domingo, 9 de marzo de 2008

Nuestro pan de cada día

Entonces Jesús habló tanto para el pueblo como para sus discípulos:
«Los maestros de la Ley y los fariseos han ocupado el puesto que dejó Moisés. Hagan y cumplan todo lo que ellos dicen, pero no los imiten, porque ellos enseñan y no practican."
San Mateo, 23-1
La casa en la que vivo está ubicada en la parte más alta de una colina. En el centro del valle y en todo el frente de mi sala se encuentra una iglesia grande y moderna, muy bonita, construída con ladrillos de terracota. Tiene hasta un campanario y su imprescindible reloj gótico. De noche la iluminación le da un tono rojizo y ligeramente espectral, tanto que mi esposo siempre dice que puede ver perfectamente la silueta del vampiro agazapado en uno de los brazos de la cruz que remata el techo.

Esta iglesia, como es natural, presta varios tipos de servicios a sus fervientes feligreses. Uno de los más populares son los matrimonios de los viernes y los sábados en la noche. Es imposible no enterarnos, ya que la idiosincracia moderna de nuestros representantes capitalinos billetudos ha erradicado la discreción, y aparentemente no existe boda exitosa sin el rimbombante show de luces que lo manifieste. Antes era el vestido perfecto el augurio de una larga vida en pareja. Ahora es la iluminación celestial.
Aún no han dicho los novios "Si, lo tomo" cuando ya salieron corriendo todos los invitados para estar en primera fila en el espectáculo que inaugura la rumba. Arrancan los cohetones y pronto todo el cielo está lleno de luces espectaculares que por cuatro o cinco minutos, hacen que todos los bebés y ancianos de la zona se aterroricen, que los perros ladren inquietos, que suenen todas las alarmas de los carros, y que los vecinos maldigan en voz alta. Cinco minutos después se detienen las preciosas luces que reflejan el brillo en los ojos de la novia, y se acaba la contaminación auditiva, dejando solo un reguero de cartón y cenizas que lentamente se depositan en los jardines de los vecinos, y dejan un olor a billetes quemados en el aire.

El otro servicio, que es mi favorito personal, son las misas de rigor. En los días de fiesta, como el mágico Miércoles de Ceniza, y en los días de descanso, como los domingos, los inocentes que lamentablemente nos encontramos en las inmediaciones de la zona nos volvemos las víctimas incautas de la devota masa de católicos que frecuentan estos eventos.

Los asistentes llegan todos emperifollados, perfumados, y vistiendo sus mejores galas, con sus celulares a todo volumen, llenitos de pecados para vaciarlos en la cuenca insaciable del cristianismo. Entre una mejilla y otra van llegando en sus carrazos, que dejan atravesados en cualquier parte con tal de no hacer la cola del estacionamiento de la iglesia. Las señoras mayores en particular son dignas de hacer mención: son capaces de detener hasta el tráfico aéreo mientras se deciden entre un puesto y otro. Mientras tanto, los que no estamos relacionados con el evento en cuestión ponemos el freno de mano y sacamos un libro. Afortunadamente, las llegadas son espaciadas, ya que la concurrencia requiere de cierto tiempo para observar con detenimiento la vestimenta de sus amigos, enemigos y rivales, para criticar ciertos looks, pedir el teléfono de tal o cual cirujano, blandir las llaves de la nueva y enorme camioneta como el bastión familiar, y para sentirse bien consigo mismos porque efectivamente, tienen una familia más próspera y atractiva que los fulanos nuevos ricos esos de más allaíta.

El transcurso de la misa marca unos minutos de paz y maravilloso silencio. Sin embargo, las palabras "Podeis-ir-en-paz-demos-gracias-a-Dios", marcan el comienzo de un impresionante concierto de corneteos e insultos que a veces duran tanto como la misma ceremonia. Unos cinco minutos antes de que el padre despache a los feligreses, y usualmente aprovechando la confesión de los abrazos fraternales de la-paz-esté-con-vosotros-y-con-tu-espíritu, los más experimentados aprovechan para escurrirse sigilosamente y salir de primeritos. El resto comienza a salir desordenadamente, y para los espectadores en primera fila que nos encontramos en las casas cercanas, es como si las puertas de la iglesia vomitaran descontroladamente una enorme cantidad de gente, en enormes y coloridas arqueadas, hasta quedar totalmente exhausta, tosiendo pequeños grupitos rezagados al final.

Todos estos devotos asistentes recibieron la misma dosis de cloro para el alma y están limpiecitos de pecado, así que no dudan en comenzar a acumular confesiones para el próximo domingo. Prestos a olvidar todo lo que escucharon, y habiendo ya digerido el sagrado cuerpo de Cristo, comienzan a dar vueltas en U en sitios impensables, a atravesar sus vehículos en el canal contrario para saludar a sus conocidos, a quitarse el derecho de paso unos a otros, a comerse las luces de los semáforos, y a no respetar las reglas mínimas de orden y convivencia, conjugando una cacofonía impresionante que nos obliga a subir el volumen del televisor en nuestras casas, a tranquilizar a nuestras mascotas, y a darle palmaditas a los niños y ancianos para que no se angustien.

"No se preocupe abuelo, son los católicos que ya se lavaron la conciencia".

2 comentarios:

Der Pratter dijo...

Tengo un pana que encuentra en la salida de esa iglesia (y la cola del semáforo de abajo) una prueba más de la naturaleza maligna del Opus.

Gracias muchísimas gracias por revelarme el misterio de los cohetones. Tengo meses preguntándome quién es el chavista nuevorico con tamaña inclinación pirotécnica. Ahora queda claro que chavistas nuevosricos somos todos :)

Anónimo dijo...

No creo que eso solo se limite a los católicos. El problema de comer semáforos, trancar el paso para saludar al otro, etc., no solo sucede al salir de la iglesia, sino en cualquier salida de cualquier sitio al cual la gente acuda masivamente, llámese, estadio, centro comercial, trabajo, colegio, etc., y en todos los casos sucede la misma hipocresía. Podemos ir al estadio a ver un concierto por la paz, o al centro comercial a ver una película romántica o a tener una cena suave y relajada y salir igualmente matándonos, insultándonos y chocándonos. Es el síndrome de Goofy.

Heishiro