sentamos. Ordenamos café y paninos, y nos dispusimos a tratar de estirar el tiempo lo más posible. 

El otro grupo estaba compuesto por dos parejas más o menos maduritas, calculo que estarían en sus cuarenta y algo. Sin embargo, todos eran hermosos al mejor estilo de Jersey Shore. Eran dos hombres y dos mujeres. Todos estaban al borde de la ebriedad y gritaban y bebían champagne como si fuera agua. Pronto entendimos que el más escandaloso era el dueño del local: un tipo super atractivo, una especie de Cristiano Ronaldo italiano, con un acentuado bronceado que lo tenía casi totalmente anaranjado, ojos azules y cabello largo. Su acompañante era una chica rubia, brincona, que se contoneaba y le mostraba el escote cada vez que podía, y que estaba a punto de caerse al suelo de la pea. El otro hombre estaba completamente vestido de negro, pero la ropa que tenía puesta era exageradamente metrosexual. También tenía el pelo largo, y estaba mucho más tranquilo que el resto del grupo. A él lo acompañaba una mujer, treinta casi cuarenta, muy bonita, con unas tetas inmensas.

Un rato después llegaron dos muchachas, que saludaron a todos con gritos y besos al aire. Dijeron que esperaban un amigo, y les sirvieron vino en la tercera mesa que quedaba libre. El local era pequeñito, así que para que ellas se sentaran todos tuvimos que movernos un poco. Había música que variaba entre baladas italianas y árabes. Un rato después, una de las muchachas empezó a contar que ella sabía bailar la danza del vientre, que estaba en clases de música árabe, y que si queríamos verla bailar. Obviamente, todos dijimos que si, así que la muchacha se levantó y se puso una bufanda alrededor de las caderas. Como todos los no-árabes que tratan de hacerlo, bailaba terrible, una especie de stripper principiante pero con mucho entusiasmo. No había pasado un minuto y ya la catira estaba de pie, meneándole el trasero a su dandy italiano. La otra chica, con aire dudoso, también se levantó y se puso a bailar, pero se le notaba la falta de compromiso en la cara. 

En vista de que ya no era la estrella de la noche, la primera chica se montó de un brinco encima de la barra y empezó a dominar la concurrencia desde ahí, emocionándose cada vez más, una pequeña Shakira in-the-making. En ese momento, dos italianos de unos sesenta años venían pasando frente al bar y cuando vieron semejante espectáculo, se miraron con ojos inmensos, se riéron a carcajadas, y entraron. El mesonero les dijo que no habían mesas, que si querían sentarse afuera, y los dos viejos le devolvieron una mirada de "obviamente no", así que les habilitaron una cuarta mesa en un rincón, desde donde los viejos veían a las muchachitas bailando y se reían fascinados. Un rato después, esto se repitió con una pareja de alemanes: era evidente que la mujer estaba indignada con lo que estaba pasando, pero al hombre le parecía de lo más interesante, así que metieron una quinta mesa donde solo parecía caber tres. El alemán sonreía y enrojecía cada vez que volteaba a ver a las señoritas danzantes. La rubia pareció entrar en calor, y del contoneo insinuante inicial pasó directo al perreo más reggetonero, en su versión italiana sin movimiento de caderas. Eventualmente, se le lanzó directamente encima al dandy y comenzó a lamerle la oreja como si quisiera sacarle una metra que tuviera dentro.

Al rato llegó el caballero amigo de las dos decentes señoritas, un hombre vestido como el mejor de los bohemios, con boina y sobretodo marrón, y se sentó con cara de no haber estado esperando eso. Al terminar la canción, las señoritas se bajaron del bar, la rubia se sentó encima de las piernas de su recién adquirida conquista, y los viejos pagaron y se fueron porque francamente, ya habían visto lo que querían ver. Mientras esto pasaba, nosotros recibíamos continuamente miradas interrogantes, supongo que preguntándose como íbamos a reaccionar, pero como nos estábamos riendo y conversando mientras mirábamos el baile, eventualmente dejaron de preocuparse.

Pedimos otro café, hablando de que ese bar había sido excelente elección. Las muchachas se fueron con el bohemio, y salieron cubiertas de aplausos de todos los presentes, particularmente del alemán, que casi les hace una standing ovation mientras la mujer lo miraba con ojos chiquitos. Mientras tanto, la música árabe y el perreo intenso habían puesto a la catira en una bajada en la cual no la paraba nadie, y de lamerle la oreja al hombre había pasado a chuparle toda la cara mientras lo agarraba por todos lados como si se estuviera cayendo. La otra pareja se reía y brindaba, y les decían que dejaran el sebo, que qué ladilla (en italiano). Un rato después la catira estaba sentada encima del tipo, de frente a él. Tenía un minúsculo vestidito de flores, el cual en esta posición se había convertido básicamente en una camisa, y una pantaletita hilo dental la cosa más bella e inútil del mundo, ya que nos dejaba ver todo lo que estaba pasando allá abajo. Mi esposo se reía y me decía que era como tener un televisor al frente, simplemente no podía dejar de ver aunque quisiera. El alemán estaba en la misma situación, mientras su mujer lo miraba furibunda desde el otro lado de la mesa, y de vez en cuando dirigía miradas reprobatorias hacia la pareja indecente. Yo me reía y de rato en rato también echaba una miradita, sobre todo porque era comiquísima la forma en la que la mujer continuaba lamiendo al tipo. Quizás pensaba que era una gran zanahoria. El caballero ya había sido arrastrado por la rubia y andaba rodando por la misma bajada, y en pocos minutos ya la pantaletita estaba toda estirada, lo mismo que la parte de arriba del vestido.

La otra pareja, aburrida, voltearon sus sillas hacia nosotros y establecieron una apuesta: si iban a "hacer el sexo" ahí frente a nosotros o no. "Do the sex", repetían una y otra vez. Apostamos un euro, aunque no logro recordar si apostamos a favor o en contra, ya que a mi me parecía que para efectos prácticos, la apuesta estaba tardía y ya lo estaban haciendo. Cuando supieron que éramos venezolanos se quedaron sorprendidísimos, ya que ni siquiera sabían que Venezuela era un país. De nuestro presidente nunca había escuchado hablar. A mi esposo le decían que no parecía italiano, aunque fuera hijo de uno: "pareces irlandés", fue el veredicto. Y a mi me dedicaron unos buenos cinco minutos, ya que cuando les dije que era 100% caraqueña, simplemente no lo podían creer. "Pero pareces una italiana!" "Te ves igual a mí", me repetía la chica. No se si es que tenían la noción de que Latinoamérica es un gran Perú o qué. El hombre se presentó como un diseñador de modas milanés, dueño de una revista de modas, y ella como su esposa, también diseñadora y dueña de la misma revista. Nos ofrecieron trabajo en Milán y ayudarnos a abrir una cuenta bancaria en Hong Kong. Y nos dijeron que Milán era hermosa, pero que Roma era Roma, y que en el mundo solo habían tres ciudades: New York, París y Roma.

Finalmente, el dandy anaranjado se cansó del abuso físico al que estaba siendo sometido, o tal vez le dió frío por tanta lamedera, y decidió llevar a la chica a su casa. No sé si se refería a la de ella o a la de él, pero cuando se levantaron esa mujer estaba tan borracha que como que daba lo mismo, a donde fueran iba a quedar tendida cuan larga era. El hombre se puso un sobretodo negro que le llegaba a los pies, que parecía una chaqueta de flux larga, sin embargo, en el cuello, en las mangas, y en el borde de abajo tenía ese peluche blanco que se usa tanto en los inviernos en Europa. Tal vez era chinchilla, pero en esa confusión realmente yo no estaba para análisis de moda. El hecho es que entre la extravagante chaqueta, que hacía juego con los zapatos de piel de cocodrilo blanco, el color anaranjado, los ojos tan claros que eran casi blancos, y el pelo largo, rubio y húmedo de tanta saliva de la reggetonera, la impresión que me dió fue de que estaba en el bar-fachada de Lestat el Vampiro, y que la chica del vestido floreado en realidad era su cena. 

Cuando se fueron, los mesoneros paquistaníes nos llevaron inmediatamente y llenitos de odio la cuenta a la mesa, la cual pagamos y nos fuimos, después de una efusiva despedida de los diseñadores, que nos dieron sus correos, tarjetas de presentación, y nos desearon mucha suerte y mucha felicidad.

Cuando llegamos a la estación del tren y nos dimos cuenta que estaba cerrada, en realidad no nos importó mucho porque finalmente... pensábamos que estábamos soñando.

jueves, 2 de febrero de 2012

Logistics Logistics Logistics

De navidad, le regalé a mi esposo un juego de fútbol. Es fan de un equipo italiano desde pequeño, y nunca había tenido la oportunidad de verlos jugando, así que me pareció un regalo perfecto. Con meses de anticipación, me puse a buscar en internet ofertas y alternativas, y finalmente resolví que el lugar para ver el juego era Milano, ya que es una ciudad que él siempre ha querido conocer, y que el regalo aparte de fútbol incluiría dos días de romance por esta hermosa ciudad. Después de horas de diagramación y planificación, logré juntar por una suma asombrosamente pequeña dos pasajes por avión ida y vuelta, una noche en un hotel cercano al centro histórico, y dos entradas para el Giusseppe Meazza. 

En papel, la logística era perfecta. El avión salía el sábado a las 7 de la mañana, estaríamos alrededor de las 9 en el centro de la ciudad, y tendríamos todo el día y la mitad del domingo para pasear un poco y conocer las cosas más representativas de Milán. Afortunadamente, Milán no es Roma y se puede abarcar bastante en ese tiempo. El juego, según las indicaciones de las páginas de fútbol y las entradas impresas, era a las 3 de la tarde, así que teníamos suficiente tiempo para llegar al vuelo de regreso, que salía a las 9 de la noche. Incluso tomé la precaución de verificar la ruta desde el estadio hasta el aeropuerto, y el tiempo de recorrido eran unos cuarenta minutos en metro, que queda relativamente cerca del estadio. Llegaríamos a Fiumicino a las 10, y a Termini a las 11, con tiempo suficiente de tomar el autobús a la casa, sin tener que pasar por la agonía de un bus nocturno. 

Unos cinco días antes del viaje, caminábamos tranquilamente por el centro y vimos que había una concentración de personas en una de las cuadras de la vía del Corso. Todos se veían más o menos igual: chaquetas azul marino, barba mal afeitada, cara de ladilla, gorrito negro. Preguntamos de qué se trataba, y nos dijeron que era una manifestación de taxistas. La razón era que anteriormente para acceder a una licencia de taxi, había que desembolsillar una suma fuerte de dinero, y con el cambio de la ley, no. No sé si estaban pidiendo que les devolvieran lo que gastaron o que a los nuevos también les cobraran. Pero una de las frases favoritas de los italianos es "non è giusto" (no es justo), y ese día la escuché repetidas veces mientras atravesaba la manifestación.

Un par de días después, comenzamos a prepararnos para el gran fin de semana. Imprimir los pasajes (las aerolíneas económicas europeas son hágalo-usted-mismo), pensar qué nos íbamos a llevar, y cómo íbamos a llegar a Fiumicino a esa hora tan inhumana. Para los que no lo saben, en Roma hay dos aeropuertos: Fiumicino, que es el principal, y Ciampino, que es el secundario. Ambos quedan en las afueras de la ciudad, y a ambos se le llega en tren. Para Fiumicino hay incluso un trencito especial que te lleva directv en 35 minutos, sin paradas, que se llama el Leonardo Express (porque es el Aeropuerto Leonardo Davinci). El problema era que el primer Leo salía a las 6, y no daba chance de llegar al vuelo. Buscamos otras alternativas metropolitanas, pero no existen. Entonces recurrimos a la viejísima solución de los taxis. En Roma, agarrar un taxi no es simplemente llegarse a una principal y esperar un poco. Eso solo se puede hacer en el centro histórico, dada la abundancia de turistas. En las afueras hay que reservar el taxi con antelación, llamar por teléfono y esperar, o ir a una parada de taxis. Llamar a un taxi implica que el cobro de la tarifa va a incluir el viaje de ida a tu casa, así que si el hombre se encuentra a 40 minutos, pues te cobraron los 40 minutos. Más la bandera, más el viaje. Sin embargo, un viaje promedio al aeropuerto te debería costar, por ley, unos 45 euros, así que manos a la obra, consigamos un taxi. 

Fue entonces cuando el grupo de personas con chaquetas azules en la vía del Corso tomaron significado, ya que aún estaban en huelga y nos encontramos con que no había manera de llegar al aeropuerto en la madrugada. Tratamos de ubicar un taxi pirata, pero querían que le entregáramos a nuestro primogénito, así que desistimos.

El viernes en la noche, viendo la falta de alternativas, agarramos un bolso, metimos lo que nos íbamos a llevar, y arrancamos al aeropuerto antes de que se fuera el último tren. A las doce estábamos en el aeropuerto, junto con un montón de gente en la misma situación. Razón por la cual conseguir un par de sillas para no tener que sentarnos en el piso helado fue complicado, pero eventualmente las ubicamos y nos pusimos lo más cómodos que se puede en un aeropuerto en la madrugada. La tarjetita de Priority Pass me la metí por el culo. Sin sueño y sin posibilidad de conseguir una posición en la cual dormir, saqué mi PSP y empecé a jugar, viendo a todos a mi alrededor con aire de superioridad. Esto duró 20 minutos porque ahí mismo se le acabó la pila y me dí cuenta de que ni lo había cargado ni me había traído el cargador. La noche fue eterna. Mi esposo recorrió el aeropuerto una y otra vez, se aprendió las vitrinas de las tiendas, memorizó los menús de los restaurantes cerrados, se aprendió los jingles de las propagandas en los televisores. Hacía un poco de frío, pero con dejarse la chaqueta puesta era suficiente. Como un año después, amaneció y pudimos abordar. El vuelo a Milán es corto, dura alrededor de una hora, y del aeropuerto salían autobuses que te dejaban en la estación central. Ese paseo fue bellísimo, ya que las afueras de la ciudad son hermosas, y la arquitectura de los edificios de las grandes compañías que allá operan es increíble. Pasamos todo el recorrido señalando cosas por la ventana, impresionados.

La estación central de Milano es parecida a la conocidísima estación de trenes de Nueva York. Es un edificio antiguo, enorme, altísimo, lleno de detalles por todos lados. Mareados del sueño y del frío, nos desayunamos unos buenos paninos con cappuccinos, y decidimos ir al centro, porque la hora de check-in en el hotel era al mediodía.

Lo primero que vimos fue el Duomo. La ciudad está construida, literalmente, alrededor de esta catedral. Cuando estábamos entrando, en la puerta principal estaba sucediendo algo que tenía a la gente parada a los lados, viendo en silencio. Inicialmente nos pareció que era una especie de cambio de guardia, pues recordaba de cierta manera a la guardia suiza que custodia el Vaticano, así que tomamos algunas fotos, pero luego nos dimos cuenta de que a los lados de la puerta habían coronas de flores. Discretamente, preguntamos qué estaba pasando y nos dijeron que era "el velorio del policía". Sin más información, decidimos entrar a la catedral, porque finalmente, los turistas éramos nosotros. La catedral por dentro estaba repleta de policías en los bancos reservados para oir la misa, y dimos algunas vueltas tratando de verla y de entender que veíamos, pero luego nos percatamos de que efectivamente, lo que estaba sucediendo era que había un servicio especial en honor a un policía caído en la línea del deber (así me lo explicaron luego), así que nos fuimos hacia atrás, y cuando vimos que entraban unos ancianos llorando y luego un ataúd, nos fuimos sigilosamente por la puerta trasera, y decidimos volver al día siguiente. Luego me contaron que el pobre había muerto atropellado por dos gitanos estafadores, pues los mandó a parar y ellos lo embistieron con una camioneta y lo arrastraron por más de un kilómetro. La ciudad estaba conmocionada con el hecho, y en la iglesia, miles de personas lloraban.

Ni siquiera me voy a molestar en hacer la comparación de lo que pasa cuando un policía se muere en Caracas.

El resto del día, y la mañana del día siguiente fueron dedicados a descasar, comer y pasear por la ciudad. Está de más decir que quedamos enamorados de Milano, que es una ciudad hermosísima, y también hijoeputamente fría.

El domingo por la tarde, después de almorzar, nos fuimos relajadamente al estadio para ver nuestro juego a las 3 de la tarde. Llegamos alrededor de las 2 y 50, para conseguirnos que el estadio estaba.... vacío. Ni siquiera los puestos de comida habían abierto. Un par de vigilantes por aquí, un policía por allá, y ya. Aterrados, le preguntamos a un vigilante que a qué hora era el juego, y nos dijo que a las 9 de la noche. Con un derrame cerebral en proceso, le mostré las entradas y nos explicó que cuando se compran las entradas con mucho tiempo de anticipación, la hora del juego no está definida, así que se pone 3:00 pm por default.

Con la amable ayuda de mi hermana en Caracas, de los adorables milaneses de la tienda del Inter, y del Blackberry (digan lo que quieran, pero siempre me saca las patas del barro), logramos habilitar dos pasajes de regreso en el primer tren del lunes, en vista de que no habían trenes o aviones más cercanos a la hora de salida del juego. Antes de tomar esta decisión, nos miramos a la cara y nos preguntamos uno al otro: "¿tú le echas bola?", y como los dos respondimos "yo le echo bolas si tu le echas bola", pues compramos. O compró mi hermana, en Caracas, después de una lucha interminable con las páginas web italianas.

Ya eran alrededor de las 5 pm, y el estadio queda lejos de todo, así que decidimos comprarnos un par de cafés y sentarnos por ahí hasta que dejaran entrar al estadio. Lo que no calculamos era que al anochecer, la temperatura bajaría drásticamente y ya lo que queríamos era café pero para sumergirnos dentro. Helados hasta el cerebelo, entramos finalmente al estadio. (El cuento del juego lo dejo para otro post, porque aquí el futbol es algo especial y merece su lugar propio). Al terminar el juego nos fuimos en los autobuses destinados para tal fin, que nos dejaron frente a la estación del metro, agradecidos por el calorcito. Llegamos a la estación de trenes, nos ubicamos un local que estuviera abierto por los alrededores, y nos sentamos a comer algo y a esperar hasta que nos botaran, ya que nuestro tren salía a las 7 de la mañana.

Y aquí es cuando la historia se pone bizarra. Pero eso también lo dejamos para otro post, porque si no, la gente se me queja de que "mis cuentos son muy largos". Lo cual.... es cierto!

El local cerró a eso de las dos y media de la mañana, así que nos dirigimos, casi corriendo debido al intenso frío, a la estación, solo para encontrarnos que estaba cerrada. Resulta que la cierran de 12 a 4 de la mañana. El panorama fue tan desolador que nos reímos y buscamos refugio en el vano de una puerta, donde pegaba menos brisa. Ahí nos volvimos dos bolas de ropa, y esperamos. Mientras tanto, yo conversaba con mi mamá por el Blackberry, quien en sus 18° de la Caracas en Enero, me consolaba del frío y me recomendaba que dejara pasar algún tiempo antes de hacerle otro gran regalo a mi esposo, porque lo iba a terminar matando.

Finalmente, a las 4 en punto, abrieron las puertas de la estación, lo cual no cambió para nada la situación de la temperatura (hacía tanto o más frío que afuera), pero al menos había sillas. Increíblemente nos quedamos dormidos un rato, como dos bovinos guindando en la nevera de una carnicería. Abrieron la primera panadería a las 6, y creo que para que yo dejara de verlos desde afuera con ojos gigantescos. Ahí nos quedamos hasta la hora de abordar, tomando café caliente y disfrutando del calor como nunca. Ese día descubrí que una de las sensaciones más desesperantes es mucho frío durante mucho tiempo, creo que puede ser un poco traumático y todo, pero también es una de las cosas que más rápido se te curan y se te olvidan.

Una vez dentro del tren, siendo uno de los lentos que se paran hasta en Caripe del Guácharo, apenas arrancó nos quedamos dormidos. Solo me desperté una vez y cuando vi hacia afuera, me dí cuenta de que estábamos en Florencia. Se me dispararon todas las alarmas, ya que en ese momento no lograba ubicar a Florencia dentro del mapa, y mucho menos la ubicaba entre Roma y Milán. Me dió un mini-ataque de pánico pensando que estábamos en el tren equivocado, y que iba a ir a dar a Venecia, pero estaba tan cansada que me quedé dormida pensando que no sería tan malo despertar en Venecia.

martes, 24 de enero de 2012

Fin de año en Roma

Cuando alguien dijo que Roma era la ciudad eterna, estoy segura de que estaba buscando un baño en el centro de la ciudad en la madrugada del 1ro de enero.

En los últimos días de diciembre recibimos la visita de dos buenos amigos de Caracas. En los días que estuvieron aquí, tratamos de enseñarles algunos de nuestros mejores descubrimientos, esas cosas que no salen en las guías turísticas. La idea del plan era recibir el año en el centro de Roma, donde supuestamente se arma una rumba de dimensiones extraordinarias. Con esto en mente, hicimos una planificación estratégica investigada y analizada hasta el último detalle. Tomamos en cuenta desde los horarios de los autobuses y tranvías, hasta la hora de cierre de las tiendas de los alrededores. Verificamos el punto de encuentro de la gente, que era un concierto al final de la Vía del Foro Imperial, la manera de llegarle, e incluso le dedicamos el día en cuestión a la conversación relajada y al descanso de los pies, para poder aguantar la noche.

Como weapon-of-choice para el fin de año, (o capodanno) optamos por sangría, con fruticas y todo, especialmente porque había que descartar cualquier cosa que requiriera hielo. Diligentemente, picamos la frutita en pedacitos pequeños y metimos todo en botellas plásticas de agua, para evitar posibles decomisos, y cargados de vasitos plásticos, muchas servilletas, y un montón de abrigos, bufandas y guantes, partimos a festejar San Silvestro. Al llegar a Termini, donde llegan todos los caminos que llegan a Roma, nos dimos cuenta de que la cosa no iba a ser tan fácil como nos la habíamos imaginado. Eran ríos de gente que salían en todas direcciones y se perdían por todas las calles. El metro estaba inundado de personas. Y no era un flujo unidireccional en el que todos nos dirigíamos al mismo punto: la gente estaba regándose por todas las plazas y calles del centro. En la Piazza del Poppolo, Piazza Spagna, en Trastevere, en San Pedro, en la Via del Corso, la Nazionale, la Cavour y en dei Condotti, alrededor del Coliseo, la via dei Fori Imperiali y en la Piazza Venezia, gente por todos lados, de todas las nacionalidades imaginables, muchos con niños, y todos, menos los niños, con bebidas alcohólicas. Los italianos son adeptos a los fuegos artificiales, así que muchos se dedicaron a lanzar triqui traquis y cohetones. Hubo uno que incluso nos pasó rozando las orejas, haciendo que tomáramos la decisión de reubicarnos en un punto menos expuesto. Los niñitos tenían luces de bengalas y el olor predominante era a pólvora.

Después de mi cuarto vasito de sangría, pasó lo que tenía que pasar: me dieron ganas de ir al baño. Pero faltaba poco para medianoche, así que decidí esperar. A las doce de la noche lanzaron unos bonitos fuegos artificiales, y todos coreamos el conteo regresivo. Casi nadie tenía champagne o uvas, (luego confirmé que los italianos no tienen esa costumbre muy arraigada). Este año no pude correr con mi maleta por la cuadra, pero supongo que por ahora no habrá problema con ese tema. Tenía euros encima, y mi dolar de la buena suerte, así que eso si estuvo cubierto, así como el "algo nuevo algo viejo algo amarillo". Tampoco pude botar agua por la parte de atrás de la casa, pero lo hice discretamente cuando llegué, espero que cuente. En algún punto de la noche, todos comenzaron a partir botellas contra el piso, (evidenciando que fue innecesaria la precaución de las botellas plásticas), así que nosotros agarramos algunas botellas que estaban alrededor y también las partimos. Se formaron círculos de gente para tal fin. Luego descubrimos que esto no es una tradición, y aún no entendemos por qué la gente estaba haciendo eso. Asumimos que era pura borrachera colectiva. 

Sin embargo, mis ganas pudieron más que la euforia colectiva del año nuevo, y mientras me comía las uvas y planificaba cuidadosamente todos y cada uno de mis deseos (como he hecho siempre, y con un alto porcentaje de éxito, sobre todo desde que descarté el deseo de "que Chavez se vaya este año") me fui casi corriendo a buscar un baño. Mi sorpresa fue grande cuando descubrí que para todo ese gentío, y estoy hablando de miles de personas, solo habían tres baños disponibles, y eran los de los bares que estaban alrededor de la plaza. Me paré en una cola en la que habían no menos de 50 personas. Treinta minutos después, y ya casi llorando, tuve que salir corriendo a buscar otra alternativa, pensando que tal vez en las calles laterales habrían más negocios abiertos, con menos gente. Quince minutos de caminata desesperada me respondieron esa pregunta, y en vista de que estaba todo cerrado, tuve que recurrir a la desgraciada opción universitaria de "aquí mismo fue", y agradeciendo mi previsión de cargar toallitas para la nariz, me tapé la cara (porque primero muerta que sencilla, tampoco me voy a hacer propaganda y entre tanto sobretodo negro, quien va a saber que fui yo) y en un rincón detrás de un carro resolví mi problema. 

Sin embargo, y para evitar futuros desastres, desistí de la sangría.

Lo cual no sirvió para absolutamente nada, ya que media hora después me encontraba en una situación similar, y tuve que volver a decir "ya vengo, espérenme aquí". Esta vez si logré culminar con éxito la cola del baño. Incluso puedo decir que bailé bastante, ya que tanto yo como los que me rodeaban dábamos brinquitos y danzábamos al compás de las canciones "Por qué se tardan tanto" y "Por qué no hay más baños". 

Eventualmente nos acercamos al lugar del concierto, y ahí conocimos a unos venezianos que estuvieron conversando con nosotros un largo rato. También conocimos a un turco, muy elegante, quien estaba solo y aburridísimo, y se unió al grupo. No se que fue de la vida del turco, porque tuve que volver a salir corriendo a hacer, una vez más, la eterna cola del baño. Son los cuatro vasitos de sangría más productivos que me he tomado en mi vida.

Como a las seis de la mañana, el frío nos ganó la batalla y después de una breve atragantada de nuggets en Burguer King, que por algún milagro todavía estaba abierto, nos devolvimos a la casa, congelados, agotados, y contentos. Felizmente, descubrí que no fui la única que tuvo que usar el rincón detrás del carro blanco.

Gracias chicos por esa visita, espero que sepan que son bienvenidos cuando quieran, y que apreciamos muchísimo que hayan decidido dedicarle este fin de año a Roma y a nosotros. Los queremos!

jueves, 29 de diciembre de 2011

Jamon


Esta es la primera navidad que paso fuera de mi país. Usualmente, si viajo en diciembre, suelo planificarlo para el 31, porque el 24 siempre se me ha hecho la fecha familiar, con el tema de los regalos, y las hallacas, y las gaitas y la música de navidad de Los Carpenters y de Mariah Carey. Como escribí anteriormente, las navidades son fechas emotivas para los emigrantes, ya que mientras todo el mundo está planificando sus reuniones, repartiendo quien va a hacer qué, y viendo como hace para comprarle regalos a todo el mundo, los que se fueron están recordando desde lejos el asunto, extrañando a la familia, y los venezolanos, específicamente, pensando constantemente en como ponerle las manos encima a una hallaca. O tratando de hacerlas, que no fue mi caso este año.

Siempre se habla de la fuga de cerebros. En mi grupo de amigos y conocidos, esta fuga fue masiva y contundente. En realidad, ya son más lo que se fueron que los que se quedaron, y de estos, al menos la mitad está en planes de retirada. Sin entrar en las razones por la cual se dio este fenómeno, (pues hablar mal del gobierno a estas alturas es como redun-re-redundante), el hecho es que el grupote de este lado ya está tan grande que se sintió como un geeky Friday cualquiera. Los saludos y conversaciones iniciales fueron bastante similares en todos los casos. “bicho, y que más? Como te está yendo?” “oye, muy bien, al principio me costó un poco pero después que le agarré el ritmo me ha ido del carajo” “y cuales son tus planes?” “bueno, echarle bolas y quedarme aquí como sea!” Todos hemos pasado más o menos por las mismas etapas. Algunos más avanzados en el proceso, otros todavía tratando de determinar su ruta. Un fenómeno interesante que ocurre al salir de Venezuela, es que uno se da cuenta de que las posibilidades se multiplican. Se puede estudiar eso tan específico que por allá ni sueñan con enseñar. Se puede trabajar en prácticamente cualquier cosa porque todos los trabajos, hasta los de sueldo mínimo, dan para vivir bien. Básicamente, es posible reinventarse ya que hay opciones para todos. Creo que simplemente lo que hay que tener es ganas, y capacidad de comerse un cable de vez en cuando, ya que no siempre la cosa es inmediata. Pero lo más importante es aprender a vivir con la nostalgia del hogar y llevarla con un poquito de orgullo. El camaleoncito de prendedor, como quien dice. No es cuestión de negarlo, ni de tratar de anularlo o de olvidarse de la gente y cortar raíces para no sufrir, sino de saber quererlo y de permitir que te recuerde de vez en cuando quien eres, de donde vienes, y a donde vas.

En esta ocasión, fuimos invitados por nuestros amigos que viven en Madrid a pasar la festividad con ellos. La convocatoria se extendió a todos los que se encontraban cerca o en condiciones de acercarse. En consecuencia, celebramos la navidad junto con otros 10 venezolanos y una española. Aunque en realidad, fueron 11 venezolanos, porque nuestra española nos hizo un excelente pan de jamón y tequeños, cosa que ninguno de nosotros sabe hacer, y sabe tantos caraqueñismos y referencias locales como cualquiera de nosotros. También comimos ensalada de gallina hecha por una mamá venezolano-canaria, y tomamos ron Cacique, acompañado todo esto por una deliciosa tortilla española, especialidad del anfitrión venezolano, y por varios kilos del mejor jamón serrano que me he comido en mi vida, junto con otro montón de maravillosos embutidos y patés que estaban, simplemente, excelentes. Como en cualquier reunión latina, nadie estuvo de acuerdo en el tipo de música más adecuado, así que se desarrolló el típico playlist que empezó con merengue, pasó por salsa, luego por las gaitas más maracuchas del mundo, un poquito de reaggeton porque no lo nieguen, les gusta, un período de salsa brava que pasoneó a todos, tecno para levantarlos, rock pesado, salsa de nuevo.  Y como en cualquier reunión de mi generación, nadie bailó, pero todos movíamos el rabo sin pararnos de la silla.

Fue un 24 inolvidable por varias razones. Yo me había imaginado que nuestra primera navidad lejos iba a ser solitaria. Sin embargo, nos sentimos tan bienvenidos y tan bien atendidos, que fue como estar en casa. Fue también la primera vez que nuestras familias y nosotros tuvimos que enfrentarnos a la logística de la llamada con la diferencia de horarios. “Si los llamo a las 12 las líneas van a estar colapsadas, pero su 12 es mi 6 y mi 12 es su 6, así que la sincronización es terrible y mejor hablemos ahora que todavía nos podemos escuchar.” Y finalmente, porque fue como vernos en un espejo, ya que todos los que estuvimos ahí nos fuimos por las mismas razones y extrañamos las mismas cosas. Pero lo que vi en el espejo me gustó, porque se respiraba un aire de tranquilidad general, que solo era perturbado de vez en cuando por el grito “es hora de un Jaggermeister!!!”

Gracias chicos por tenernos este año, y gracias a los que atravesaron el país para pasarlo con nosotros. El año que viene, la navidad es romana, y se comerán hallacas, prosciutto crudo, pernil, y tiramisú. 

Los queremos.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Cocosette para el alma


Homesick es una palabra que creo que no tiene equivalencia perfecta en español. La traducen como "nostalgia", pero el hecho de incluir la palabra home me hace pensar que se refiere específicamente a la nostalgia del hogar. Siempre me había preguntado como se sentía eso: ¿ganas horribles de llorar? ¿un nudo en el corazón? ¿o en el estómago? o... ¿unas ganas chiquitas de llorar, todo el tiempo? Me preguntaba también... ¿y como te las quitas? ¿te las quitas alguna vez? Una de las preguntas más difíciles que me tuve que hacer cuando me fui de mi país fue esa. ¿Es que vale la pena cambiar una cosa por la otra? ¿Qué es más importante? Eventualmente, me di cuenta de que no tenía respuesta para ninguna de las preguntas que me estaba haciendo y más bien las preguntas generaban más preguntas. Finalmente, decidí que para saber si podía sobrevivir el homesick tenía que entenderlo primero.

Pues una vez aquí creo que ya puedo empezar a entender qué significa. Yo se que no ha pasado tanto tiempo, pero créanme: las navidades no ayudan. No es un dolor insoportable, ni unas ganas de llorar que no se te quitan nunca. Es como una cosita chiquita que tienes agazapada en un rinconcito. Imagínense un camaleoncito. A veces anda por ahí relajado, durmiendo, y se confunde con el resto y ni te acuerdas que está ahí. En ciertas ocasiones, aparece y te da un lengüetazo certero que te deja un poquito mareado y asustado. En esos momentos es que yo me me pongo toda filosófica a reflexionar si está bien lo que hicimos, cuales son las cosas importantes en la vida, qué tipo de persona soy por armar mi sistema de valores de esta manera y no de otra, y entro en un espiral analítico rarísimo del cual casi nunca saco una respuesta, porque todo es subjetivo y depende del cristal con que se mire y toda esa paja. Me consuelo pensando que no soy la primera que lo hace, me acuerdo de que la mayor parte de mi familia y amigos ya hicieron lo mismo, y que de los que quedan, muchos están o en proceso o en análisis. Trato de acordarme de que la mayoría de los que se fueron sobrevivieron y están bien. Pero no importa cual sea mi argumento, al final, el camaleoncito queda ahí vibrando en la boca del estómago, maripositas tristes que me dan ganas de llorar, porque extraño mucho a toda mi gente. Tratando de aplacarlo, le doy un poquito de moccacino di nocciola a mi camaleoncito con un pedacito de cocosette, lo pongo a jugar con mi gato un rato, y me voy a pasear por mi hermosa ciudad. Eso lo calma por unos días, hasta que me ponen alguna triste canción navideña que me hace llorar por diez minutos seguidos y me deja moqueando las próximas dos horas.

Sin embargo, y a nuestro favor, escogimos bien nuestro destino. A pesar del frío horroroso que empezó a hacer ayer en la tarde (no ha parado de llover en tres días y hay una brisa muy fuerte que bajó la temperatura más de 10° de golpe), Roma es una ciudad que ayuda a olvidar las penas. Algunos podrían decir, basado en todo lo que he escrito y publicado hasta ahora, que te las hace tragar, pero no es solo la comida lo que la hace encantadora. En este momento, me veo en la obligación de aclararles que de Venezuela lo que extraño es a mi gente: mi familia y mis amigos, los viernes en la noche, las arepas de arepera (porque arepa casera comemos cuando nos da la gana), los perros de Las Mercedes, Puerto La Cruz y a mi carro. De resto, a Caracas no la extraño ni un poquito. No extraño la violencia ni la hostilidad de sus habitantes, ni la sensación constante de peligro. No extraño las colas, ni el terror que le tenía a la lluvia por su impacto en el tráfico. No extraño que se me coleen en todos lados, ni los motorizados, ni a la policía, ni al gobierno metido hasta en mis pantaletas, ni la frustración de tratar de hacer cualquier cosa en esa ciudad y no poder. No se como será este año, pero hasta el año pasado, yo había contado once diciembres sin sentir realmente que era navidad. Entre elecciones, amenazas, secuestrados, y la peladera de todo el mundo, es como difícil mantener el ánimo festivo por más de dos días. A mí que me encanta comprar regalos, también eso se me había vuelto terrible: entre que no hay nada y lo poco que hay está carísimo, luego no me provocaba ni envolverlos. 

Aunque este año mi arbolito no tiene casi regalos abajo, y mi familia y mis amigos están muy lejos, mi espíritu navideño no está tan alicaído como pensé que iba a estarlo. Mi arbolito de navidad, por primera vez, es natural. Mi casa huele a pino, sobre todo en la mañana. Es un arbolito mínimo, porque tuvo que ser traído en un carrito de mercado de esos de viejitas desde muy lejos, en tres autobuses. Es tan pequeño que aún cuando está adornado por detrás y hasta por debajo, nos sobraron la mitad de los adornos que optimistamente le compramos. Tiene una hermosa estrella plateada totalmente desproporcionada en la punta. No es fashion ni cool: es super navideño. En las noches, y sobre todo los fines de semana, vamos al centro a ver las decoraciones. Aquí la gente es amante de lo tradicional: ellos aman sus arbolitos verdes con lucecitas, sus monumentos de mármol clásicos, y su comida italiana. Si les cambias cualquiera de estas cosas se molestan y arman unas pataletas horrorosas. Este año, algún creativo trató de pensar fuera de la caja y quiso hacer algo especial, por lo que decidió cambiar el arbolito de la Piazza Venezia, uno de los símbolos locales de la llegada de la navidad, por un cono plateado decorado con una guirnalda con los colores de la bandera, que casualmente, son también los de la navidad. En dos días tuvieron que desmontar el arbolito y montar uno natural, tal fue el berrinche que armó la gente. No me dieron ni tiempo de verlo. Acoto que este arbolito está frente al monumento a Vittorio Emanuele, que tampoco les gusta porque se sale de lo convencional romano (aunque a mi me encanta y siempre que paso por ahí lo miro como si fuera la primera vez). Las calles están llenas de adornos y de luces, y no solo las del centro. Incluso mi urbanización, por más botada que está, tiene adornos enormes de estrellas y arbolitos. En todas las plazas hay ferias de navidad, en la mayoría de las tiendas hay muñecos y ofertas, y hasta la ropa es navideña. Los centros comerciales están inundados de gente, todo el mundo con bolsas y helados en las manos. Se quejan de la crisis, y viven en una sola berreadera de que así no se puede vivir, pero caramba, que bien viven.

Una de las cosas que más afecta al que se va es saber que en el sitio de donde salimos, la vida continua, estés o no estés. Afortunadamente, decidí vivir en la época de la informática, y por más que critiquen a Facebook y a Twitter, el hecho de poder seguir más o menos la vida de mi gente me ayuda a no sentirme tan alejada de todos. Reconozco que, aunque me encanta contar como es todo aquí y lo que hemos aprendido y los tortazos que nos hemos dado, me gusta aún más que me cuenten que están haciendo todos, aunque sean las rutinas neuróticas diarias de los caraqueños. Odio cuando me contestan "bueno, aquí, lo de siempre, y tú?" porque ya mi parte la sé, yo quiero que me cuenten la que no sé porque no estoy ahí. Mi camaleoncito y yo agradecemos la existencia de Blackberry, Google Talk, Skype, Ventrilo, FB chat, Whatsapp, y TheSimsSocial. A veces, hasta mando a la gente a leer mi blog, para no tener que contar todo y más bien aprovechar para que me cuenten a mi. 

Afortunadamente, mi camaleoncito no es tan difícil de complacer, sobre todo cuando nos mandan de regalo de navidad una maleta cargada de ron, chucherías y amor, y aunque hay días en que anda enfurruñado y sentimental, hay otros en que ronronea satisfecho en un rinconcito.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Don Pascuale y el acordeón


Es obvio que cuando uno se muda de país, las cosas van a ser diferentes. Es un idioma distinto, civilizaciones distintas, formas de pensar distintas. Pero las diferencias que uno se imagina son las obvias. En mi caso, nunca pensé que las pequeñas cosas que se hacen de otra manera son las que verdaderamente podían complicarme la vida.

Pongamos un ejemplo sencillo: la electricidad. Todos sabemos que del lado de allá se usa 120 V y del lado de acá, 220 V. Cuando estás del lado de allá reflexionando acerca de ese dilema, lo resuelves fácilmente: "Bueno, obviamente mis electrodomésticos se tendrán que quedar". Pero cuando llegas, resulta que no es tan simple como comprar electrodomésticos nuevos y comprarle adaptadores a los que se pueden usar: las paticas italianas de los enchufes tienen tres estilachos. Unas vienen con dos palitos flaquitos, otras con tres palitos flaquitos, y otras con dos palitos gorditos. A eso, agréguele las demás paticas europeas, que vienen con otros sabores y sus correspondientes adaptadores. Aparte, los enchufes son inmensos, como del tamaño de una mandarina. Esto hace las dimensiones de las regletas desproporcionadas. Hay que CALCULAR el espacio para poner una regleta, porque con frecuencia simplemente no tienes donde meterla. No solo eso: las regletas pueden venir con las paticas gordas, mientras que el enchufe puede tener los huequitos delgados, y si no te percatas a tiempo de eso, como la servidora aquí presente, puedes terminar con una regleta conectada a la pared con un adaptador, de la cual salen tres o cuatro cables, cada uno con un adaptador diferente, y una lámpara de IKEA con un enchufe desproporcionado a su tamaño. Todo esto yaciendo plácidamente a un lado de la cama. La ventaja de esto es que uno se siente acompañado por una especie de San Bernardo eléctrico, que te cuida en la noche y ladra si alguien lo pisa.

Todos mis aparatos eléctricos tienen un adaptador, cosa que francamente no entiendo, ya que prácticamente todos los compré en Italia. Quizás es una paradoja de adaptación.

Otro caso que encuentro francamente irritante es el hielo. Los venezolanos somos como los norteamericanos: generosos con el hielo. Quizás es porque tenemos calor más o menos el 80% del año, o porque tenemos agua que jode, pero en verdad, el hielo es algo que nunca falta en ninguna casa. Nuestras neveras vienen con hieleras incorporadas. En cualquier esquina hay algún negocio que te vende el hielo en bolsas inmensas. La curdita te la venden en combo con vasito de plástico, Coca Cola, y hielo. Si uno se sale de alguno de estos dos países, ese paraíso refrescante desaparece. Yo recuerdo que cuando viajaba a Colombia, en el hotel se me quedaban mirando como si fuera una loca, porque pedía jugo de naranja natural y me servía un vaso lleno de hielo hasta el borde, y me lo iba tomando felizmente, mirando desafiante a la gente a mi alrededor. Lo mismo me pasó en el resto de Latinoamérica. En Europa la cosa no cambia. Aparte que la palabra hielo en italiano es dificilísima de pronunciar: ghiaccio, que se pronuncia algo así como que yiakshio, aunque yo siempre la digo diferente, así que normalmente tengo que hacer la pantomima y el sonido "tin tin tin" para que me entiendan. Después de varios guiashio, yiacho, gacho, dicen "aaaaaah", y me entregan un vaso con dos hielos y una cucharita. Como si fuera un postre. Por otro lado, si uno quiere hacer hielo en casa, pues tienes que recorrerte varios chinos-vende-tutti para ubicar una hielera medianamente decente, pues en la mayoría de los casos, lo que te ofrecen son bolsas de plástico que por dentro tienen huequitos en forma de pelotas, que las llenas con el grifo y son de un solo uso. O unas hieleras mínimas que debes servirte toda la bandeja para satisfacer una pobre cocacolita. Y nadie, nadie, te vende una bolsa de hielo.

Otra cosa que complica notablemente la logística, sobre todo para los que todavía andamos a pie, es el tema de las bolsas. Irónicamente, te venden bolsas y cajas desechables por todos lados y por cualquier motivo. Paquetes de bolsas de basura en los más ingeniosos tamaños y empaques. Bolsitas especiales para botar la arena del gato o para recoger la pupusera del perro en el parque. (Que por cierto, asumo que los productores de estas bolsas deben estar quebrados). En IKEA venden las cajas para mudanzas en 1 Euro. Y consecuentemente, cuando haces una compra en un supermercados o en un negocio, las bolsas también te las venden, y a menos que digas expresamente que quieres una, no te dan. Esto nos generó una confusión horrorosa los primeros días, ya que pensábamos que uno tenía derecho a una bolsa por compra, porque en algún momento del proceso de bolsa preguntan: "bolsa?" y uno ve a su alrededor y hay 15 productos tirados en el mostrador, y responde "Si", pero con cara de "De bolas", y te dan UNA. Perplejos, la primera vez metimos lo que pudimos en esa bolsa, y suplicamos por una segunda que nos dieron a regañadientes. Terminamos cargando un corotero en las manos, produciendo así el viaje a la casa más incómodo hasta la fecha. Luego entendimos que podías pedir más de una pero pagándolas, y cuando me acuerdo, cargar conmigo uno de esos bolsos que se hacen una pelotica, que en el tercer mundo no se entiende su propósito, pero en el primero si. Hoy mismo me pasó: me distraje en el momento de la temida pregunta y salí con dos Coca Colas debajo del brazo. 10 centavos vale una bolsa en un supermercado.

Aunque no es caro, es como extraño pagar esos diez centavos. Lo mismo que cuando pides ketchup y mayonesa en Mc Donalds y te cobran 20 centavos por cada uno. Los pago, no me quejo, pero siempre me da como una sensación de que acabo de hacer algo a la vez tonto e inevitable.

Otro caso extraño y digno de mencionar es el del transporte. La cuestión funciona en una base de confianza. La gente se puede montar por cualquier puerta del autobús o del tren, (el metro funciona como cualquier otro, pero olvidémoslo, ya que es una triste cruz en el centro del mapa), y marca sus tickets en las maquinitas que se encuentran distribuidas a lo largo del transporte. "Bib-bip". Como es muy fácil disfrutar de viajes gratuitos, ya que el conductor del tren no se ocupa de los tickets, tienen implementado un sistema de vigilancia de "Terror-Random". Es decir: de manera aleatoria, se montan en algún autobús un grupo de entre 3 y 10 trabajadores de Atac con camisitas azules y empiezan a pedirle los tickets a la gente. Si no tienes o no lo marcaste al montarte, te ponen una multa. Esta es de 50 Euros si la pagas en el momento y de 100 si la pagas diferida. Me cuentan que de que la pagas, la pagas. Aunque seas turista: te llega luego por correo a tu casa, y tu consulado local se encarga de cobrártela. Ya he visto las temidas patrullas cuatro veces, siempre en horas pico, incluyendo los fines de semana. Si tratas de correr o te resistes, te hacen una rueda de pescado y te bajan, incluso a la fuerza. A un amigo lo agarraron así. Veníamos todos en el autobús, repleto de gente, y a él se le había olvidado meter el ticket. Le explicó esto al empleado, quien le contestó, muy amablemente: "yo entiendo que a tí se te haya olvidado, sobre todo porque eres turista, pero mi trabajo es recordártelo y que no se te vuelva a olvidar". La última vez casi fui yo la multada. Resulta que los tickets no los venden en las estaciones ni en los autobuses, sino en tabaquerías o en kioskos. Pero recordemos que a las dos de la tarde, todo eso está cerrado, y yo necesitaba llegar al centro. Adivinen: iba al banco. Así que decidí tomar el riesgo y comprarlo más adelante, cuando viera algo abierto. Para mi mala suerte, ese fue el autobús que decidieron verificar. Mientras yo mirada aterrada, con mis euros palpitando dentro de la cartera, como se iban acercando a mi, el autobús se detuvo en una parada, y yo dije "permesso", como si fuera una doña de la high, y me bajé, con todo el flair y la elegancia a los que le pude echar mano. Del tiro, ahora cargo un montón de tickets en la cartera, solo para evitar esos momentos desagradables.

El otro día salí, nuevamente, a comprar un adaptador y una extensión, ya que los anteriores no me funcionaron por no percatarme de lo gordito de las patas. Mientras regresaba de la tienda, rumiando lo ilógico del asunto, venía viendo a la gente en mi calle, que siempre están muy alegres y se saludan como en las películas italianas viejas: "buon giorno signorina!" "buon giorno, Don Pascuale!!!" con gritos, sonrisas, y el extraño doble beso en los cachetes comenzando por el izquierdo (o sea, dos veces al revés que nosotros), y me fijé que los dos que se saludaban en ese momento tenían cada uno una bolsita con luces de navidad y adaptadores. En ese momento empezó a sonar un acordeón con una canción bellísima de una ventana a un lado de la calle. La escena fue tan rara y tan simpática, que inmediatamente me dieron ternura mis adaptadores del tamaño de una naranja, y cuando llegué a la casa, los sumé felizmente al San Bernardo al lado de mi cama.