jueves, 10 de noviembre de 2011

Dolce Far Diabetes



Como venezolana, estoy acostumbrada a la vida dura y complicada. Viniendo del país de las pequeñas alegrías, aquello del hedonismo y la sensualidad (en el sentido no-sexual de la palabra), no se me da muy bien. Yo no sé cómo detenerme a oler las flores. Si lo hago, me da alergia y tengo que salir corriendo a buscar un Decadron. Y como caraqueña además, voy pendiente de que no me jodan en la farmacia, de que me atiendan rápido, (“¿por qué esa tipa se tarda tanto?!”) y de que no se me coleen para pagar. Siempre estoy apurada, siempre siento que estoy tarde, que me están esperando en otra parte, que la vida se me está escapando entre los dedos, que tengo que hacer doce mil cosas más, y me cuesta mucho relajarme y dedicarme simplemente a pasar el rato.
Resulta que la vida en Italia parece ser la antítesis de Vanessa. Aun viviendo en Roma, que es la capital del Imperio, que es caótica y desorganizada y hermosísima, que tiene medio millón de inmigrantes que son un desastre, que tiene miles de turistas estorbando por todos lados, puedo sentir que la gente va a una velocidad mucho menor que la que yo estoy acostumbrada. No me malinterpreten: no es que la gente va ahuevoneada como en el llano. La gente camina apurada todo el tiempo, y manejan como si llevaran a un moribundo al hospital. Corren tres cuadras para alcanzar un autobús, y se levantan del asiento dos paradas antes para bajarse rápido. Sin embargo, tienen una capacidad de disfrutar los placeres de la vida que yo no conocía.
Por ejemplo: cuando uno en Caracas quiere tomarse un café, normalmente te vas a ese local que está en un punto relativamente céntrico, que tiene estacionamiento, donde te atienden más o menos bien (porque decir bien es mentira, eso simplemente ya no pasa), y donde el café es medianamente aceptable pero sirven unas tartaletas de fresa riquísimas. Para esto tienes un rango de tiempo que seguramente está contabilizado: llego a las 6 directo del trabajo, y me voy tipo 9 o 10 porque hay que esperar que baje la cola y tengo que hacer sopotocientas cosas al llegar a mi casa. Aquí, la cosa es distinta. En primer lugar, en cualquier esquina te consigues con una pastelería/bar que sirve un café memorable. De estos sitios, por lo menos la mitad se especializan en algo que es un gustazo para el paladar, como por ejemplo unas tartaletitas de fresa rellenas de crema batida especial que solo hacen en este local, o unos cornettitos de hojaldre con nutella, o un helado de nutellini simplemente espectacular, o unas galletitas saladas rellenas con champiñones y chorizo que son para morirse. Luego, cuando te atienden, lo hacen por lo general con bastante gusto, (siempre hay algún amargado que echa a perder las estadísticas pero no son la mayoría), y con bastaaaante paciencia. Te sirven tu cappuchino con un dibujito, te dan la galletita en un platico primoroso, te echan broma porque eres “spagnolo”. Luego de que estás servido, puedes básicamente quedarte a vivir allí, así hayas pedido un café y un agua mineral, sin gas por favor. Nadie va a venir a decirte que si no consumes te vas, ni a preguntarte diez veces si quieres la cuenta. Eso sí: si andas apurado, prepárate para sufrir.
El tema de la comida es un poco espeluznante, sobre todo para los gorditos que hemos vivido nuestras vidas al pie del cañón con el tema de la dieta. Yo entiendo que de vez en cuando hay que tomarse unas vacacioncitas del frente de batalla y visitar a los viejos amigos, pero caramba, acá es como que te manden a Disney con todos los gastos pagos y te digan “cuando quieras volver a Vietnam me avisas”. En primer lugar, desayunan dulce. Un café con algún carbohidrato super-complejo. Una dona cubierta de azúcar, un cachito relleno de nutella, un pedazote de torta. Es difícil conseguir salado en las mañanas, ni siquiera un sanduchito. Con esa bomba en el estómago, no es de extrañarse que salgan muertos de hambre al mediodía, hora en la que se comen un primer plato, compuesto generalmente de pasta o pasticho, (una porción bastante decente), y luego un segundo plato, en el que vienen las proteínas, por lo general carne, pollo o chorizos con papas o vegetales. Y al final, un café. Obviamente, esto hace que la digestión sea eterna, así que ellos tranquilamente cierran sus negocios a la una y los vuelven a abrir tipo cuatro de la tarde, sin apuro.
Pero es que lamentablemente para la dieta, la comida que hacen aquí se merece toda esta atención y ceremonia. La cantidad de veces que he pensado, después de probar algo “oh por el amor de Dios que bueno está esto tengo que recordar donde queda este sitio para regresar”, es ridícula. Incluso algunas cosas que comí al principio que pensé “este es el mejor X que he probado”, ya han bajado dos y hasta tres categorías. La atención que le prestan a los detalles es extraordinaria, y no en el sentido gourmet de los detalles culinarios, donde aparentemente ponerte un plátano en espiral clavado en una pelota de puré de papas lo hace más rico. Es decir: la crema con que se rellena este cachito lleva una emulsión de almendras cosechadas al borde del lago tal. Este vino es especial por tal razón. Esta pizza la hicimos a mano, desde el horno hasta los chorizos. Este es el limoncello artesanal que hacemos en este restaurant desde hace 75 años, y aún mantenemos la receta original, que la inventó un descendiente de Julio César. (Por cierto: el limoncello sabe a Salvavidas de limón y es como tomar traguitos de mi niñez que me dejan rascadita y feliz). En consecuencia, una vez que uno pega el primer mordisco, te quedas medio atontado, sueltas la cartera, y te relajas. La media sonrisa sale sola.
Ni hablar del café. Nosotros en Venezuela creemos que somos los maestros del café, y francamente, tenemos un café muy bueno. También pensamos que a la hora de pedir un café tenemos una variedad inmensa: guayoyito, tetero, con leche, marrón, negro, negro corto, negro largo, etc. Pero básicamente, la variedad se reduce a la cantidad de agua o leche que se le pone al café, porque la preparación es siempre la misma. Aquí, el tema del café es un arte en sí mismo. En cualquier supermercado hay como 50 tipos de café, y en las tiendas para el hogar tienen una sección exclusivamente para los implementos de preparación. Cappuccino, latte, mocaccino, con ging sen (que recomiendan no tomar en la noche y con razón, la única vez que lo hicimos nos dieron las cuatro de la mañana como dos lechuzas viéndonos las caras), con nocciola, con diversos licores, con distintos tipos de leche y técnicas para batirla… café frío, café tibio, café caliente, cada uno mejor que el otro. Visto así, obviamente siempre hay tiempo para detenerse y disfrutar una excelentísima taza de café.
Pero esta visión de la comida pareciera trasladarse a todos los demás aspectos de la vida en Italia. No es solo comer, sino comer algo delicioso y pasarse un rato conversando. No es sentarse en cualquier lugar para salir del paso, sino darse un tiempito para caminar luego por esa hermosa plaza que queda al final de la calle.
No sé si son las tres horas de digestión o la ausencia de pancartas rojas en cada esquina, pero aquí definitivamente, la gente anda más relajadita. Y para mi sorpresa, he descubierto que eso del dolce far niente… es contagioso.

3 comentarios:

Lucre dijo...

Vanessa:a mí me encanta el café americano..aquí le decimos cuando le ponen crema chantilly....exquisito..Probaste un café así por allá?...cuando yo vaya tú me llevas donde lo sirven y yo invito!!!!

Juan Miguel dijo...

La comida en las sociedades mediterráneas es una religión. Ten cuidado, sin darte cuenta puedes convertirte y empezar a vivir para comer. En serio, este tipo de gente sólo vive y piensa en comida. Son como un Raúl social y masivo que se traga todo.

Vanessa dijo...

Lucre: el café aquí viene como quieras en el color que quieras. Cuando estés aquí seguro salimos a buscar uno, te llevo a un sitio magnífico donde además venden el mejor tiramisú de Roma :P

Juan: lol lo de raúl jejeje