miércoles, 2 de abril de 2008

Libertad condicional (o bye bye El Muco)

Por estos días, siento que mi posesión más preciada es el tiempo. Cuando era niña escuché muchas veces decir que el tiempo es oro, pero la verdad es que nunca entendí muy bien esa expresión.
Ahora no me alcanza para nada. Increíble encontrar un par de horas para bloguear algo medianamente interesante, para jugar así sea solitario (ni hablar de algún morph y menos un shooter que requiera algo de destreza). Llego en la noche, converso un rato con mi media naranja, cenamos, doy tres vueltas por la casa y son las once, hay que dormir por que si no mañana no me levanta nadie. Llega el fin de semana, y lo que quiero es dormir. Pero luego no puedo porque tengo que hacer mil diligencias que no pude hacer en la semana... y cuando veo el reloj ya es domingo en la noche y se acabó el fin de semana, es lunes y todo vuelve a empezar... y ni siquiera puse un check-mark en mi ToDo List.

En mi mesa de noche hay 10 libros en cola agarrando polvo que me muero por leer. De un ladito de mi wii hay como 4 juegos que quiero jugar. El curso de francés lo saqué, busqué mi cuadernito sifri-chic, mis plumitas de colores (soy jevísima para esas cosas), lo puse todo al lado de la computadora, la prendí, abrí el messenger el facebook el correo youtube oldnavy amazon y hasta el blog de la rana René, y hasta ahí llegó la iniciativa. No terminé de decir voiture y ya era el día siguiente y estaba en la cola otra vez.
Sin embargo, recuerdo vívidamente que antes me daba tiempo para hacer muchísimas cosas que ahora ni sueño. Recuerdo conversar por horas con los amigos, con cerveza y tostoncitos, acerca de una inmensa variedad de temas, desde los más banales hasta los más idiotamente profundos. Recuerdo jugar mil veces algo hasta llegar a ser muy buena. (i.e. Mys-tsurugui), recuerdo leer treinta libros en un año, recuerdo ver todos los capítulos de Seinfeld y Friends, recuerdo dormir muchísimo, todo a la vez. Y además estudiar una barbaridad para eventualmente poder no-ejercer ingeniería.

Trato de estirar los minutos haciendo varias cosas a la vez. Veintiocho ventanas abiertas en la computadora de la oficina: haciendo un render mientras contesto un correo mientras reviso algo en el sistema mientras atiendo un cliente mientras organizo el inventario mientras me echo cremita en las manos. No es tan eficiente: usualmente termino olvidando lo que estaba haciendo en primer lugar y no lo vuelvo a recordar sino hasta que es demasido tarde. Como entrar en Farmatodo: todo sentido de propósito se desvanece y sales del local con un cortacutículas que no sabes usar, un multivitamínico para ficus (qué diablos es un ficus), un chicle y un sacapuntas. Y luego, cuando ya cerraron todas las farmacias, me recuerdo. "Ah, eso era lo que iba a comprar".

También he tratado de darle uso a las horas y horas que paso en la cola. He terminado considerando a mi carro como una extensión de mi casa: es simplemente otra habitación. Y como tal se consigue de todo ahí: zapatos, libros, agua, maquillaje. He estado pensando hasta en comprar una mascota para mi carro, pero no he concretado porque no termino de decidir cual. (Estoy decidiendo entre un rabipelado y un mono, pero mi perro no deja rabipelado vivo, y los monos suelen venir con una moto que no me convence). Ya tengo libros de lectura fácil para las colas lentas (tipo Kafka con letras grandotas, pero nada muy agresivo porque puede complicarse el asunto), y tengo audiobooks para las colas de rápida circulación. He de agregar que la primera parte de la cola la dedico a terminarme de vestir, y a maquillarme. Ultimamente estoy jugueteando con la idea de instalar una cocinita para almorzar comida casera en la oficina.

Antes, el día me daba para todo. Iba a clases, estudiaba, mataba tigres, hacía y vendía collares, visitaba a mis amigos, iba a fiestas, al cine, alquilaba kilómetros de películas en Yamín, terminaba todos los juegos de computadora, leía muchísimo, y todavía tenía tiempo para aburrirme.

Sin embargo, y siendo completamente honesta conmigo misma y librándome de todo cliché de serie norteamericana, los años universitarios tenían inherentes ciertas desventajas que una vez superadas, no cambio por nada.

Es cierto que en aquella época, el cuerpo daba para más: yo podía rumbear todo el fin de semana y el lunes amanecía como si nada. Ahora, si se me ocurre salir el viernes y el sábado, paso el domingo en tinieblas y estoy noqueada a las 9 de la noche. Y si se me ocurre inventar algo el domingo también, entonces el lunes viene la predecible llamada "estoy enferma". Y lo malo es que es verdad. Antes yo era mucho más paciente con la gente, y tenía muchísimos más amigos. Ahora casi todo el mundo me parece un poco idiota, y son pocos los amigos que tolero. Y de esos, muchos los aguanto en períodos cortos, muy cortos. Antes no me importaba quienes eran los miembros del gabinete de mi país, y ahora leo con angustia hasta los polls norteamericanos y defiendo apasionadamente a Zapatero porque Rajoi realmente no es de derecha derecha. Antes podía decir "bah, esas dos clases las recupero la semana que viene", e irme a la playa un martes ida por vuelta. Ahora, no.

Pero esa libertad no era gratis: de hecho me salía carísima, porque siempre andaba o sin dinero, o casi sin dinero. Lo cierto es que nunca me sobraba. Los platos se pedían viendo el lado derecho del menú. La comida para el viaje a la playa consistía principalmente en bebidas alcohólicas, sobre todo porque cuando terminábamos con esta sección ya no quedaba para lo demás, y bueno, existen prioridades. Si me desviaba un poquitico de mi presupuesto, tenía que ir donde fundapapá o tenía que buscar un crédito blando (pana, me prestas...?). Tenía una tarjeta de crédito, pero era una extensión de la de mi papá, y usar esa tarjeta era como vender una retina de mi hermanita: seguro que se daban cuenta, y seguro que me metía en problemas.

Al final, resultó que ser adulto contemporáneo no es tan malo. Cierto que se han burlado de mí porque en día de semana empiezo a bostezar a las nueve y media de la noche, y porque empiezo a cloquear como gallina buscando percha a golpe de once. Cierto que ahora el tiempo no me alcanza para nada. Cierto que ahora el ratón dura más.

Pero también es cierto que ahora puedo comprar el vodkita más caro, ese que no me da ratón.

5 comentarios:

ghosty dijo...

Llorona !

pareciera ser la definición de madurar.

"La edad madura es aquella en la que todavía se es joven, pero con mucho más esfuerzo."

Jean-Louis Barrault

Vas llegando vane, te falta poco.

Der Pratter dijo...

Pana, genial en múltiples niveles. Suscribo todo, menos lo de la cocina (mi fantasía es la biblioteca en el asiento trasero) :)

Voy a la dimensión que me atañe: los juegos.

Uno de los usos que le daría yo a una máquina del tiempo sería para volver a esas tardes infinitas de bachillerato en las que jugué todos los juegos de aventuras que existieron. Ahora sería imposible. (bueno, la usaría para eso y para "papá: Yahoo y Amazon, recuerda, Yahoo y Amazon y vende a principios del 2000").

Otra remembranza recurrente, sobre todo en días como... exactamente hoy, es "¿chamo te acuerdas cuando JUGABAMOS EN LA OFICINA?" Ahora nos reímos. No termino de descifrar qué diablos hacíamos antes que nos daba tiempo para jugar. Claro, si, era otro país, ahora trabajamos el doble por lo mismo.

Hoy en día, cuando saco un momento en la casa para jugar, no termino de agarrar el control cuando empiezo a pensar "Mierda no he terminado aquella vaina del trabajo ¿estará bien esto? ¿debería estar con mi esposa?". Doy un par de vueltas, me acuesto a ver televisión "en familia" y me quedo dormido.

Eso sin contar con que hay que desarrollar las habilidades para competir contra quinceañeros que tienen todo el tiempo del mundo.

En medio de toda esa neurosis, he empezado a ver que algunos juegos son como un trabajo que no quiero acometer. Soy selectivo y crítico, mucho más que con un libro o una película.

Vanessa dijo...

4 ever young Ghosty! cloqueo pero siempre estoy al día! (excepto los pitillitos, ahí si me agarraron...)

Dani: verdad que sí? algunos juegos son super atractivos, pero son tan time-consuming que termino evitándolos, pues DETESTO perder, y para poder disfrutar un juego tengo que ser la mejor, y bueh, es un círculo vicioso. Además, la fama que me he ganado no es cuestión de tirarla por el caño, prefiero ser Rambo I que Rambo IV...

Der Pratter dijo...

Totalmente Vane.

Además de que ahora hay tantos juegos... Yo filtro todo lo que no tenga un ocho-punto-algo en gamespot.com. Luego veo las reseñas de zero punctuation (que te las recomiendo si no las has visto jamás, comedia geek de la mejor)... y después es que decido si invierto en un juego o no. Al final, lo que uno paga es lo de menos, comparado con lo imposiblemente costoso que nos resulta el tiempo.

(yo tengo una teoría, de esas que repito como evangelista del Apocalipsis, que dentro de poco, casi nada, uno va a poder ver películas al doble, 4/3 y 5/4 de velocidad, como sucede con los audiobooks. Es el próximo paso después del TiVo)

Anónimo dijo...

Welcome to my world!

Ni te cuento con hijos.

XOXO

Heishiro