jueves, 10 de noviembre de 2011

Dolce Far Diabetes



Como venezolana, estoy acostumbrada a la vida dura y complicada. Viniendo del país de las pequeñas alegrías, aquello del hedonismo y la sensualidad (en el sentido no-sexual de la palabra), no se me da muy bien. Yo no sé cómo detenerme a oler las flores. Si lo hago, me da alergia y tengo que salir corriendo a buscar un Decadron. Y como caraqueña además, voy pendiente de que no me jodan en la farmacia, de que me atiendan rápido, (“¿por qué esa tipa se tarda tanto?!”) y de que no se me coleen para pagar. Siempre estoy apurada, siempre siento que estoy tarde, que me están esperando en otra parte, que la vida se me está escapando entre los dedos, que tengo que hacer doce mil cosas más, y me cuesta mucho relajarme y dedicarme simplemente a pasar el rato.
Resulta que la vida en Italia parece ser la antítesis de Vanessa. Aun viviendo en Roma, que es la capital del Imperio, que es caótica y desorganizada y hermosísima, que tiene medio millón de inmigrantes que son un desastre, que tiene miles de turistas estorbando por todos lados, puedo sentir que la gente va a una velocidad mucho menor que la que yo estoy acostumbrada. No me malinterpreten: no es que la gente va ahuevoneada como en el llano. La gente camina apurada todo el tiempo, y manejan como si llevaran a un moribundo al hospital. Corren tres cuadras para alcanzar un autobús, y se levantan del asiento dos paradas antes para bajarse rápido. Sin embargo, tienen una capacidad de disfrutar los placeres de la vida que yo no conocía.
Por ejemplo: cuando uno en Caracas quiere tomarse un café, normalmente te vas a ese local que está en un punto relativamente céntrico, que tiene estacionamiento, donde te atienden más o menos bien (porque decir bien es mentira, eso simplemente ya no pasa), y donde el café es medianamente aceptable pero sirven unas tartaletas de fresa riquísimas. Para esto tienes un rango de tiempo que seguramente está contabilizado: llego a las 6 directo del trabajo, y me voy tipo 9 o 10 porque hay que esperar que baje la cola y tengo que hacer sopotocientas cosas al llegar a mi casa. Aquí, la cosa es distinta. En primer lugar, en cualquier esquina te consigues con una pastelería/bar que sirve un café memorable. De estos sitios, por lo menos la mitad se especializan en algo que es un gustazo para el paladar, como por ejemplo unas tartaletitas de fresa rellenas de crema batida especial que solo hacen en este local, o unos cornettitos de hojaldre con nutella, o un helado de nutellini simplemente espectacular, o unas galletitas saladas rellenas con champiñones y chorizo que son para morirse. Luego, cuando te atienden, lo hacen por lo general con bastante gusto, (siempre hay algún amargado que echa a perder las estadísticas pero no son la mayoría), y con bastaaaante paciencia. Te sirven tu cappuchino con un dibujito, te dan la galletita en un platico primoroso, te echan broma porque eres “spagnolo”. Luego de que estás servido, puedes básicamente quedarte a vivir allí, así hayas pedido un café y un agua mineral, sin gas por favor. Nadie va a venir a decirte que si no consumes te vas, ni a preguntarte diez veces si quieres la cuenta. Eso sí: si andas apurado, prepárate para sufrir.
El tema de la comida es un poco espeluznante, sobre todo para los gorditos que hemos vivido nuestras vidas al pie del cañón con el tema de la dieta. Yo entiendo que de vez en cuando hay que tomarse unas vacacioncitas del frente de batalla y visitar a los viejos amigos, pero caramba, acá es como que te manden a Disney con todos los gastos pagos y te digan “cuando quieras volver a Vietnam me avisas”. En primer lugar, desayunan dulce. Un café con algún carbohidrato super-complejo. Una dona cubierta de azúcar, un cachito relleno de nutella, un pedazote de torta. Es difícil conseguir salado en las mañanas, ni siquiera un sanduchito. Con esa bomba en el estómago, no es de extrañarse que salgan muertos de hambre al mediodía, hora en la que se comen un primer plato, compuesto generalmente de pasta o pasticho, (una porción bastante decente), y luego un segundo plato, en el que vienen las proteínas, por lo general carne, pollo o chorizos con papas o vegetales. Y al final, un café. Obviamente, esto hace que la digestión sea eterna, así que ellos tranquilamente cierran sus negocios a la una y los vuelven a abrir tipo cuatro de la tarde, sin apuro.
Pero es que lamentablemente para la dieta, la comida que hacen aquí se merece toda esta atención y ceremonia. La cantidad de veces que he pensado, después de probar algo “oh por el amor de Dios que bueno está esto tengo que recordar donde queda este sitio para regresar”, es ridícula. Incluso algunas cosas que comí al principio que pensé “este es el mejor X que he probado”, ya han bajado dos y hasta tres categorías. La atención que le prestan a los detalles es extraordinaria, y no en el sentido gourmet de los detalles culinarios, donde aparentemente ponerte un plátano en espiral clavado en una pelota de puré de papas lo hace más rico. Es decir: la crema con que se rellena este cachito lleva una emulsión de almendras cosechadas al borde del lago tal. Este vino es especial por tal razón. Esta pizza la hicimos a mano, desde el horno hasta los chorizos. Este es el limoncello artesanal que hacemos en este restaurant desde hace 75 años, y aún mantenemos la receta original, que la inventó un descendiente de Julio César. (Por cierto: el limoncello sabe a Salvavidas de limón y es como tomar traguitos de mi niñez que me dejan rascadita y feliz). En consecuencia, una vez que uno pega el primer mordisco, te quedas medio atontado, sueltas la cartera, y te relajas. La media sonrisa sale sola.
Ni hablar del café. Nosotros en Venezuela creemos que somos los maestros del café, y francamente, tenemos un café muy bueno. También pensamos que a la hora de pedir un café tenemos una variedad inmensa: guayoyito, tetero, con leche, marrón, negro, negro corto, negro largo, etc. Pero básicamente, la variedad se reduce a la cantidad de agua o leche que se le pone al café, porque la preparación es siempre la misma. Aquí, el tema del café es un arte en sí mismo. En cualquier supermercado hay como 50 tipos de café, y en las tiendas para el hogar tienen una sección exclusivamente para los implementos de preparación. Cappuccino, latte, mocaccino, con ging sen (que recomiendan no tomar en la noche y con razón, la única vez que lo hicimos nos dieron las cuatro de la mañana como dos lechuzas viéndonos las caras), con nocciola, con diversos licores, con distintos tipos de leche y técnicas para batirla… café frío, café tibio, café caliente, cada uno mejor que el otro. Visto así, obviamente siempre hay tiempo para detenerse y disfrutar una excelentísima taza de café.
Pero esta visión de la comida pareciera trasladarse a todos los demás aspectos de la vida en Italia. No es solo comer, sino comer algo delicioso y pasarse un rato conversando. No es sentarse en cualquier lugar para salir del paso, sino darse un tiempito para caminar luego por esa hermosa plaza que queda al final de la calle.
No sé si son las tres horas de digestión o la ausencia de pancartas rojas en cada esquina, pero aquí definitivamente, la gente anda más relajadita. Y para mi sorpresa, he descubierto que eso del dolce far niente… es contagioso.

viernes, 28 de octubre de 2011

Jake Sully va a Roma, o el poder de la (des)información


Cuando se toma la decisión de mudarse de un país a otro, hay muchísimas incógnitas que uno piensa que va a ir resolviendo sobre la marcha. La cantidad de información que se recibe es abrumadora: al igual que con las dietas y las mascotas, todo el mundo tiene una opinión y un consejo. Al hacer la suma de los datos recibidos, resultan ser tan contradictorios que uno queda en el mismo sitio. Es entonces cuando yo decido que no quiero llegar a vieja, y me pongo a investigar por mi cuenta.

En mi caso, desde mi modesta investigación en internet tratando de comprender a qué me iba a enfrentar, me fue totalmente imposible capturar el verdadero tamaño de mi ciudad. Roma tiene casi 1300 km2 y aquí vivimos 2.8 millones de personas. Entretanto, Caracas tiene 1930 km2, y 4 millones de habitantes. (Debo acotar, para los que no lo saben, que antes de venir a vivir aquí yo no conocía Italia). Después de muchísimas vueltas por Street View y Google Maps, mi conclusión es que Roma era una ciudad grande, quizás un poco más que Caracas, y que por lo tanto no debía ser un problema manejarla. Pues resulta que no es así. Roma es inmensa. Yo creo que Roma es dos o tres veces más grande que Caracas, en términos de las zonas por las cuales uno podría caminar relativamente seguro. Claro que la comparación es injusta, siendo que Caracas es la quinta ciudad más insegura del mundo, y no se puede caminar por ningún lado "relativamente seguro". Pero me estoy refiriendo a lo más obvio.

Si no me creen, miren esta comparación, hecha a vuelo de pájaro usando Google Maps, con el mismo zoom en ambas ciudades:

El área azul en Caracas, es el área "utilizable". El área roja en Roma son montañas y parques. No estoy descartando ninguna urbanización puesto que aquí se puede caminar en todas partes. Y el área punteada es más o menos el centro de Roma, lleno de todas esas cosas que vimos en Historia del Arte y en Historia Universal en bachillerato. Y esto es considerando simplemente el área dentro del aro, que es una autopista que le da la vuelta a la ciudad, ya que ese no es el borde de Roma, y que la ciudad continúa en algunas direcciones más que en otras, pero dejémoslo así para efectos dramáticos.

En consecuencia, como se imaginarán, moverse en esta ciudad no es nada fácil, sobre todo si uno anda a pie y machuca el idioma. Desde la (relativa) seguridad de mi casa en Venezuela, traté de comprender como funcionaba el sistema de transporte romano, ya que estaba buscando un apartamento con una ubicación relativamente cómoda para un par de peatones novatos. Me fue imposible. Un mes y medio después de estar aquí, puedo decir que creo que ya estoy comenzando a medio entenderlo. Hay un metro, pero no se imaginen esas maravillas primer mundistas con las que todos soñamos. El metro es una crucecita triste en el medio del mapa, que ni siquiera llega a los bordes de la autopista, ya que aquí cada vez que clavan un tubo en el piso encuentran un montón de ruinas increíbles y sale un capitulo más para los libros de historia de segundo año. Por lo tanto, y en vista del lentísimo y complicadísimo avance de las obras del metro, se han visto obligados a complementarlo con un sistema de autobuses, trenes y tranvías que tienen su propio idioma e idiosincracia, una especie de Pandora que se retroalimenta y tiene mente propia, que no puedes entender a menos que seas azul y te conectes por usb al culo del autobús.

Todo está escrito e indicado, y a todos los lugares se les puede acceder a pie, con un horario bastante conveniente y suficiente información al respecto. El problema es que la información está codificada, y no es cosa de simplemente salir a la calle y "ya veré como llego". Oh no no no. Antes de salir hay que entrar en Google Maps, en Atac, en Tuttocitta, sacar lapiz y papel, el Blackberry, la calculadora, el mapa de Roma, el callejero, la guía turística, regla, escuadra, transportador y compás y dedicarle unos veinte minutos a analizar el destino, esto, para ver si la pegaste.

La cosa funciona más o menos así: en cada parada o estación hay paletas que parecen chupetotas, que dice el número de los autobuses y las calles por las que circulan. (No indican las paradas específicas, cosa que generó una confusión insoportable las primeras dos semanas). Ahí también indica el horario, porque hay diurno, nocturno y feriados (lo cual también enreda porque los días laborales se llaman feriales y los fines de semana festivos. Para mi feria implica fiesta y es como que lo mismo). Uno se monta en su autobús y empieza a sacar el pescuezo por la ventana cada vez que llegas a una parada para ver si es la tuya, hasta que finalmente te bajas. En mi caso, usualmente una antes o después, y tengo que caminar hasta la correcta. Cada autobús hace un recorrido circular, pero salen de un sitio llamado capolinea, que es como un terminal, y llegan a otro, y en cada capolinea el chofer apaga la unidad, se da una vueltica, se fuma un cigarrito y hace pipi. (Cosa que si te agarra desprevenido, asusta un poquito). Es decir: en la chupeta además te indica la dirección del autobús. Cosa que nos fue muy útil, una vez que lo desciframos. Adicionalmente los buses tienen variantes: desviado, limitado, expreso... De eso nos dimos cuenta de las peores maneras. "A donde coño vaaaaaaaaaaas?!?!?" (Desviado). "Son las once de la noche, por qué este tipo está apagando el burro este a la mitad de la maldita autopistaaaaaaa?!?!?!?" (Limitado). "Por qué coño no se paróoooooooo?!?!?!" (Expreso).

Otra cosa importante que hemos aprendido de mala forma es a no pararnos en las puertas en horas pico. Para eso tuvimos que entender que las horas pico de aquí no son normales, ya que el horario de trabajo no es normal. Son a las 7 de la mañana, y a las 8 y 12 de la noche. Resulta que aunque el vehículo se encuentre a más de su capacidad máxima, el chofer se va a detener en todas las paradas en las que haya gente, y bueno, ustedes verán como hacen. Esto se traduce en que los jóvenes y los inmigrantes (particularmente los indios, pakistaníes y africanos), van a entrar como sea, generando un tumulto en las puertas que termina en golpiza, donde se pueden meter fácil 20 personas en 3 metros cuadrados. Cosa que no me vuelve a pasar, ya que la última vez un señor borrachito aprovechó la circunstancia para rayarme la pizarra. Aclaro: no fue simplemente que hizo unos trazos, él hombre se puso Pollock, sin que yo pudiera hacer más nada que darle manotazos y mirarlo con odio. Hasta un pellizquito en el culo me obsequió antes de bajarme, el muy perro.

A pesar de todo esto, y considerando que yo siempre ando perdida, recientemente le bajé a mi maravilloso teléfono, (gracias Dios por hacerme vivir en esta época), una aplicación que se llama Traductor_de_Avatar_2.0, y me da las indicaciones de qué bus debo tomar, en qué sentido ir, cuales son las paradas exactas y en cuanto tiempo llega el próximo. Con esto y el ubicador en tiempo real de Google Maps para el teléfono, ya casi me siento Na'vi.

martes, 11 de octubre de 2011

Hello Barbapapá

Hay dos formas de hablar italiano: gritando o recitando poemas. Gente más versada que yo en la materia me explican que mientras más al sur más gritan, y mientras más al norte, más recitan. En cualquier caso, todos tienen hermosas voces. Es difícil de explicar, tal vez es por el idioma. Pero hablan melódicamente, como si estuvieran repitiendo de memoria, concatenando palabras. Incluso los insultos vienen enredados en la canción, aunque se entienden perfectamente. "Vafanculo!" moviendo las manos hacia arriba y hacia abajo, tocándose los dedos índice y medio con el dedo gordo. Los italianos de acá no son como los de Venezuela. Los de Caracas tienen una forma de hablar que parece que te estuvieran diciendo siempre algo evidente. Los de Roma, aunque son atoradísimos, (cosa que se evidencia en su manejo), te tratan como si fueras un lindo peluche. Creo que es el trato al turista, el que he recibido hasta ahora, sin embargo, me gusta. Te miran a los ojos, dejan lo que están haciendo y hacen su mejor esfuerzo por entender y ayudar. Para mi es un alivio, ya que nuestra sociedad se ha vuelto tan hostil con los suyos, que francamente pensé que acá iba a recibir un trato similar siendo extranjera. He visto gente que se sale de los parámetros normales por colaborar con los demás, personas que se bajan antes de su parada para explicar bien como llegar a una dirección, funcionarios públicos explicándote cuales son los huecos en el sistema legal para que los aproveches, conductores de autobús que frenan de golpe para que se monte alguien que viene corriendo. Mención especial tienen los "guardianos" de nuestro edificio, (son como los gerentes/conserjes), quienes estoy segura que piensan que tengo algún tipo de retraso, porque me han tenido que rescatar tantas veces... entre que tardamos dos semanas en entender como funcionaba el pinche calentador, que al segundo día les entregué una tonelada de sábanas cagadas de gato, y que se me demagnetiza la tarjeta para entrar al apartamento más o menos cada tres días, yo percibo que ya las miradas no son de colaboración sino de lástima... lo cual explicaría que cada vez que voy a usar la lavadora, que es común, uno de los dos me quita la ropa y me dice que me avisa cuando esté lista. Supongo que pensará que me voy a meter con todo y ropa, o que voy a poner una barra de jabón en el enchufe, o algo peor.

Acá todo funciona diferente. Sobre todo las cosas relacionadas con el agua. Por alguna razón que como venezolana NO ENTIENDO, hay fuentes por todos lados, que continuamente están botando agua potable al piso, y solo hay que poner un dedo debajo del grifo para convertirlos en bebedero. El agua de la ducha y del lavaplatos me la puedo tomar, pero confieso que todavía esa barrera emocional no la he superado. Los baños son rarísimos, las duchas son super incómodas, el agua caliente es como ordeñar una vaca, las griferías son todas distintas, y hay que tirar el papel directo en el inodoro, cosa que encuentro detestable (si, yo se toda la explicación, pero igual me molesta)... los baños públicos están super limpios, pero la forma de bajar la poseta y encender los lavamanos y secadores de mano siempre varía... estos tipos son super creativos con ese tema. Una vez pasé como 2 minutos examinando un lavamanos en un centro comercial. Lo toque por todos lados. Pasé las manos debajo del grifo a distintas velocidades. Dije "jaio jaio... ohlolo... ohloloooo". Toqué las paredes y los bordes del lavamanos, y nada. Mientras miraba perpleja el sitio del que debía salir agua y no salía, entró una señora en el baño, me sonrió, y le dió con el pie a una palanquita que estaba serenamente camuflajeada en el suelo. Le dije "Grazie" y traté de lavarme las manos rápidamente para irme mientras aún me quedaba un poquito de dignidad.

Las modas también son divertidísimas. Hay una locura con Hello Kitty, y se ven por todas partes referencias a la misma gatita necia que amaba cuando chiquita. También hay una loca adoración por Barbapapá, aquellos muñecos franceses de los 70. Los chamos andan todos vestidos exactamente igual, y prestan una atención extraordinaria a los detalles. Las mujeres tienen unas piernas larguísimas y bellas, senos pequeños, y un sentido extraordinario del fashion, y le dedican muchísima atención al maquillaje de los ojos. Los hombres son hermosos y metrosexuales, y la tendencia marcadísima es un zarcillito brillante en la orejita.

En general, Roma es una ciudad hermosa, llena de gente amable y tranquila. Creo que podemos llegar a ser grandes amigas.


lunes, 26 de septiembre de 2011

I cannot tell a Lie

Cuando empezamos a planificar toda esta movida, trazamos un plan estratégico el cual sería nuestra guía hasta el final. Compramos un cuaderno nuevo y allí empezamos a anotar todas las ideas que se nos ocurrían. También teníamos un check list y un bucket list en la pizarra de la oficina. Cosas que creíamos que necesitaríamos, diligencias que había que hacer, metas, cosas para aprender antes de irnos, lugares que queríamos visitar al llegar.

Aún sabiendo que es imposible planificar al detalle algo como una mudanza internacional, tratamos de averiguar con bastante tiempo cada paso del plan. Desde como traernos al gato, hasta cual era la ruta a seguir con nuestras amadísimas y valiosísimas computadoras. Tratamos de tener la lista de documentos que necesitaríamos con meses de anticipación, y desde varias semanas antes del viaje teníamos una idea bastante clara de qué se quedaba y qué se venía.

Al final de ese camino, aprendí dos cosas. La primera es que no importa cuanto planifiques y cuanto investigues, la cantidad de imprevistos se puede volver abrumadora, y llega un momento en el que aquellas cosas que en un comienzo eran impensables, terminan siendo "bueh, ni modo, dale". La segunda, que nadie te prepara para el momento en el que definitivamente dices adiós.

En mi caso, y a pesar de los meses de averiguaciones en el consulado, al final terminamos corriendo como locos por todo el estado Miranda tratando de completar la gymkana de los documentos, la cual no fue completada a tiempo porque el consulado italiano, irónicamente, se toma más tiempo en entregar un documento que la cualquier institución pública venezolana. (Isn't it ironic?) Al pobre gato, después de predicar por semanas que no lo iba a drogar para el viaje, le metí más pepas que a Ozzie Osbourne un viernes por la noche, y llegó a Roma creyendo que estaba en un rave. Las computadoras, que pasarían por un proceso analizadísimo y organizadísimo, terminaron llegando por la última vía que queríamos, que era en la barriga de un avión de Alitalia. Las maletas se volvieron un cogeculo en el último momento, y aunque se comenzaron a hacer con tres semanas de anticipación y tenían incluso un inventario personalizado, terminé empujando cosas a ciegas dos horas antes de irnos al aeropuerto.

Partimos a La Guaira con seis horas de anticipación, lo cual no fue suficiente, pues llegamos al avión casi a la hora del despegue. Saliendo nos agarró una de esas patrióticas colas caraqueñas, que empezaba en la casa y llegaba al aeropuerto. Al bajarnos del carro conseguimos la cola de la aerolínea, que comenzaba prácticamente en la entrada, ya que la Guardia Nacional determinó prudente revisar maleta por maleta a todos los viajeros de Air Europa. Cocosette por Cocosette, Pirulin por Pirulin. Ojo: esto no es una exageración. Cuando me hicieron bajar de la puerta del avión a la barriga para abrirme una maleta para evaluar la posibilidad de explosión de una olla, vi con mis propios ojos como un Guardia Nacional se dedicaba a probar con la punta de una navajita todos los pirulines de una aterrada gordita que viajaba conmigo. Por cierto que ese evento me permitió verificar como son tratadas las maletas en Maiquetía. Usualmente, en cualquier aeropuerto al que uno va, las maletas son bastante maltratadas. No las colocan con cuidado, más bien las dejan caer. Las agarran por cualquier saliente, razón por la cual se suelen romper hebillas, ruedas y asas. Pero ya sabemos como son los venezolanos: competitivos, siempre queriendo ser mejor que los demás. Así que las maletas no se dejan caer, se lanzan. Yo vi (también con mis propios ojos que han de comerse los gusanos), como un hombre (con una cara de frustración y odio que daba un poco de miedo) lanzaba las maletas con toda su fuerza contra el suelo, una detrás de la otra, sin importar el letrerito pendejo de frágil, mientras más bonita la maletita más duro la lanzaba. Me dió escalofríos.

Una vez que salimos de Maiquetía, el vuelo fue incómodo, ya que en esa aerolínea en particular los asientos son pequeñitos, y yo de paso tenía un cajón con un gato entre las piernas en la fila del medio. Además tuvimos dos horas de retraso en Maiquetía por la revisadera de maletas (cosa que tenía indignadísimos a los pilotos quienes protestaban de vez en cuando por los altavoces, diciendo que mientras la Guardia insistiera en estas revisiones exageradas no se podrían cumplir los horarios en Venezuela), llegamos de vaina a la conexión en Barajas, solo para volver a esperar dos horas dentro del avión porque una maleta de algún venezolano andaba perdida y no podían salir sin esa maleta.

... se me acaba de ocurrir que tal vez esa maleta que andaban buscando, podría haber sido mía...

Cuando llegamos a Roma, evidentemente nuestro transporte se había ido hace horas, y un poco lost in translation, logramos negociar un taxi que estuviera dispuesto a llevar a cuatro personas, ocho maletas y un gato drogado al otro lado de la ciudad.



Al frente de nuestro edificio hay una iglesia, y esa noche casualmente había una boda, que estaban celebrando en el jardín. Había gente hablando y bailando, comida y música. Y escuchamos toda la noche Proyecto Uno, Don Omar y Daddy Yanqui. La sensación general era de haber viajado 30 horas para llegar a Río Chico.






Ahora, aunque todo esto fue eterno, estabamos mentalmente preparados. Sabíamos que iba a ser así, que la salida de Maiquetía iba a ser un caos, que el viaje iba a ser larguísimo, que nada iba a salir bien. Más bien nos preparamos mentalmente para lo peor: se perdieron maletas, se dañaron las computadoras, se perdió el gato en la barriga del avión. Afortunadamente, nada de eso pasó.

Para lo que no estabamos preparados, al menos yo, como dije antes, era para ese momento en el que teníamos que decir adiós a todo el mundo. Es super fuerte. La nuestra fue la octavita de las despedidas, yo diría que más porque nos despidieron durante varias semanas. Nosotros, aunque estuvieramos cansados u ocupados, no quisimos decirle que no a nadie pues quisimos disfrutarlos a todos al máximo hasta el último momento. Lloré en cada despedida. En el medio de la reunión, al final manejando para mi casa, en la noche antes de dormir. Pero confieso que aunque empecé a extrañar a la gente antes de irme, aún veo todo esto de manera surrealista. Creo que en este momento estoy dividida en dos personas: una jura que en unos días van a terminar las vacaciones y vamos a regresar a la casa, a la rutina de siempre, y la otra, que ya llegó y está contenta de estar aquí, la mira alarmada, pensando que cuando se de cuenta de la realidad le va a dar un yeyo.








También me imaginé y me preparé para llorar como una magdalena en el aeropuerto, pero en el momento de decirle adiós a la familia en la puerta de inmigración, estaba tan estresada y tan desesperada que solo se me aguaron los ojos un poco. Sin embargo, tres horas después, cuando finalmente dijeron "Se les agradece apagar los equipos electrónicos" y tuve que desconectar mi Blackberry y decirle adiós a mi mamá y a mi papá, que estuvieron conversando conmigo hasta ese momento, me despedí llorando como una niñita y pasé un buen rato con la cabeza metida en el hombro de mi esposo. La verdad es que me hubiera gustado decirles algo más bonito, darles las gracias a todos con más vehemencia, transmitirles de verdad el agradecimiento que siento por todo lo que hicieron y que continúan haciendo por nosotros. Me consuelo pensando que aunque no haya podido expresarlo en ese momento con las palabras que se merecían, ellos lo saben.

Los amo a todos.

Me despido con una de mis canciones favoritas de una de mis películas favoritas de cuando era chiquita:

So long, farewell, auf Wiedersehen Goodbye,
I leave and heave a sight and say Goodbye
I flit, I float, I fleetly flee, I fly
The sun has gone to bed, and so must I

lunes, 5 de septiembre de 2011

Good Bye Pollito Chicken

Tengo que vender mi carro. Esto me tiene por el piso porque es mi amado y fiel pollo, mi Twingo que nunca me dejó botada, que nunca me pidió un respuesto, que nunca llamó la atención de ningún malandro para que me asaltaran, con todo y que era amarillo "tornasol". Es tan low-profile que aunque tuve varias oportunidades, nunca me decidí a cambiarlo.

Es mi primer y único carro. Y aparentemente, el último por bastante tiempo, ya que según las lenguas, algunas buenas y otras malas, por allá como que los carros no son buena opción para los limpios. Yo espero que eventualmente supere mi condición de inmigrante aterrorizada y salte la talanquera nuevamente hacia el otro lado, pero mientras tanto, he de resignarme a decirle adiós al manejo.

Me dicen mis amigos españoles y canadienses que extrañan manejar en Venezuela. Yo supongo que extrañan el poder manejar a todas partes sin preocupaciones y sin sacar muchas cuentas (yo gasto en gasolina alrededor de USD 1 al mes, sin exagerar), y el manejo warfare venezolano. Entre las motos, que son cientos de miles, zumbando como locos entre los carros a 80 kph, rozando retrovisores y pateando a los imprudentes que pretenden cambiarse de canal (a quien se le ocurre?), los carritos por puesto y los taxistas, que frenan de golpe en los lugares más absurdos y luego andan encima de la gente para que se quiten, los huecos ninja (aquellos que aparecen de la nada, como detrás de un policía acotado), los huecos fantasma (esos que no deberían estar allí, como por ejemplo las alcantarillas sin tapa y los charquitos inocentes), los huecos infernales (esos que tienen hasta cabillas dobladas hacia los cauchos), y los huecos normales, salir a la calle se convierte en toda una aventura al mejor estilacho de Mario Bros.

¿Como explicarle a un extranjero la inigualable sensación de caer en un hueco ninja? Primero hay un segundo de silencio, luego se siente un coñazo durísimo en el carro, lo cual suele generar un sustazo con palpitaciones y un poquito de dolor de cabeza, seguido por un "coñoelamadre sorry carrito". Y el ruido de las moneditas doradas saliendo del amortiguador, porque ese hueco segurito que te costó real.

Una vez estaba en la cola de un semáforo, cambiándome de canal lentamente porque delante de mi había un árbol caído, y de pronto sentí un bajón de más o menos medio metro, un coñazo durísimo, y un subidón, quedando nivelada al final. Ni siquiera menté la madre, porque estaba aterrada: no entendía que diablos había pasado. Alrededor mío la gente me miraba espantada, porque tampoco entendían, y yo no movía el carro ni un centímetro, ya que me sentía al borde de un precipicio al cual podía caer en cualquier momento. Aún seguía mirando aterrada a mi alrededor cuando se detuvo un motorizado (el único amable que queda en Caracas, y qué suerte que me lo gané yo), que me explicó que había metido la rueda delantera en una alcantarilla sin tapa, y que la tenía entre la rueda de adelante y la de atrás, y pacientemente procedió a darme instrucciones "gírala gírala gírala retrocede gira otra vez más más más ya saliste". No me había recuperado del susto, cuando más adelante caí en un hueco inmenso, con cabillas salidas y todo. 1 hueco fantasma + 1 hueco infernal = 1 vida.

Y esto es sin contar lo salvaje del manejo venezolano! Aquello de que mis compatriotas son amables, alegres y que hacen un chiste de todo, se acaba en el momento en el que uno se monta en el carro y arranca. En una ocasión, saliendo de una panadería, me tiraron el carro siete veces (léase, 7), antes de poder sacar el retroceso y meter primera. No se si lo saben, pero los seguros de los twingos son más caros de lo normal, ya que según las aseguradoras, los twingos y los kaa son muy "siniestrosos". Esto lo se de primera mano, ya que aunque nunca he chocado, el hecho de manejar un carrito amarillito chiquitito como un huevo, hace que los carrotes más grandes asuman que automáticamente van primero que tú (qué Autana que se respete va a frenar por un Twingo?). Esto genera que los conductores de este tipo de carro seamos bastante agresivos. Es eso, o nunca nos incorporamos a la avenida.


Definitivamente, voy a extrañar mi carrito.


miércoles, 24 de agosto de 2011

La Capa

Tenía la cabeza grande y dura como una piedra. Él lo sabía muy bien, porque practicaba todas las noches antes de dormirse contra una sillita de madera que su abuelito Pancho había puesto contra la cama para que no se fuera a caer en la noche. Aunque él le insistía a su abuelo que se podía caer desde un edificio de un millón de pisos sin que su cabeza se rompiera, el abuelo no le creía e insistía en colocar la silla.

No importa, sirve para entrenarme.

Algún día sería un superhéroe. Todavía no había decidido cual; si aquel tipo que se aparecía en cualquier lado en el momento más indicado, o el otro fortísimo, o el del carrote marrón que robaba a los pobres y les daba a los ricos, algo así.

Mientras decidía tenía tiempo suficiente para hacer todos los ejercicios que un superhéroe tiene que hacer. Sin embargo, el problema que más lo mortificaba se concentraba en el tamaño. ¿Qué hacer con una estatura de un metro en un mundo tan malvado y necesitado de superhéroes enormes?

Lo primero era pasar la mayor parte del tiempo de pie, hasta que oyó a su mamá decir a su hermano: come sentado, el estar parado no te hace crecer. (Lo que resultó un alivio, le costaba muchísimo trabajo dormir así). Luego comenzó a colgarse de todo lo que veía, dando como resultado que las cortinas de los baños se vinieran al suelo, y unas buenas nalgadas por “muchachito tremendo”.

Habría que probar otras técnicas. Quería preguntarle a su hermano mayor; él lo sabía todo, pero no podía darse el lujo de quedar como un tonto que no sabe nada, así que comenzó a espiarlo y a seguirlo muy de cerca para ver si descubría su técnica (para ser tan alto). Después de mucho sigilo y paciencia, (y golperse repetidamente contra su espalda, cuando este frenaba de golpe) descubrió que la técnica de su hermano era bastante simple: hablaba constantemente por teléfono.

Que bruto soy, debí haberlo sabido.

Viviendo en un edificio sin parque, con vista a una vía principal (con todos los carros, humo y ruido), no había muchas posibilidades de andar suelto por allí, de hecho, ninguna. Se pasaba la mayor parte del día viendo la televisión, y en la tarde hacía como que jugaba, pero en verdad se entrenaba mucho para cumplir todos los requisitos necesarios en la profesión.

Hay que poner cara de malo. Frunciendo el ceño y arrugando la boca, poniendo una mirada de deliciosa rudeza, mientras se cuadra frente a un espejo con un puño y una pierna más adelantados, zapatitos blancos de deporte (necesarios para los ejercicios de la tarde). Pensando que hay que hacer algo con el cabello, definitivamente un defensor de la justicia no puede a andar con esos rulitos tan ridículos por la vida. Más tarde habrá que decírselo a mamá, aunque llore por un mes.

Secretamente anhelaba uno de esos trajes con cinturón y botas haciendo juego, pero de cara al espejo consideraba que, apartando los tontos ricitos, se veía bastante bien sin ningún tipo de uniforme.

Quizás me llamen el Superhéroe-sin-uniforme. (Un buen nombre, para empezar). Aunque considero necesarísima la capa, no hay forma de que se vuele sin la dichosa capa, sólo las brujas, y definitivamente eso es para las niñas. Una capa grande (más grande que yo), negra (por supuesto), muy brillante y con dos tiritas para amarrarmela bien al cuello, no se me vaya a soltar mientras vuelo y me espiche contra el piso.

En las noches siempre venía la gran batalla de la cena. El mayor quería comer basura, chocolate en la cena, donde se ha visto, mientras que el chiquito insistía en avena, espinaca, huevos sancochados y muchos tomates, donde se ha visto. Bueno, coman lo que les dé la gana, total, al final siempre hacen lo que quieren.

Tenía las manos grandes y ásperas como un orangután. Él lo sabía muy bien porque se raspaba un ratito todos los días con una limita que se había robado del cajón de mamá. No mucho, no es necesario que sangre (solo para acostumbrar a aquellas manazas a sostener en pie los edificios en llamas y las bellas muchachas que luego le darían un besito y lo invitarían a tomarse un refresco con galletas en su casa, que mejor recompensa para un superhéroe cansado y sediento). Sin embargo, la parte del besito se la podían saltar, siempre está de más besar a una niña, aunque sea por galletas.

Excepto la niña del piso de arriba, que cosa tan terrible. Cuando sea famoso, nunca la voy a rescatar, aunque sea el último superhéroe del mundo.

Tenía la espalda fuerte y musculosa como un actor de televisión. Él lo sabía porque hacía flexiones todos los días, se tocaba con mucho cuidado las puntas de los pies dos o tres veces.

Se observaba detenidamente frente al espejo cuando entró su hermano. Pobrecito mi hermano, él no puede ser un superhéroe como yo. Imagínate que en el momento en que esté sacando un enorme tren en llamas llenito de gente del precipicio, le dé su enfermedad y se mueran toditos... Es mejor que me deje ese trabajo a mí, que estoy entrenado y que además, lo puedo salvar a él (llevarlo volando al hospital, necesito una capa urgentemente, cuando los ojos se le ponen rarísimos y empieza a llorar quedito, y mi mamá pone esa cara extraña y me saca del cuarto). -¿Qué haces, campeón?. –Necesito mi capa, ya es hora de que empiece a entrenar con el vuelo. –Bueno, pero ten cuidado, no vayas a romper nada en el salón, sabes como se pone mamá.

Finalmente llegó el día. Su tía Conchita le estaba celebrando el cumpleaños a sus primitos Fernandito y Luisita, esos dos demonios insoportables que de cuando en cuando cumplían años y a él lo enviaban hecho un pastelito a una fiesta fastidiosísima, y además, sin televisión.

Este año, era distinto. La tía decidió hacer una gran fiesta de disfraces (mamá dijo que era sólo por sobrepasar la fiesta de Yolandita Márquez), y por supuesto, pidió el disfraz con la capa más grande que había en toda la tienda. (Resultó ser un disfraz de principito, pero que importaba, se iba a ver muy ridículo si lo parapeteaban con uno de superman, eso era un plagio). Toleró impaciente la detestable fiesta, socializando poco con los demás niños que hasta ese momento sólo pensaban en jugar. Su mamá preocupadísima, este niño no juega con los chiquitos de su edad... habrá que hacer algo.

Después vendrán corriendo para que yo los salve.

En la noche, se puso sus zapatos de lona, su franela de hombre-super-veloz, su casco protector contra los golpes en la cabeza (una precaución extra, realmente. Pura ornamentación), y su capa. Gran capa negra, brillante, con cristales de colores en las puntas, majestuosísima, seguro que todo el mundo se vá a preguntar quien es ese nuevo superhéroe que pasó volando por allí. No hay FORMA de que me confundan con un estúpido pájaro.

Se puso su uniforme completo y se paró frente al espejo, pechito afuera, manos en la cintura. Todavía le faltaba tamaño, pero que diablos. (Gesto al mejor estilo vaquero). Era hora de comenzar los entrenamientos de planeo.

Primero, desde baja altura. La cama. (No era fácil planear desde la cama, necesitaba algo de impulso). Luego, después de mucho analizar, decidió posponerlo el día siguiente, sobre todo después del “andate a dormir” que salió del cuarto de su mamá. Bueno, habrá que esperar hasta mañana.

Al día siguiente se levantó con el mejor ánimo. Imaginarse la sorpresa de su mamá cuando descubriera que su hijito era un super-héroe. Seguro estaría feliz por muchos días, y sonriendo. La sonrisa de mamá es linda.

Su hermano veía la televisión, su mamá estaba trabajando, como siempre.

Ahora, a practicar el vuelo largo.

Cuando llegué al departamento había un tumulto de gente con aspecto triste y desesperado en la acera frente al edificio. Estaban casi todos los vecinos, había una ambulancia y unas patrullas de policía. Me acerqué a preguntar, y cuando notaron mi presencia, hubo un silencio absoluto que duró millones de años, todos me miraban con ojos enrojecidos y asustados, pero nadie dijo nada. Traté de mirar al centro del tumulto, y lo único que pude distinguir fue la puntita de una tela negra brillante, con cristales de colores.

domingo, 21 de agosto de 2011

Fucking Hippies

En la vida diaria, uno toma muchas decisiones, a veces sin darse cuenta. ¿Me voy por la autopista o por los caminos verdes? ¿Compro bonos o dólares? ¿Voy al cine o a comer sushi?
Cuando uno decide irse de su país y empezar de nuevo en otro lado, las decisiones que hay que tomar diariamente se multiplican. No solo eso: de cada decisión que uno toma, se derivan un montón de sub-decisiones, que a su vez, se convierten en un montón de micro-decisiones, y así sucesivamente. Lo más difícil del asunto es lo siguiente: en la mayoría de los casos, yo no tengo ni idea de cual es la mejor respuesta, ya que desconozco la ciudad y las costumbres del sitio al que voy, y tengo que terminar confiando en mi intuición.
Un ejemplo sencillo es el de las cosas que se van y las cosas que se quedan. Yo no soy de la gente que acumula demasiadas cosas: cuando algo está viejo o feo, lo boto o lo regalo. No soy de esa generación que no bota ni un potecito de arroz chino de 1982, porque "puede servir para que alguien se lleve un pedacito de torta". Así que en realidad, no tengo taaaantas cosas.
Aún así, me vi obligada a reducir mi carga material. No tengo suficientes cosas como para justificar una mudanza internacional, y tampoco tan poquitas como para que no sean problema.
Los electrodomésticos (los cuales no sirven en Europa, de cualquier forma) fueron los primeros en irse. Mi bella nevera de Space Invaders, mi Tostiarepa de dos arepas, de esos que ya no se consiguen, mi wafflera nueva. Mis platos incompletos y llenos de roticos. Mis ollas en las que los huevos fritos inevitablemente terminaban revueltos, mi tostadora bipolar marca Pancho Gomita, que unas veces sancocha el pan y otras lo incinera... todos pasaron a otras manos.
A los electrodomésticos y línea blanca, le siguieron los adornos de la casa. Bye bye Mr. Potato Head, te regalo mis iguanitas que compré en la juguetería en Mérida, por 5 Bs. cada una llévate las 30 cestas que pasé años recolectando en todas las ventas de mimbre de Venezuela. Es más, ya no se que hacer con ellas, te las regalo todas. Y estos potes de arroz y azúcar? Están casi nuevos! Me los regalas?.... Bueno, sí, llévatelos...
Luego tuve que darle una larga y honesta mirada a mi closet. De eso no quiero ni hablar, todavía estoy deprimida.
Cuando pensé que ya me había desprendido de demasiadas cosas, que quizás se me había ido la mano, me di cuenta de que aún faltaban mis libros... Ooooooh dolor!, no quiero regalar ninguno, no quiero donar ni dejar a nadie, a todos los amo por igual, a todos los voy a extrañar. Pero una evaluación objetiva del asunto arrojó resultados indeseables: muchachos, los amo pero no pueden venir conmigo. A esos si que los metí en cajas, recé por ausencia de inundaciones inapropiadas, y los sellé con la esperanza de irlos mudando de a poquito. Pero en el fondo sé que cuando sea el momento de sacarlos, van a ser amarillos, feos y tristes... pero tal vez en ese momento yo esté lista para decir adiós.
Mi perro Kaiser me enseñó hace muchos años la valiosa lección de que las cosas son cosas y se dañan y se pierden y la vida continua. Sin embargo, hay cosas que duelen más que otras, y cuando se trata de un desprendimiento tan generalizado, el resultado final es aplastante: me siento como si me hubieran arrancado un pedazo grande de piel.
La gente se pone un poco insensible, o tal vez es no se dan cuenta, pero a veces me caen dos y tres persona encima y empiezan a agarrar cosas al azar, preguntando si se lo pueden llevar... una vez alguien agarró mi cartera y me dijo: ¿y esto también lo estás regalando? Casi le digo: "si, y mi culo también, llévatelo si quieres", pero me contuve a tiempo. Cada vez que alguien me pide algo que no he ofrecido, o que no he considerado regalar, es como un punzón en el hígado, me siento como una vaca atropellada en el llano con un montón de cuervos encima. En el fondo, yo sé que lo que me duele es darme cuenta de que eso que me están señalando, tampoco me lo puedo llevar, y al final, se lo voy a terminar regalando o vendiendo a la persona que mostró interés.
Hay gente que me dice: "no sé para qué te preocupas tanto, mete todo eso en cajas y luego te lo mandan". La noción de recibir a posteriori un millón de cajas de corotos viejos y buscarle ubicación en un apartamentito romano me aterra. Por el otro lado, la alternativa de dejar mis cosas en cajas por años y años, para que eventualmente alguien las abra y concluya que todo esto ya es basura, me entristece. La opción más razonable para mi es darle colocación a la mayoría lo más rápido posible, más o menos como cuando uno tiene diez cachorritos en casa, y tratas de conseguirle un buen hogar a todos.
También hay personas que me hablan de lo superficial que es aferrarse a objetos inanimados, (y eso es a veces extrapolado a los animados = mi gato), de que las posesiones personales no definen quienes somos, y que tenemos que liberarnos de las ataduras monetarias para ser verdaderamente libres y encontrarnos a nosotros mismos.

A quienes les digo: fucking hippies.